Entre bombos, redoblantes y coros afinados, varias murgas incluyeron este año referencias críticas al gobierno de Yamandú Orsi

Fue en noches de carnavales que escuchamos al pasar !!!!

Porque si algo confirma cada febrero es que la cultura popular uruguaya sigue siendo un espacio vivo, donde el humor y la política se entrelazan sin pedir permiso.

En otra noche colmada en el Teatro de Verano Ramón Collazo, el Carnaval volvió a demostrar que no es solo una fiesta popular, sino también un espacio de discusión pública. Entre bombos, redoblantes y coros afinados, varias murgas incluyeron este año referencias críticas al gobierno de Yamandú Orsi, generando reacciones diversas entre el público que, mate en mano, sigue cada cuplé con atención.

A la salida del espectáculo, las opiniones se multiplican. Hay aplausos cerrados, pero también ceños fruncidos. El Carnaval, fiel a su tradición, incómoda incluso a quienes sienten afinidad con el gobierno.

Mariana López, 42 años, docente:
“Me parece saludable que las murgas mantengan la independencia. Si el gobierno es de izquierda, con más razón deben marcar lo que consideran errores. El Carnaval siempre fue una tribuna crítica. No tendría sentido que ahora se callaran.”

Raúl Pereira, 60 años, ex trabajador portuario:
“Yo voté a Orsi y lo volvería a votar. Pero no me molesta que lo critiquen. Sí creo que en algunos pasajes hubo exageración. A veces se busca el aplauso fácil con consignas que simplifican problemas complejos.”

Lucía Fernández, 25 años, estudiante:
“Me gustó la valentía. Muchas veces se acusa a la cultura de ser oficialista. Acá se demuestra lo contrario. Las letras hablan de promesas pendientes, de la economía, de la seguridad. Eso también es compromiso.”

Jorge Silva, 67 años, comerciante:
“Hubo momentos brillantes y otros más forzados. Cuando la crítica está bien escrita, con ironía y poesía, funciona. Cuando se vuelve demasiado directa, pierde la esencia murguera y parece un discurso.”

Valentina Sosa, 34 años, trabajadora social:
“Creo que hay una tensión real. Parte del electorado de izquierda esperaba transformaciones más profundas. Las murgas reflejan ese desencanto. No lo veo como un ataque, sino como una forma de exigir coherencia.”

Fernando Acosta, 45 años, empleado público:
“El Carnaval nunca fue neutral. Siempre apuntó contra el poder de turno. Lo hizo con gobiernos blancos, colorados y frenteamplistas. Si hoy le toca a Orsi, es parte del juego democrático.”

Pero no todos comparten esa mirada.

Gabriela Méndez, 39 años, empresaria:
“Sentí que algunas críticas fueron desmedidas. Hay decisiones que requieren tiempo. A veces el escenario simplifica lo que en la realidad es mucho más complejo.”

Santiago Núñez, 22 años, estudiante de música:
“Artísticamente estuvo muy bien. Las armonías, la puesta en escena, la potencia coral. Más allá del contenido político, el nivel fue altísimo. Eso también hay que decirlo.”

Ana Rodríguez, 55 años, funcionaria pública:
“Me preocupa que el Carnaval se convierta en un espacio de polarización. Está bien cuestionar, pero también estaría bueno reconocer aciertos. El equilibrio es clave.”

Entre el público más joven, el debate se vive con naturalidad.

Camila Torres, 19 años, estudiante:
“Para mi generación, el Carnaval es un lugar donde se puede decir lo que en otros ámbitos no se dice. Si el gobierno se siente aludido, que tome nota. Eso es parte de la democracia.”

Eduardo Cabrera, 72 años, jubilado:
“Yo vengo al Teatro de Verano desde hace décadas. He visto críticas feroces a todos los gobiernos. Nada nuevo bajo el sol. Lo que importa es que la murga conserve su calidad artística.”

Las letras de este año abordaron temas como la situación económica, la gestión de políticas sociales y la expectativa de reformas estructurales. Algunos espectadores valoran la frontalidad; otros añoran una crítica más metafórica, más cargada de doble sentido.

Lo cierto es que el Teatro de Verano Ramón Collazo vuelve a funcionar como caja de resonancia del clima político. La murga, con su mezcla de sátira y poesía, actúa como espejo de las tensiones sociales. Y el público, lejos de ser homogéneo, responde con una pluralidad que refleja la diversidad del país.

En definitiva, el Carnaval no ofrece respuestas cerradas. Ofrece preguntas cantadas a varias voces. Y en esa polifonía caben el aplauso entusiasta, la discrepancia respetuosa y también la crítica a la crítica. Porque si algo confirma cada febrero es que la cultura popular uruguaya sigue siendo un espacio vivo, donde el humor y la política se entrelazan sin pedir permiso.

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1 Comentario

  1. «En los carnavales, yo la conocí/ Bailando un takirari, me dijo que sí…» (de una canción de Horacio Guarany). En los carnavales de antes, el público era partícipe; ahora sólo es espectador.

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