En 1919 Nervo fue ministro plenipotenciario en Argentina y Uruguay

Amado Nervo, una vida, mil historias

Cuando uno se asoma a la obra de Amado Nervo descubre que no hay manera de separar al hombre del poeta.

Amado Nervo
Amado Nervo

La primera vez que escuché el nombre de Amado Nervo fue en una Feria Internacional del Libro en la Habana. Un ejemplar de «Plenitud» con las páginas amarillentas, іno estaba a la venta! pues lo atesoraba un colega mexicano que en ese entonces visitaba la isla.  Tenía una dedicatoria borrosa que me hizo entender por qué este poeta nayarita sigue siendo, décadas después de su muerte, uno de los más queridos por los lectores de habla hispana. No es para menos. Y es que este mexicano universal, nacido en Tepic el 27 de agosto de 1870, vivió y escribió como si la literatura fuera simplemente una extensión natural de su existencia.

En el México de Porfirio Díaz, las letras eran cosa de pocos, pero Nervo se abrió paso en la Revista Azul de Manuel Gutiérrez Nájera. Ahí empezó todo. Publicó El Bachiller en 1895 -una novela que escandalizó al pacato México de entonces por su final- y luego vinieron Perlas negras y Místicas en 1898. Para entonces ya era conocido, aunque el verdadero viaje comenzó en 1900, cuando El Imparcial lo mandó a París como corresponsal.

Ahí, en la Ciudad Luz, conoció a Rubén Darío y entabló amistad con los parnasianos. Pero más importante, conoció a Ana Cecilia Luisa Dailliez. Diez años duró ese amor, hasta que ella murió en 1912. Y ahí está el parteaguas en la vida y obra de Nervo. Porque si algo queda claro cuando uno lee sus poemas de antes y después, es que la muerte de Ana lo hizo añicos. Ella sería «la amada inmóvil», título del libro póstumo que le dedicó.

Nervo habló del amor, de la muerte, de Dios, de la duda, de la fe
Nervo habló del amor, de la muerte, de Dios, de la duda, de la fe

Entre 1905 y 1914 fue diplomático en Madrid, hasta que la Revolución Mexicana lo dejó sin puesto. Publicó Serenidad en 1914, Elevación en 1917 y Plenitud en 1918. Para entonces ya había encontrado eso que tanto buscaba, la paz interior. No es casual que en mayo de 1915, cuatro años antes de morir, escribiera aquello de «Amé, fui amado, el sol acarició mi faz. ¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!».

Pero vayamos por partes, la poesía de Nervo tiene sus matices, empieza con un romanticismo de provincia, con versos sentimentales y adjetivos abundantes. Luego viene el modernismo de salón, con sus formas cuidadas y sus ecos de Verlaine. Y al final, cuando ya ha sufrido lo suyo, llega a esa poesía desnuda, casi conversada, que le sale de adentro sin necesidad de pirotecnia. Él mismo lo advirtió antes de publicar En voz baja en 1909 un libro en el que no hay que buscar ni sonoridades, ni oratorias, ni conceptualismos. Es la vida, en lo que tiene de enigmático, de insinuante y bellamente impreciso, que pasa cuchicheando por esas páginas».

Ahora, si hablamos de prosa, debemos recordar que Nervo fue periodista, cronista, cuentista y novelista, siguiendo la costumbre de Gutiérrez Nájera de usar seudónimos ocurrentes. Escribió sobre costumbres mexicanas, sobre teatro, sobre literatura, y siempre con ese dejo de humor que lo acompañó hasta en los informes diplomáticos que mandaba desde Europa. No obstante, donde realmente sorprende es en sus cuentos. Los Cuentos misteriosos, publicados después de su muerte, muestran a un Nervo que pocos conocen. Ahí está «El país en que la lluvia era luminosa», «La serpiente que se muerde la cola», o «El ángel caído».

En la novela, tiene Pascual Aguilera, de tono naturalista, así como El donador de almas. Vuelvo a aquel día donde escuche su nombre por vez primera, si hay que quedarse con algo de su prosa, quizá sea con Plenitud, ese libro de meditaciones donde Nervo alcanza la cumbre espiritual. Son textos breves, como estampas, que resumen su filosofía de vida, la búsqueda de la paz, la aceptación del dolor, la gratitud por lo vivido.

Creo que ahí está el Nervo que ya no necesita probarle nada a nadie. En 1919 Nervo fue ministro plenipotenciario en Argentina y Uruguay cuando la muerte lo alcanzó. Ese mismo año apareció El estanque de los lotos, y después vinieron La amada inmóvil en 1920 y El arquero divino en 1922.

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