Los vecinos de Punta Carretas, en el entorno del Teatro de Verano Ramón Collazo, describen una problemática que, lejos de ser esporádica, se ha vuelto parte de la rutina nocturna. La convivencia se tensiona cada fin de semana por la presencia de grupos de motos que ocupan la zona durante horas.
¿Qué está pasando en concreto?
Lo que sucede ya es sistemático. No es que aparezcan algunas motos de forma aislada, sino que hablamos de concentraciones organizadas o espontáneas de decenas de motociclistas. Se instalan en distintos puntos de la zona, especialmente cerca del Teatro de Verano, y generan una dinámica que combina exhibiciones, picadas y circulación a alta velocidad. Muchas motos están modificadas, con escapes libres o sin silenciador, lo que multiplica el nivel de ruido. No es solo tránsito: es un uso del espacio como si fuera una pista, con aceleraciones constantes, cortes de motor y maniobras riesgosas.
¿Cuándo ocurre y cuánto dura?
El patrón es bastante claro. Empieza los viernes y sábados sobre las 23 horas, pero el pico fuerte se da pasada la medianoche. De ahí en adelante puede extenderse fácilmente hasta las 3 o 4 de la mañana. No es continuo en un solo punto: se mueven, van y vienen, lo que hace que el ruido sea persistente en toda la zona. Incluso cuando parece que se disipan, al poco tiempo vuelven. Es un fenómeno que se instala durante toda la noche, sin pausas reales.
¿Cómo impacta esto en la vida diaria de los vecinos?
El impacto es acumulativo y muy fuerte. No poder dormir de forma reiterada afecta la salud, el ánimo y la rutina. Hay familias con niños que se despiertan asustados por el ruido, personas mayores que no logran descansar y trabajadores que deben levantarse temprano. Se genera irritación, cansancio y una sensación de desgaste constante. Además, hay vecinos que han optado por cambiar hábitos: no abrir ventanas, usar tapones, incluso evitar quedarse en sus casas los fines de semana. Eso habla de un problema que ya desbordó lo tolerable.
Además del ruido, mencionan problemas de seguridad. ¿A qué se refieren?
El riesgo es real. Las motos circulan a alta velocidad, muchas veces ignorando semáforos o señales. Hay maniobras bruscas, giros inesperados y poca visibilidad en algunos tramos. Para un peatón, cruzar la calle en ese contexto es peligroso. También para quienes salen en auto: incorporarse al tránsito se vuelve incierto. No es solo una molestia sonora, es una situación que puede derivar en accidentes graves en cualquier momento.
¿Han realizado denuncias o gestiones formales?
Sí, de forma reiterada y por distintas vías. Llamados al 911, reclamos ante la Intendencia de Montevideo, notas colectivas y planteos a autoridades. Incluso algunos vecinos han documentado lo que ocurre con videos y registros de audio. El problema es que, aunque las denuncias existen, la respuesta no logra sostenerse en el tiempo. Eso genera frustración, porque se siente que el esfuerzo de reclamar no tiene un resultado concreto.
¿Cómo evalúan la respuesta de las autoridades?
La percepción general es que la respuesta es insuficiente y reactiva. Cuando hay operativos, se nota cierta mejora momentánea, pero son acciones puntuales. La dinámica es conocida: llega la Policía, las motos se dispersan, y cuando se retiran los controles, todo vuelve a empezar. Falta una estrategia sostenida, con presencia continua y medidas que realmente desincentiven estas prácticas. Sin eso, el problema se recicla cada fin de semana.
¿Qué medidas consideran necesarias?
No se trata de prohibir el uso del espacio público, sino de ordenarlo. Se necesitan controles de tránsito efectivos, fiscalización de ruidos, identificación de motos en infracción y sanciones claras. También podría pensarse en operativos coordinados entre distintas áreas: tránsito, convivencia y seguridad. La clave es la continuidad. Si no hay constancia, cualquier medida pierde efecto rápidamente.
¿Perciben que la situación ha empeorado con el tiempo?
Sí, claramente. Hace un tiempo eran episodios más aislados, pero hoy es algo instalado. Hay más motos, más ruido y más duración en el tiempo. También parece haber un efecto de convocatoria: se corre la voz y cada vez se suma más gente. Eso agrava el problema y hace más difícil controlarlo.
¿Cómo describirían el clima actual entre los vecinos?
Hay cansancio, bronca y también preocupación. Muchos sienten que su calidad de vida se deterioró. Aparece una sensación de abandono, de que no hay una respuesta a la altura del problema. Nadie está en contra de que la gente circule o se reúna, pero sí de que eso se haga sin criterio y afectando a quienes viven en la zona.

