Hubo un tiempo en que la palabra izquierda olía a tierra, a sindicato, a olla popular y a lucha.
Hoy, en cambio, a veces huele a perfume caro, a despacho alfombrado, a conferencia con aire acondicionado. Una parte de nuestra izquierda se aburguesó, se acomodó, se volvió formal y funcional.
Ya no habla de revolución ni de transformación; habla de “consensos”, de “gestión eficiente”, de “diálogo con el sistema”. Pero el sistema no dialoga: el sistema digiere, asimila y después escupe. Y eso es lo que está pasando.
Del pueblo a la platea
El Frente Amplio nació del barro, de los que no tenían voz. Fue un sueño tejido con las manos callosas del pueblo. Pero muchos de los que hoy lo conducen ya no pisan el barro, ni saben cuánto cuesta un litro de leche o un alquiler en dólares.
Hablan de justicia social desde oficinas con vista al mar y se indignan solo cuando la prensa burguesa los toca.
Mientras tanto, el pueblo —el de verdad— sigue contando monedas para llegar a fin de mes, sigue esperando vivienda, sigue sin médico, sigue sin esperanza.
Y el discurso progresista se ha vuelto una letanía burocrática que apenas disimula la resignación.
El espejismo del poder
Gobernar fue un logro histórico, sí. Pero también una trampa.
El poder adormece, seduce, convence de que se puede cambiar el mundo sin molestar a nadie.
Y así fue como una izquierda que prometía cambiarlo todo terminó justificando lo injustificable, callando ante los poderosos y negociando los principios por estabilidad.
El capital aprendió a domesticar la rebeldía, aplaudiendo los discursos que ya no incomodan.
La derecha, mientras tanto, agradecida: no hay mejor aliado que un adversario desmemoriado.
Rebelarse otra vez
Pero el pueblo no es tonto. Sabe distinguir entre los que hablan por convicción y los que hablan por cálculo.
Y empieza a mirar hacia otros lados, buscando nuevas voces, nuevas rebeldías, nuevos sueños. Es hora de volver a ensuciarse las manos. De recuperar la ternura y la bronca, la dignidad y la conciencia.
De recordar que la izquierda no nació para administrar, sino para transformar. Porque si la izquierda deja de soñar, el pueblo dejará de creer. Y entonces habremos perdido mucho más que una elección: habremos perdido el alma.



El poder todo lo corrompe… 15 años de gobierno fueron más que suficientes para sufrir una mutación al progresismo. El FA, su declaración de principios ha quedado lejana. Tambien es de señalar que dicha declaración tiene ciertas tibiezas que, al día de hoy, han cobrado fuerza. En 15 años el FA colaboró en incrementar el ejército de consumistas que el gran capital agradece, fue «carne fresca» que confunde calidad de vida con llenarse de objetos y hasta hay veces superfluos.
Entrar a la calesita de la democracia representativa, es someterse a las reglas de la burguesía. Se deja de lado la creación de consciencia, que la gente sea consciente de su capacidad de acción y generación de un cambio. Pero eso requiere mucho trabajo de abajo… Y el FA abandonó a sus bases, fueron carne de cañón cuando se acercaban las elecciones…
Todos tienen que tener las mismas posibilidades de trabajo de calidad, salud, educación, vivienda, buen sueldo para vivir normalmente, etc., no ser tercerizado de baja remuneración. Lo que haga después cada uno con su ingreso, si quiere llenarse de objetos y hasta hay veces superfluos, eso no esta en vos, que capaz lo consideras así porque no le encontrás la utilidad. Hay que nivelar para arriba no para abajo. No todos quieren vivir como ermitaño o un hippy en una choza en el campo plantando lechugas y criando gallinas para justificar ser de izquierda porque ese no es el fin de la ideología de izquierda. Hay que repartir mejor y dejar de escuchar las llorareras de los empresarios que siempre van a llorar para que no les toquen sus ganancias que después van a parar a los bancos extranjeros.
Los extremos son malos y son minorías, no se puede hacer lo que el extremo quiere sin tener el apoyo necesario en las internas, y menos dejar que ciertos grupos de izquierda que no están dentro del FA vengan a hablar por el FA.
Muy de acuerdo.
El FA tiene que pasar a un discurso de tercera posición.
El discurso progresista financiado por la elite mundial aliena al pueblo y lo estupidiza.
Levantar la bandera del desarrollismo, la soberanía nacional, y el trabajo. Un estado fuerte que impulse el desarrollo en un marco de economía estilo chino (adaptado al Uruguay obvio).
Basta de planes sociales como bandera de ascenso social, de la ideología de género, del garantismo al delito galopante y el gobierno de corporaciónes y minorías.
El presidente debe de dejar de hacerse el bonachón con los tiburones colorinches que se lo quieren comer y hacer las cosas para lo que lo votaron, aunque eso le duela y patalee la derecha que alimento durante 5 años sus bolsillos y los mallas de oro.
Y cuando no estaba » aburguesada» la izquierda le fue mejor?? Gracias que existen la Democracia y el voto para llegar al gobierno
Hubo otros que creyeron que había otros caminos Y así nos fue Cada país tiene su camino con su historia política y su vivencias como colectividad En Uruguay no se puede pasar por encima de la opinión de la mayoría con todos sus errores Está comprobado
Agregó que los medios deben asumir su función de formadores de opinión Por lo pronto no apoyar » el tanto tienes tanto vales» por más que seamos conscientes de la importancia de los recursos económicos Hay diarios que se quejan de los asaltos y rapiñas pero festejan al que consigue los millones Deberían ser más consecuentes cuando hablan de valores
En la política si no se avanza se retrocede, no hay un término medio, estable, neutro. Si no avanzamos y tratamos de convencer a la mayor cantidad de personas que el camino de las equidades, de la solidaridad, de las transformaciones es el correcto, se verán atrapadas por el miedo, el consumo, el individualismo y la violencia y ahí perdimos, retrocedemos y gana la derecha.