La pobreza del debate político

Premio Jerusalén al radicalismo de ver los sucesos con un solo ojo.

Hay una pobreza que no se mide en ingresos ni en estadísticas: es la pobreza del debate político. Se manifiesta cuando senadores y diputados, en lugar de explicar sus decisiones, defender sus propuestas o asumir las responsabilidades de gobernar, recurren a las redes sociales para descalificar, agraviar y atacar a colegas que piensan diferente.

Y en esa lógica aparece el “Premio Jerusalén al radicalismo de mirar los acontecimientos con un solo ojo”. Una mirada que selecciona aquello que confirma las propias convicciones, ignora aquello que las contradice y termina convirtiendo la política en un ejercicio de trincheras. Las redes sociales deberían ser una herramienta para acercar a los hombres y mujeres representantes a  la ciudadanía. Sin embargo, con demasiada frecuencia se convierten en una extensión de la pelea partidaria,ideológica,religiosa ,etc. donde el argumento es reemplazado por el insulto y la discrepancia por la descalificación personal. El problema no es que existan diferencias. La democracia necesita diferencias. El problema aparece cuando la discrepancia deja de ser un intercambio de ideas y se transforma en una guerra contra quien se atreve a pensar distinto.

Un legislador tiene una responsabilidad que va mucho más allá de publicar una frase ingeniosa en X, Facebook o Instagram. Tiene que legislar, controlar, debatir, explicar y rendir cuentas. Y cuando forma parte del gobierno, también debe asumir el costo político de las decisiones que toma.

Gobernar no es tuitear. Gobernar es decidir y hacerse responsable de las consecuencias.

Tampoco alcanza con denunciar las contradicciones del adversario mientras se ocultan las propias. La política exige algo más difícil: mirarse también en el espejo.

La ciudadanía no necesita parlamentarios convertidos en comentaristas permanentes de las redes sociales. Necesita representantes capaces de discutir ideas, reconocer errores, aceptar críticas y construir acuerdos.

Agraviar al colega que piensa diferente no demuestra fortaleza política. Muchas veces demuestra exactamente lo contrario: la ausencia de argumentos.

Cuando la discusión pública se transforma en una competencia por ver quién insulta más fuerte, pierde la política, pierde el Parlamento y, fundamentalmente, pierde la ciudadanía. La verdadera autoridad de un senador o diputado no surge de la cantidad de seguidores que tiene ni de la repercusión de sus publicaciones. Surge de la calidad de sus argumentos, de sus decisiones y de su capacidad para responder por ellas. Porque al final del día, mirar la realidad con un solo ojo puede ser cómodo para la militancia, pero es peligroso para quien tiene la responsabilidad de gobernar. Las redes sociales pueden servir para esconder durante algunas horas las contradicciones, los errores o incluso la incapacidad de gestionar. Pero no pueden ocultarlos indefinidamente.

La democracia necesita dirigentes que miren de frente. Con los dos ojos abiertos.

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