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Cuidar a quien nos cuida

Burnout en personal de salud: Agotamiento emocional en médicos y enfermeros

La Organización Mundial de la Salud define el burnout como un síndrome derivado del estrés laboral crónico no gestionado.

El cuerpo se da cuenta del desgaste, pues aparece fatiga persistente que no mejora con el sueño e insomnio paradójico
El cuerpo se da cuenta del desgaste, pues aparece fatiga persistente que no mejora con el sueño e insomnio paradójico

El burnout se compone de tres dimensiones una de ellas es el agotamiento emocional profundo, una sensación de vacío que no se alivia con el descanso. Además de la despersonalización, un distanciamiento cínico hacia pacientes y compañeros como mecanismo de defensa. Así como, la pérdida de eficacia profesional, la duda constante sobre el propio impacto y competencia. A diferencia del cansancio ordinario que cede con un fin de semana libre, el burnout se instala en el tiempo y solo mejora cuando cambian las condiciones laborales.

En este aspecto, el cuerpo se da cuenta del desgaste, pues aparece fatiga persistente que no mejora con el sueño, insomnio paradójico (estar agotado pero no poder dormir), infecciones recurrentes por un sistema inmunológico debilitado. Junto con dolores de cabeza y molestias digestivas sin causa médica clara. 

Quien cuida a otros también merece ser cuidado.
Quien cuida a otros también merece ser cuidado.

En lo emocional aparece el entumecimiento, atender de forma mecánica sin la empatía que antes surgía de manera natural. Muchos profesionales describen una angustia anticipatoria antes de entrar al hospital, un peso en el pecho al acercarse al estacionamiento. En la conducta aumentan los errores menores, las consultas se vuelven transaccionales y los días de incapacidad se acumulan. 

En el peor de los casos, el profesional recurre al alcohol o al aislamiento social. Lo que distingue al burnout en salud es lo que está en juego, cuando un profesional de oficina se agotan los números, pero cuando un médico o enfermera se agotan pueden sufrir vidas humanas.

Burnout, daño moral y depresión clínica comparten síntomas superficiales pero tienen raíces diferentes. El burnout es exclusivamente laboral y mejora temporalmente con el descanso real. El daño moral ocurre cuando el sistema obliga a actuar contra los propios valores. Este se caracteriza por culpa, vergüenza e indignación, no mejora con el descanso porque no proviene del cansancio. Sino de una ruptura entre lo que se hizo y lo que se creía que debía hacerse. La depresión clínica trasciende el trabajo y afecta todas las áreas de la vida, produce una desesperanza generalizada que no desaparece al cruzar la puerta del hospital.

El burnout en el personal de salud no comenzó con la pandemia, aunque esta lo catalizó. Lleva décadas acumulándose por escasez crónica de personal, carga administrativa desbordada que aleja al clínico del paciente. Así como métricas de productividad que presionan para ver más consultas en menos tiempo. Y pérdida de autonomía profesional al concentrar decisiones en gestores administrativos.

La cultura del sacrificio que equipara el malestar con debilidad y el estigma alrededor de la salud mental hacen que muchos profesionales callen su sufrimiento por miedo a las consecuencias laborales. Por eso las soluciones individuales no son suficientes, enseñarle técnicas de respiración a una enfermera que cubre dos áreas por falta de personal no resuelve la ratio insegura de pacientes. 

El burnout afecta la seguridad del paciente, se ha documentado como predictor independiente de errores clínicos e infecciones asociadas a la atención. También provoca fuga de talento en un sistema que ya enfrenta escasez crítica de personal, las relaciones personales se fracturan. Aumentan los trastornos por uso de sustancias y las tasas de suicidio entre médicos se encuentran entre las más elevadas de cualquier profesión.

La recuperación lleva un proceso que en ocasiones requiere de varios meses de tratamiento. El primer mes se enfoca en contener el deterioro, dormir, comer y reducir exigencias. Las semanas siguientes ayudan a identificar los detonadores concretos del burnout y a establecer límites pequeños como no revisar mensajes después del trabajo. Hacia el tercer mes se puede reconstruir una forma diferente de trabajar, negociando jornadas reducidas, cambiando de entorno o estableciendo supervisiones regulares para procesar el impacto emocional. 

 

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