La donación de órganos se ha consolidado históricamente como una medida que progresivamente se normaliza en la sociedad uruguaya. Este proceso no fue inmediato, sino el resultado de cambios culturales, avances médicos y políticas públicas orientadas a fortalecer la solidaridad social.
A lo largo del tiempo, Uruguay ha promovido una visión colectiva de la salud, en la que el acto de donar órganos se entiende como una responsabilidad social y un gesto altruista capaz de salvar vidas. La aceptación social de esta práctica refleja un desarrollo ético y cívico, donde el derecho a la vida y el compromiso con el otro ocupan un lugar central.
De este modo, la donación de órganos se proyecta como una política sostenida en valores de solidaridad, equidad y conciencia social, profundamente arraigados en la historia del país. Los avances en las técnicas de ablación, conservación, trasplante e inmunosupresión han incrementado la efectividad, la costo-efectividad y la aceptabilidad cultural de estos procedimientos, lo que a su vez ha generado un aumento sostenido de la demanda. No obstante, el acceso a estos tratamientos en la Región de las Américas presenta profundas heterogeneidades.

Con respecto a la expresión de donación de órganos en Uruguay, las entidades públicas no podrán exigir requisitos adicionales ni solicitar certificados, constancias, testimonios u otra documentación cuando la información contenida en éstos pueda obtenerse a través de medios digitales seguros de otras entidades (Decreto 353/23). Asimismo, este trámite consiste en completar un documento en forma presencial, con el objetivo de expresar la voluntad de donación positiva (parcial o total) de órganos y tejidos, o la voluntad de no donar. Además, para realizar esta expresión el ciudadano debe ser mayor de 18 años y dicha voluntad se efectiviza con posterioridad al fallecimiento del ciudadano.
A pesar de los progresos, la oferta de órganos, tejidos y células se mantiene muy por debajo de las necesidades existentes. Esto ocurre incluso con el aumento registrado en la donación, tanto de personas fallecidas como de donantes vivos. Los datos cuantifican la dimensión de esta actividad y sus desafíos. En el año 2016, se realizaron 53.345 trasplantes de órganos sólidos en las Américas, una cifra que representa casi el 40% del total mundial. El trasplante de riñón fue el más frecuente, con 33.378 procedimientos, seguido por el de hígado, con aproximadamente 11.000.
La tasa regional de trasplante de órganos por millón de personas experimentó un crecimiento del 6,8% entre 2015 y 2016. Con 53,3 trasplantes por millón de personas, la región de las Américas presenta la tasa más activa a nivel mundial, por delante de Europa. Sin embargo, esta cifra agregada esconde una distribución extremadamente desigual. Para el caso del hígado, se estima que menos del 10% de las necesidades en la Región están siendo satisfechas.
La donación de órganos de personas fallecidas también muestra contrastes. En América Latina, Uruguay lidera con una tasa de 16,8 donantes por millón de personas, seguido por Brasil (14,2) y Argentina (12). De esta forma, a modo de referencia, España es el líder mundial con una tasa de 47 donantes por millón. La disponibilidad de profesionales especializados es otro factor de desigualdad: la densidad de nefrólogos varía desde 2,1 por millón de personas en Honduras hasta 50,8 por millón en Uruguay.
Frente a este escenario, la respuesta de la Organización Panamericana de la Salud (OPS) se articula a través de su área de Donación y Trasplantes. Su propósito es cooperar técnicamente con los programas nacionales para asegurar la disponibilidad y el acceso a células, tejidos y órganos. Paralelamente, trabaja para garantizar la transparencia de los sistemas y combatir el tráfico de estos elementos.

