Joaquín Torres García: “Su norte en el sur”

Nació en Montevideo en 1874, hijo de catalán y uruguaya, y desde chico ya tenía dos obsesiones dibujar y trabajar la madera.

Joaquín Torres García, pintor y profesor uruguayo

Hay artistas que nacen en el lugar correcto, después están los que necesitan caminar, perderse, encontrarse con otros, equivocarse de ciudad y recién ahí saber dónde quieren estar. Joaquín Torres García fue de esos segundos. 

Cuando tenía diecisiete años, los suyos decidieron cruzar el Atlántico y volver a las raíces catalanas. Se instalaron en Barcelona, y ahí Joaquín se encontró con un mundo que hasta entonces solo había imaginado, las calles viejas, los mosaicos, la luz del Mediterráneo. Hizo algunos cursos en la Academia Baixas y en la Escuela de Bellas Artes, pero pronto se dio cuenta de que el aula le quedaba chica.

Empezó a trabajar como ilustrador de revistas para ganarse la vida, y de paso se fue metiendo en los círculos de artistas que estaban revolucionando todo a su alrededor. Conoció a Picasso, colaboró con Gaudí en la Sagrada Familia y también trabajó en la reforma de la Catedral de Palma de Mallorca. A los pocos años de llegar a Europa ya estaba codeándose con los grandes. 

Joaquín Torres García fue uno de los artistas más celebrados de América Latina

En 1910 decoró el pabellón de Uruguay en la Exposición Universal de Bruselas. En 1913 hizo los murales de un salón en la Diputación de Barcelona. Pero en 1917 algo cambió dentro de él, estalló la guerra mundial, el mundo se sacudía, y Torres García sintió que su pintura también tenía que sacudirse. Dejó atrás el arte decorativo y miró para otro lado, la calle, la gente, los carteles, la ciudad en movimiento. Empezó a fabricar juguetes de madera, porque pensaba que el arte también podía ser algo útil, algo que se pudiera tocar y armar. En 1918 los expuso por primera vez con la idea de que un niño no necesita una obra de arte colgada en la pared, necesita un objeto que lo invite a jugar y a pensar.

Después vino Nueva York, entre 1920 y 1926 vivió allí con su mujer y sus hijos, y la metrópolis lo empapó de otro ritmo. En sus cuadros de esa época aparecen letras, números, tipografías, como si el lienzo fuera una página de diario o una cartelera de Broadway. Pero Nueva York era caro y la vida de artista no daba para tanto, así que en 1926 volvió a cruzar el océano, esta vez hacia París.

Y ahí, en la capital de las vanguardias, conoció a Theo Van Doesburg, el padre del neoplasticismo, y más tarde a Piet Mondrian. Ese encuentro fue un antes y un después. Torres García ya venía usando líneas rectas y planos de color desde antes, pero el rigor geométrico de esos maestros lo empujó a sistematizar su propia teoría: el Universalismo Constructivo. En 1930 fundó el grupo Cercle et Carré, una de las primeras asociaciones europeas de arte abstracto. 

La crisis de los años treinta apretó fuerte, y Torres García, ya con cincuenta años, tomó una decisión que muchos de sus colegas encontraron una locura y fue su regreso a Montevideo. Pero volvía con la  misión de que quería construir un movimiento artístico en su tierra, algo que no fuera una copia de lo europeo sino una síntesis universal hecha desde el sur. Su famosa frase -«nuestro norte es el Sur»- no constituye una declaración de independencia espiritual.

En Uruguay dio más de seiscientas conferencias, fundó la Asociación de Arte Constructivo en 1935, y en 1942 creó el Taller Torres García, una escuela de pensamiento más que un simple lugar para aprender a pintar. De ahí salieron artistas que después llenarían museos de medio mundo. También escribió libros, hizo radio, inventó juguetes, todo con la misma convicción de que el arte es una forma de ordenar el caos.

Murió en Montevideo el 8 de agosto de 1949, pero sus cuadros, con esa estructura tienen una manera muy particular de mirar al que los mira. Esos que no imitan la realidad, sino que la construyen y es por eso sigue siendo uno de los artistas más celebrados de América Latina. Porque Torres García, al final, logró lo que pocos, irse, verlo todo, y volver para contarlo.

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