“Hay que avanzar. No retroceder. Hoy más que nunca, la unidad de los trabajadores, atada a la lucha de clases, debe mantenerse en movimiento por la libertad. A la vanguardia de los cambios sociales”. La frase de José D’Elía no es solo una consigna: es una síntesis de vida.
Nacido el 21 de junio de 1916 en Treinta y Tres, pero criado en Rocha —esa “República independiente” que él mismo evocaba con ironía—, el “Pepe” creció en un hogar numeroso, marcado por la disciplina de un padre militar y la religiosidad de su madre. Ese cruce de influencias no lo alejó de la rebeldía: más bien le dio carácter.
Ya en Montevideo, en el barrio Cordón, su juventud combinó boxeo, noches largas y una temprana curiosidad política. Mientras Uruguay celebraba el Mundial de 1930, él observaba el país con otros ojos. Los sacudones internacionales —la crisis de 1929— y los locales —el golpe de Gabriel Terra en 1933— marcaron a fuego a su generación.
La muerte de Baltasar Brum y la represión que siguió al asesinato de Julio César Grauert no fueron episodios lejanos: fueron el punto de quiebre. “Algo que trastocaría mi vida para siempre”, diría después. Ahí empezó a definirse.
En 1934 se afilió al Partido Socialista, en el mítico Café Tupí, donde circulaban ideas, debates y proyectos. Allí conoció a figuras como Emilio Frugoni, referente histórico de la izquierda. Pero más importante aún: encontró un camino.
La Guerra Civil Española lo empujó definitivamente a la militancia activa. Para esa generación, no era un conflicto lejano: “Aquella guerra pasaba a ser nuestra guerra”. Actos, colectas, propaganda: la solidaridad era acción concreta. Y en paralelo, el joven D’Elía comenzaba a vincularse con un movimiento obrero fragmentado, dividido entre anarquistas, socialistas y comunistas.
Esa fragmentación marcaría su vida. Porque si algo definió su trayectoria fue la obsesión por la unidad.
Desde sus primeras tareas en la Federación Uruguaya de Empleados del Comercio e Industria, donde empezó pegando carteles y repartiendo volantes, hasta su rol en la fundación de centrales obreras, D’Elía entendió que la fuerza del movimiento no estaba en la pureza ideológica, sino en la convergencia.
En 1942, con la creación de la UGT, dio un paso clave. Era una central abierta, sin exclusiones, que incluso en plena Segunda Guerra Mundial logró articular un discurso antifascista y democrático. Pero la unidad no era sencilla. Las tensiones internas y los conflictos —como el del Frigorífico Nacional— derivaron en rupturas que él mismo, años después, reconocería como errores: “Debimos haber discutido sin romper”.
La década del 40 y el inicio de los 50 fueron de idas y vueltas, de intentos de coordinación y nuevas divisiones. Mientras tanto, el país también cambiaba. La Guerra Fría comenzaba a proyectar su sombra sobre América Latina, y el movimiento sindical no era ajeno a esas presiones.
Sin embargo, hacia fines de los 50 y comienzos de los 60, algo empezó a consolidarse. Nuevas experiencias de unidad, como la CTU y luego el Organismo Coordinador, fueron preparando el terreno para lo que vendría.
El punto de síntesis llegó en 1966, con la fundación de la Convención Nacional de Trabajadores. Allí, D’Elía no solo fue protagonista: fue uno de sus arquitectos. La CNT no era solo una central sindical. Era un proyecto político-social, con programa, estrategia y vocación transformadora.
El contexto no era fácil. El país entraba en una fase de creciente conflictividad, con medidas represivas como las impulsadas por el gobierno de Jorge Pacheco Areco. El 1º de mayo de 1968, duramente reprimido, fue una señal de los tiempos.
En 1969, D’Elía fue electo presidente de la CNT. Desde ese lugar, acompañó otro proceso histórico: la creación del Frente Amplio en 1971, expresión política de una unidad que ya se venía gestando en lo social.
Pero la historia volvió a quebrarse. El golpe de Estado de 1973, encabezado por Juan María Bordaberry, ilegalizó la CNT y desató la persecución. La respuesta fue inmediata: la huelga general. La derrota fue dura, pero la resistencia no se apagó.
En la clandestinidad, D’Elía siguió militando. Sin estridencias, sin protagonismo personal, pero con la misma convicción. Esa resistencia tuvo uno de sus momentos más potentes en el 1º de mayo de 1983, cuando el movimiento obrero volvió a ocupar el espacio público.
Un año después, la consigna era clara: “Un solo movimiento sindical”. Así nació el PIT-CNT, síntesis de lo que había sobrevivido en la clandestinidad, el exilio y la reorganización interna. D’Elía fue su presidente, pero más que eso: fue su símbolo.
En democracia, mantuvo su coherencia. Fue candidato a vicepresidente en 1984, integró la Comisión para la Paz y recibió el reconocimiento de la Universidad de la República como Doctor Honoris Causa. Pero nunca dejó de definirse como trabajador.
Murió el 29 de enero de 2007. Había visto el triunfo del Frente Amplio en 2004 y la llegada de la izquierda al gobierno. Pero su legado no está en los cargos ni en los homenajes.
Está en una idea: que la unidad no es un punto de llegada, sino una construcción permanente. Una “larga paciencia”, como él mismo decía.
Y esa idea, todavía hoy, sigue presente.


