Acceder al primer empleo fue históricamente uno de los obstáculos más complejos para las nuevas generaciones en Uruguay y en la región. Sin embargo, el escenario actual añade una variable inédita: la velocidad de la transición tecnológica. Según análisis de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y la CEPAL, los sectores que habitualmente absorben la mano de obra juvenil no calificada —como la atención al cliente, el comercio minorista y las tareas administrativas básicas— se encuentran entre los más expuestos a los procesos de automatización y adopción de inteligencia artificial generativa. Abordar esta brecha no es un mero debate sobre innovación, sino una exigencia de política pública para evitar que la reconversión tecnológica se traduzca en una mayor exclusión social.
Las estadísticas oficiales del Instituto Nacional de Estadística (INE) reflejan de forma sistemática que la tasa de desempleo en la franja de 14 a 24 años duplica, y en ocasiones triplica, la media nacional, situándose de manera persistente por encima del 25%. Esta disparidad responde en gran medida a la falta de experiencia previa, pero también a una rigidez estructural en los perfiles requeridos. Tradicionalmente, el ingreso al mercado de trabajo permitía adquirir competencias prácticas en el propio puesto; hoy, la automatización de tareas repetitivas elimina precisamente esos escalones iniciales de formación laboral.
Estudios recientes de la OIT señalan que, si bien la inteligencia artificial generativa actuará en gran medida como una herramienta complementaria antes que como un sustituto total del trabajo humano, su mayor impacto negativo recaerá en los empleos de oficina, soporte operativo y servicios de nivel de entrada. Para la juventud uruguaya, esto significa que las vacantes tradicionales de ingreso al sistema laboral formal son las primeras en reducirse o en exigir un nivel de alfabetización digital superior al promedio.
El problema radica en que los programas educativos a menudo avanzan a un ritmo significativamente más lento que la frontera tecnológica. Si bien en Uruguay existieron avances sustanciales en la democratización del acceso a herramientas digitales a través del Plan Ceibal, así como iniciativas de formación técnica en la UTU y programas de reconversión laboral promovidos por el INEFOP, aún persiste un descalce entre las habilidades que se enseñan y las competencias complejas que el mercado demanda. Pensamiento analítico, ciberseguridad, programación y gestión avanzada de datos se convirtieron en requisitos básicos. Asimismo, la efectividad de herramientas normativas como la Ley de Empleo Juvenil se ve desafiada por esta mutación del mercado. Los incentivos fiscales otorgados a las empresas para subsidiar contratos de primera experiencia laboral resultan insuficientes si las pasantías no incluyen componentes de formación técnica continua que preparen al joven para las tareas automatizadas del futuro inmediato. Por otro lado, la tecnología no solo destruye puestos, sino que transforma la naturaleza de los existentes y crea nuevas oportunidades de alto valor agregado. El riesgo real para el país no es la desaparición del trabajo en sí, sino el ensanchamiento de la brecha entre quienes poseen las competencias para aprovechar estas herramientas y quienes quedan relegados a empleos de baja productividad e informalidad. En este marco, la respuesta institucional no puede limitarse a la contención social. Se requiere una estrategia integral que vincule a las empresas privadas, las instituciones educativas y el Estado en el diseño de trayectorias formativas flexibles.
La automatización y el avance de la inteligencia artificial son procesos irreversibles que redefinen las reglas del desarrollo económico. El reto de Uruguay consiste en garantizar que esta transformación no deje a las nuevas generaciones al margen del sistema productivo. Integrar la formación tecnológica con incentivos reales para la contratación de jóvenes sin experiencia previa es el único camino para transformar la amenaza del algoritmo en una oportunidad de desarrollo e inclusión.


Sé que no es tan fifi como ser «profesional» pero… un campesino con su propia tierra tiene «autarquía». Es decir, es independiente de los demás, ya que cultiva su propia comida.
Me puedo imaginar que alguien dijo: «Salvo la protección del señor feudal, tienes todo en el campo, ciudadano romano. El emperador ya no tiene pan ni circo para ti».
Así se convirtieron en campesinos medievales. Era eso o morir de hambre en Roma.
Eso de las IA solo hará a los muy inteligentes, más inteligentes aún. Los «no tan inteligentes» no podrán competir ni en dope.
Es decir: vamos a un tecnofeudalismo. Los señores feudales, esta vez, no saben nada de guerra. Pero saben minimizar la función de pérdida de una IA.
¿El resto? Puede volver al campo.