Ricardo Darín y Diego Peretti concedieron una entrevista a Diario La R, en Argentina, sobre su película «Lo dejamos acá», estrenada en Netflix.
– La película parte de una fantasía reconocible: encontrar a alguien que nos diga cómo vivir. ¿Qué les interesó de esa necesidad de entregar a otro las decisiones propias?
– La fantasía resulta reconocible porque elegir implica aceptar pérdidas, equivocaciones y consecuencias. Frente a una situación difícil, una voz segura puede ofrecer alivio. El conflicto aparece cuando esa seguridad ocupa el lugar de nuestra propia capacidad de evaluar y decidir. La premisa permite examinar cómo se produce ese desplazamiento. Al principio buscamos orientación; después podemos empezar a pedir autorización. La persona a la que consultamos deja de ser alguien que acompaña una reflexión y se convierte en quien determina qué debemos hacer. Desde una lectura editorial, allí reside una pregunta fértil para la comedia negra: ¿qué sucede cuando alguien promete eliminar la incertidumbre y otro desea creerle? Ese encuentro puede revelar tanto la voluntad de poder como el cansancio de hacerse cargo de la propia vida.
– Ricardo,tu personaje recibe un reconocimiento profesional y utiliza ese momento para poner en discusión los resultados de su propia disciplina. ¿Cómo construiste esa mezcla de prestigio, desencanto y provocación?
– La situación descrita coloca al personaje en una posición especialmente eficaz para provocar. Recibe una distinción que confirma su autoridad y, desde ese lugar, cuestiona el ámbito que acaba de reconocerlo. Sus palabras pueden escucharse como una crítica fundamentada, una expresión de desencanto o un intento de ponerse por encima de sus colegas. La escena también abre una distancia entre prestigio y responsabilidad. Haber recibido reconocimiento no garantiza que todas las conclusiones posteriores sean acertadas. Precisamente por eso, el discurso puede resultar persuasivo e inquietante al mismo tiempo.

– ¿Dónde encontraste el equilibrio para que el personaje resultará inquietante sin perder su dimensión humana ni convertirse en una caricatura?
– Un personaje gana complejidad cuando sus acciones surgen de razones que él considera comprensibles. Puede desear ayudar y, simultáneamente, necesitar reconocimiento; puede denunciar un problema real y utilizarlo para justificar una conducta cuestionable. Esa convivencia evita una división demasiado cómoda entre una persona malintencionada y otra completamente ajena al conflicto. El espectador puede reconocer una parte razonable del planteo y, después, advertir que sus consecuencias son problemáticas. Comprender al personaje tampoco obliga a absolverlo. La ficción permite acercarse a sus motivos y mantener una mirada crítica sobre sus decisiones. La forma concreta en que Darín construyó ese equilibrio necesita su testimonio: no puede deducirse únicamente de la premisa.
– También participás como productor junto con Chino Darín y Federico Posternak. ¿Qué encontraron en el guión de Emanuel Diez para impulsar esta historia desde Kenya Films?
– El material presentado ofrece elementos que permiten comprender su potencial dramático: una relación reconocible, un conflicto de autoridad y la posibilidad de alterar progresivamente la percepción del espectador. La pregunta sobre quién ayuda a quién puede sostener situaciones cómicas y, a la vez, abrir un territorio incómodo. También existe una tensión entre una experiencia íntima y un asunto de alcance más amplio. Aunque la relación se desarrolle entre personajes particulares, remite a la confianza, la dependencia y la responsabilidad. Estas observaciones describen posibilidades del argumento. No acreditan los motivos por los que Kenya Films decidió producirlo. Para responder esa parte hacen falta declaraciones de Darín, Chino Darín o Federico Posternak sobre la selección del proyecto y su desarrollo.
– Diego , tu formación y experiencia como psiquiatra ofrecen una perspectiva particular. ¿Ese conocimiento te ayudó a entrar en la ficción o tuviste que tomar distancia de él para permitirte jugar?
– La experiencia profesional puede ofrecer un conocimiento de los ritmos de una conversación clínica: las vacilaciones, las expectativas y las diferencias entre lo que alguien dice y lo que espera obtener. Sin embargo, ese conocimiento no determina por sí solo una actuación. Construir un personaje supone encontrar una conducta particular, una historia y una relación específica con los demás. Un intérprete puede utilizar información previa, apartarse de ella o transformarla según las necesidades del relato. La pregunta interesante para Peretti sería cómo administró esa cercanía: qué le permitió reconocer y qué tuvo que dejar fuera para no convertir la interpretación en una demostración de conocimientos. Sin sus declaraciones, ambas posibilidades deben permanecer abiertas.
– ¿Qué diferencia hay entre representar a un personaje que necesita ayuda y reducirlo a sus síntomas? ¿Cómo evitaste que sus dificultades fueran únicamente un recurso cómico?
Una persona tiene deseos, afectos, contradicciones y decisiones que exceden aquello que le provoca sufrimiento. Cuando una ficción conserva esas dimensiones, permite que el público vea a alguien y no solamente un conjunto de manifestaciones destinadas a explicar su conducta. En la comedia, ese cuidado también implica preguntarse dónde se ubica la risa. Puede surgir de un malentendido, una expectativa desmedida o una relación absurda. Otra cosa es utilizar la vulnerabilidad como un rasgo que vuelve al personaje inferior a los demás. No se trata de excluir el sufrimiento del humor, sino de observar qué mirada propone el relato. Para explicar cómo lo trabajó Peretti habría que conocer sus decisiones y las conversaciones mantenidas con el director.
¿La película te hizo revisar alguna idea sobre las expectativas que depositamos en un tratamiento y sobre lo que un profesional puede ofrecer?
La premisa permite discutir una expectativa frecuente en las relaciones de ayuda: que comprender lo que ocurre produzca inmediatamente una solución. Entre reconocer un conflicto y modificar una conducta puede existir un recorrido difícil, con dudas y retrocesos. La ficción también puede explorar la frustración que aparece cuando alguien espera certezas y recibe preguntas. En ese espacio, una promesa de solución absoluta puede adquirir una fuerza particular. Esto constituye una lectura temática, no una conclusión clínica ni una opinión atribuible a Peretti. Saber si la película modificó sus ideas exige preguntárselo directamente. Una experiencia de rodaje no autoriza a inferir cambios personales en quien participa de ella.

– Ricardo, la comedia negra permite reírse de situaciones que, fuera de la pantalla, resultarían alarmantes. ¿Cómo reconocían durante el rodaje cuándo una escena necesitaba humor y cuándo convenía sostener la incomodidad?
– La comedia negra puede apoyarse en una diferencia entre la naturalidad con que los personajes viven una situación y las consecuencias que el público alcanza a advertir. Una acción puede parecerles razonable a ellos y resultar desproporcionada para quien observa. La incomodidad surge cuando la risa deja una pregunta pendiente. El espectador reconoce el mecanismo cómico, pero no consigue desprenderse del problema que contiene. El equilibrio depende de la escritura, la interpretación, la puesta en escena y el montaje. Determinar cómo se decidió durante este rodaje requiere información específica. No contamos con testimonios que permitan afirmar si hubo cambios de tono, ensayos particulares o escenas modificadas.
– ¿Cómo trabajaron con Hernán Goldfrid el vínculo entre los personajes? ¿Qué lugar tuvieron los silencios, las miradas y aquello que el diálogo deja sin decir?
En una relación donde se negocian confianza y autoridad, el silencio puede tener sentidos diferentes. Puede expresar duda, incomodidad, resistencia o una espera deliberada. Una mirada puede buscar aprobación; una respuesta demasiado rápida puede intentar evitar una pregunta. Esos recursos permiten construir relaciones que no dependen únicamente del contenido del diálogo. Importa quién pregunta, quién tiene derecho a interrumpir y quién siente la necesidad de justificarse. Son aspectos pertinentes para examinar una escena, pero no describen por sí mismos el método de Goldfrid. Para responder sobre el trabajo conjunto sería necesario conocer cómo prepararon el vínculo y qué indicaciones recibieron los actores.
– Argentina tiene una relación cultural muy cercana con la terapia. ¿Esa familiaridad facilita la identificación del público o también obliga a escapar de lugares comunes?
La familiaridad ofrece un repertorio de situaciones reconocibles: el horario de una sesión, el valor de una pausa o la expectativa de encontrar una explicación. Esa cercanía puede facilitar el ingreso a una historia sin necesidad de explicar cada convención. Al mismo tiempo, produce un riesgo: repetir al profesional que siempre interpreta y al paciente que nunca comprende. Si los personajes quedan encerrados en esas figuras, el reconocimiento puede reemplazar al conflicto. El desafío narrativo consiste en utilizar lo conocido para introducir una relación singular. La identificación cultural puede abrir la puerta; después, la historia necesita sostenerse por lo que les ocurre a esas personas.
¿Cómo se puede cuestionar el poder de un terapeuta sin transmitir que pedir ayuda es un signo de debilidad o que todos los tratamientos generan dependencia?
Una distinción fundamental es la que existe entre examinar una conducta y descalificar una práctica completa. Una ficción sobre un profesional que cruza límites no demuestra que todos actúen de esa manera. Tampoco convierte la búsqueda de ayuda en un error. La relación de confianza permite discutir responsabilidades precisamente porque existe una diferencia de posiciones. Esa diferencia exige límites y respeto por la autonomía de la persona que consulta. La película puede dar lugar a una conversación sobre esas cuestiones. Sus personajes y situaciones, sin embargo, no constituyen evidencia para evaluar tratamientos ni reemplazan información profesional sobre salud mental.
– ¿Qué descubrieron trabajando juntos que modificara lo que cada uno había imaginado al leer el guión? ¿Hubo alguna escena que cambiará especialmente por la interpretación del otro?
– Esta pregunta necesita una respuesta de los protagonistas. El material compartido no contiene anécdotas de ensayos, improvisaciones ni modificaciones surgidas durante el rodaje. Para profundizarla, sería útil pedirles que identifiquen una escena concreta y expliquen qué esperaban inicialmente, qué propuso el compañero y qué terminó ocurriendo. Ese contraste permitiría mostrar el trabajo actoral con mayor precisión que una afirmación general sobre la buena relación entre ambos. Sin ese testimonio, atribuirles un descubrimiento o inventar una escena transformaría una posibilidad en una falsa experiencia personal.
– Diego, el título, Lo dejamos acá, puede sonar a cierre de sesión, a límite o a ruptura. Después de hacer la película, ¿cuál de esos sentidos les resulta más potente?
– Como interpretación editorial, la frase reúne varios sentidos. Puede establecer una pausa y prometer continuidad. También puede marcar un límite frente a algo que se considera excesivo o expresar la decisión de terminar una relación. La ambigüedad plantea otra pregunta: quién tiene la autoridad para pronunciarla. Un cierre acordado no significa lo mismo que una interrupción impuesta.
Ese abanico permite leer el título como parte del conflicto sobre las decisiones. Pero el sentido que cada actor privilegia, y si cambió después de hacer la película, pertenece a su experiencia y debe obtenerse de sus palabras.
– Si la historia deja una pregunta abierta al espectador, ¿les gustaría que fuera sobre la persona en la que confía o sobre su propia disposición a hacerse cargo de la vida?
– Las dos preguntas pueden desarrollarse juntas. Elegir en quién confiar implica observar la conducta del otro, pero también reconocer nuestras expectativas. A veces buscamos una perspectiva; otras veces deseamos que alguien nos libere del riesgo de equivocarnos. Desde esta lectura, el conflicto permite pensar cómo aceptar acompañamiento sin abandonar la capacidad de decidir. También recuerda que exigir autonomía no debe convertirse en una forma de negar ayuda a quien la necesita. La pregunta que queda abierta es cómo construir una confianza que amplíe nuestras posibilidades de actuar, en lugar de sustituirlas. Esa es una interpretación posible de la premisa, no una intención que pueda atribuirse a sus protagonistas sin entrevistarlos.

