El cambio climático dejó hace tiempo de ser una advertencia para convertirse en una realidad que golpea ciudades, campos, costas y comunidades. Sin embargo, la reacción política, empresarial y social continúa siendo mucho más lenta que la velocidad con la que se deteriora el planeta.
El problema no es la falta de información. La ciencia viene advirtiendo desde hace décadas. Uruguay, incluso, cuenta con una Política Nacional de Cambio Climático, una estrategia de largo plazo y mecanismos de monitoreo de sus compromisos climáticos.
El problema es otro: la distancia entre el discurso ambiental y las decisiones concretas.
Mientras los gobiernos hablan de sostenibilidad, adaptación y resiliencia, el mundo enfrenta sequías más severas, temperaturas extremas, incendios, pérdida de biodiversidad, degradación de los suelos y una creciente presión sobre los recursos hídricos. Las recientes negociaciones internacionales sobre tierras y sequías terminaron nuevamente mostrando las dificultades para alcanzar acuerdos globales contundentes.
Y aquí aparece una pregunta incómoda: ¿dónde está la reacción de quienes dicen defender el medio ambiente?
Porque también existe una responsabilidad de las organizaciones ambientalistas, de los partidos políticos, de la academia, de las empresas y de la sociedad civil. No alcanza con comunicados, declaraciones, campañas en redes sociales o fotografías en jornadas de plantación de árboles. La defensa ambiental necesita presión permanente, propuestas concretas y capacidad para exigir resultados.
Uruguay tiene fortalezas importantes. Su matriz eléctrica renovable es una de ellas y el país ha desarrollado instrumentos específicos para enfrentar el cambio climático. Pero eso no significa que pueda bajar la guardia. La crisis climática obliga a revisar permanentemente cómo producimos, cómo consumimos, cómo utilizamos el agua, cómo protegemos nuestros ecosistemas y cómo planificamos nuestras ciudades.
La protección ambiental tampoco puede convertirse en una bandera partidaria. El clima no pertenece ni a la izquierda ni a la derecha. Una inundación no pregunta a quién votó una familia. Una sequía no distingue entre productores. Un incendio no reconoce fronteras ideológicas.
Por eso resulta preocupante que la cuestión ambiental aparezca muchas veces subordinada a la coyuntura política. Se discuten candidaturas, encuestas, internas partidarias y disputas de poder mientras el problema que condicionará las próximas décadas avanza silenciosamente.
El mundo necesita menos declaraciones y más decisiones. Y Uruguay también.

