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Los síntomas varían según la localización de la infección.

Infecciones del tracto urinario

Las infecciones del tracto urinario (ITU) afectan a cualquier persona, pero ciertos grupos presentan una susceptibilidad mayor.

Las mujeres son hasta 30 veces más propensas que los hombres a desarrollar una ITU
Las mujeres son hasta 30 veces más propensas que los hombres a desarrollar una ITU

Diversas condiciones anatómicas y patológicas favorecen la aparición de infecciones en el tracto urinario. Las obstrucciones en las vías urinarias, como cálculos renales o el agrandamiento de la próstata en varones, impiden el vaciado completo de la vejiga. La orina retenida actúa como un medio de cultivo para bacterias. Un sistema inmunitario comprometido también reduce las defensas contra microorganismos. Enfermedades como diabetes, patologías autoinmunes o procesos crónicos que suprimen la respuesta inmune, así como ciertos medicamentos inmunosupresores, incrementan la probabilidad de infección.

Las mujeres son hasta 30 veces más propensas que los hombres a desarrollar una ITU. Esta diferencia se explica por razones anatómicas y fisiológicas. La uretra femenina mide aproximadamente cuatro centímetros, mientras que la masculina alcanza unos veinte centímetros. La cercanía de la uretra femenina con el ano y la vagina facilita el paso de bacterias desde esas zonas hacia la vejiga. Durante el coito, la uretra femenina queda expuesta a bacterias; vaciar la vejiga después de la relación sexual ayuda a eliminarlas. Algunos métodos anticonceptivos, como el diafragma o el uso de espermicidas, pueden alterar la flora vaginal o irritar la uretra. El empleo de lubricantes solubles en agua reduce esa irritación. Tras la menopausia, el descenso de estrógenos modifica la mucosa del tracto urinario, volviéndola más vulnerable a infecciones.

Cada vez más bacterias dejan de responder a los tratamientos comunes
Cada vez más bacterias dejan de responder a los tratamientos comunes

En los hombres, el agrandamiento prostático constituye un factor de riesgo específico por la obstrucción que genera. Asimismo, infecciones uretrales recurrentes pueden derivar en estrechamiento de la uretra. Aunque poco frecuentes, las complicaciones aparecen cuando la infección no recibe tratamiento oportuno o este es inadecuado. La bacteria puede ascender desde la vejiga hacia los riñones y causar pielonefritis, una infección renal aguda o crónica que puede producir daño permanente en el tejido renal. En varones, la uretritis recurrente puede ocasionar estenosis de la uretra. En mujeres embarazadas, una ITU no controlada se asocia con mayor riesgo de parto prematuro o bajo peso al nacer. La complicación más grave es la sepsis, una respuesta sistémica a la infección que pone en peligro la vida, especialmente cuando los microorganismos alcanzan el torrente sanguíneo desde los riñones.

Ante la presencia de síntomas compatibles con ITU, se debe consultar a un profesional de la salud. El diagnóstico inicial suele incluir un análisis de orina (tira reactiva o examen microscópico) y un urocultivo para identificar el microorganismo causal y su sensibilidad a antibióticos. En personas con infecciones recurrentes, el médico puede solicitar estudios de imagen como ecografía, tomografía computarizada o resonancia magnética para descartar alteraciones estructurales o funcionales del tracto urinario. Dado que las pruebas iniciales no siempre localizan el sitio exacto de la infección, es fundamental vigilar signos como fiebre persistente, dolor en la zona lumbar o en los costados, que pueden indicar compromiso del tracto superior (uréteres o riñones).

Los síntomas varían según la localización de la infección. En la cistitis o infección vesical, los más comunes son disuria (dolor o ardor al orinar), aumento de la frecuencia y urgencia miccional, sensación de vaciado incompleto, presión en la parte baja del abdomen y orina turbia, maloliente o con sangre. Puede aparecer fiebre baja en algunos casos. Cuando la infección asciende a los riñones (pielonefritis), los síntomas se intensifican, fiebre superior a 38,3 °C, escalofríos, temblores, sudoración nocturna, fatiga, malestar general, dolor en el costado, la espalda o la ingle, y en ocasiones náuseas y vómitos. 

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