El Mundial 2026 aún no ha comenzado, pero la FIFA ya enfrenta cuestionamientos que ponen en duda su capacidad de coordinación y gestión. Lo ocurrido con el vuelo chárter que debía trasladar a la Selección Uruguaya desde Playa del Carmen hacia Miami constituye una señal de alerta preocupante para una organización que se presenta como la máxima autoridad del fútbol mundial.
Según trascendió, el vuelo no contaba con los permisos necesarios para operar en tiempo y forma. La situación generó incertidumbre, alteró la planificación logística de una delegación nacional y dejó en evidencia fallas que no deberían ocurrir en un evento de esta magnitud. Sin embargo, lo más llamativo no fue el problema operativo en sí mismo, sino la respuesta institucional posterior.
Lejos de asumir responsabilidades o explicar qué mecanismos fallaron, la FIFA emitió un comunicado deslindando responsabilidades. En otras palabras, la organización que centraliza la planificación, coordinación y supervisión de buena parte de la estructura mundialista optó por marcar distancia frente a un inconveniente que afecta directamente a una selección participante.
La reacción resulta difícil de comprender. Cuando todo funciona correctamente, la FIFA suele ocupar el centro de la escena para exhibir la eficiencia de sus procesos y la dimensión de sus logros organizativos. Pero cuando aparecen errores, la responsabilidad parece diluirse rápidamente entre proveedores, operadores logísticos o terceros contratados.
El problema trasciende el caso puntual de Uruguay. Lo que está en discusión es el modelo de gestión de una Copa del Mundo que será la más compleja de la historia, repartida entre tres países anfitriones, múltiples ciudades sede y una cantidad récord de selecciones participantes
La FIFA ha construido una estructura económica gigantesca basada en contratos multimillonarios, patrocinios globales y derechos televisivos que alcanzan cifras récord. Esa fortaleza financiera debería traducirse en excelencia organizativa. Sin embargo, episodios como el del vuelo de Uruguay muestran que el músculo económico no siempre viene acompañado de la misma eficiencia operativa.
Las selecciones nacionales no deberían verse obligadas a lidiar con incertidumbres logísticas básicas en la antesala de una competencia internacional. Tampoco deberían encontrarse con una respuesta burocrática que busca determinar quién no es responsable en lugar de identificar quién debe resolver el problema.
El fútbol mundial merece una FIFA que asuma liderazgos, no que emita comunicados defensivos. Porque cuando una organización concentra poder, recursos y capacidad de decisión, también concentra obligaciones. Y la principal de ellas es hacerse cargo de los errores.


Y no sólo «errores logísticos» sino otras acciones de naturaleza más profunda y que terminan en la humillación personal pública ante el mundo, como lo son el negar visado a un juez de categoría internacional, someter a interrogatorios de horas a jugadores que son estrella en su equipo, no permitir a una selección completa más permanencia en el país de la que dura un partido, negando visa a entrenadores y sometiendo a jugadores a escrutinios aduaneros de grado investigativo a nivel de traficantes de drogas…
Es tanta la injusticia y arrogancia, la estupidez injustificada de las medidas que simplemente dan asco y producen indignación, al igual que cualquiera otra «medida preventiva» que no son más que un insulto personal a cada integrante del mundo del deporte y a su pueblo a nivel internacional.
Los deportistas podrán tener muchos defectos como cualquier ser humano, pero al momento de representar a su país parece no lógico que hagan algo como para mancillar esa imagen cuando su propósito único es llevar su patria al podio del triunfo.
Esta clase de acciones, al igual que la politización del deporte mismo en eventos de diferente naturaleza, prohibiendo colores, himnos y banderas, no hacen sino menoscabar cada vez más la esencia del deporte mismo, que es la confraternización de los pueblos eternos –no de sus gobiernos temporarios– a través de la competencia en diferentes especialidades.
Los himnos y las banderas representan a un pueblo y no a su gobierno, y esos gobernantes, cualesquiera que sean son sólo unos usuarios circunstanciales de los colores del país, no sus dueños!
Privar a los deportistas de usar los colores de su país, portar su bandera y entonar su himno nacional es un insulto a un pueblo, que nada influye ni nada tiene que ver en las decisiones que los gobiernos toman.
En la mismísima Alemania de Hitler se organizaron juegos olímpicos y a pesar del nazismo racista, la enorme propaganda de la «superioridad y pureza aria» y la discriminación existente, no sólo se vio ganar a Jesse Owens que era de raza negra, sino que se vio flamear la bandera de estados unidos más alta que la nazi, se oyó el himno de los estados unidos, y encima también participaron atletas judíos.
Y este es un ejemplo de la Alemania nazi…!!
Entonces, hoy en día y 90 años más tarde ¿a qué clase de espectáculo estamos asistiendo y qué clase de «entidades» –estatales (u s.a.) y privadas (FIFA)– lo organizan?
Obviamente que el espíritu del deporte está encadenado y es torturado por esta clase de monstruos mercenarios y corruptos que se nutren de la ilusión de gente común, que sólo busca un poco de entretenimiento y solaz en su vida de rutinas de trabajo y sobrevivencia.
Sí, los organizadores son definitivamente unos monstruos (sólo un monstruo le puede dar un «premio nobel FIFA de la paz» a Trump), son corruptos y de fauces bien grandes!
FRENTEAMPLISTA: ADMIRO A TRUMP..
¿Facho o carne de psiquiatra? ¿cómo te identificas mejor?
Y frenteamplista será alguien cercano a tu persona, no yo, muchas gracias.