El 16 de septiembre de 1976, un operativo de grupos de tareas bajo el mando del general Ramón Camps irrumpió en la ciudad de La Plata para secuestrar a un grupo de estudiantes secundarios. Las víctimas directas de aquella noche fueron Claudia Falcone (16 años), Francisco López Muntaner (16), María Clara Ciocchini (18), Horacio Ungaro (17), Daniel Racero (18) y Claudio de Acha (18). En los días previos y posteriores, el mismo operativo se extendió a Gustavo Calotti, Emilce Moler, Patricia Miranda y Pablo Díaz. El episodio, inmortalizado una década más tarde por el libro La noche de los lápices de María Seoane y Héctor Ruiz Núñez, constituye una de las pruebas más brutales de la persecución ejercida por la última dictadura militar contra la juventud argentina.
La obra de Seoane y Ruiz Núñez, publicada en 1986 en plena transición democrática, cumplió un rol fundamental en la construcción de la memoria colectiva. Su narrativa, basada en una rigurosa investigación periodística y en el testimonio del sobreviviente Pablo Díaz, puso en el centro de la escena pública la magnitud de aquel horror. El libro reconstruye el clima de movilización que existía en las escuelas secundarias platenses en torno a un reclamo que era legítimo y a su vez sectorial, la conquista del Boleto Estudiantil Secundario. Pero además, todos militaban en barrios periféricos, algunos ayudando a refaccionar hogares, otros dando apoyo escolar y también realizando campañas de vacunación. Con la visión de un país inclusivo y equitativo.

Las marchas de 1975 y la organización en centros de estudiantes eran expresiones propias de una juventud que ejercía su derecho a participar en la vida cívica. Y a la vez demandar mejores condiciones para su educación. Cabe resaltar que la represión desatada en esa fecha, no fue una respuesta a una acción violenta. Sino el castigo brutal a esa participación cívica y al pensamiento crítico. Los jóvenes fueron secuestrados de sus hogares, torturados en centros clandestinos como el Pozo de Arana.
Y en la mayoría de los casos, desaparecidos sin dejar rastro. La desaparición forzada, como método sistemático del terrorismo de Estado, buscaba eliminar todo vestigio de organización social. En el caso de La Plata, los estudiantes fueron víctimas de un plan que ya había alcanzado a unos 340 adolescentes en todo el país. Eran jóvenes inocentes que fueron arrancados de sus vidas cotidianas por el solo hecho de haberse expresado y agrupado en el ámbito estudiantil.

En aquel entonces América Latina estaba signado por las directivas impuestas por el poder imperial de Estados Unidos. Con un modelo económico y social que destruyera toda soberanía nacional en beneficio de los intereses de la oligarquía y los capitales internacionales. La efervescencia de la época, con debates sobre justicia social y liberación nacional, formaba parte del paisaje cultural argentino. Las escuelas eran espacios de intercambio de ideas, donde los jóvenes se formaban como ciudadanos. La dictadura, mediante el Operativo Claridad y la represión clandestina, se propuso desmantelar esa trama social y silenciar cualquier forma de disidencia o simple reclamo. Los estudiantes secuestrados aquella noche fueron castigados por su juventud, por sus ideales y por su decisión de agruparse para defender un derecho.
El libro de Seoane y Ruiz Núñez logró capturar la esencia y dar rostro y nombre a las víctimas, humanizando el relato estadístico del terror. La obra operó como un vehículo de denuncia eficaz que contribuyó a instalar la figura del detenido-desaparecido en la conciencia pública, apelando a la empatía inmediata de una sociedad que comenzaba a medir la profundidad de la tragedia. La declaración del 16 de septiembre como Día de los Derechos del Estudiante Secundario honra la memoria de aquellos jóvenes.

