Los trastornos por consumo de sustancias y los trastornos mentales coexisten con más frecuencia de lo que se cree. Se estima que las personas que padecen una adicción tienen el doble de probabilidades de sufrir también un problema de salud mental subyacente. Sin embargo, solo una minoría recibe un diagnóstico completo y un tratamiento integrado.
Varios factores explican por qué ambas condiciones suelen aparecer juntas. En primer lugar, ciertos genes y factores ambientales, como el estrés o los traumas, pueden aumentar el riesgo de desarrollar tanto un trastorno por consumo de sustancias como otro trastorno mental. En segundo lugar, muchas personas que padecen depresión, ansiedad o trastorno de estrés postraumático consumen alcohol u otras drogas para aliviar sus síntomas, lo que se conoce como automedicación.
Aunque estas sustancias pueden ayudar temporalmente, con el tiempo solo empeoran el cuadro. Así como, el consumo de sustancias puede desencadenar cambios en la estructura y el funcionamiento del cerebro que hacen más probable la aparición de un trastorno mental.

La adolescencia es una etapa de curiosidad, integración social y toma de riesgos. También es el momento en que muchas personas se inician en el consumo de alcohol, tabaco o cannabis. El cerebro adolescente está en pleno desarrollo y es especialmente sensible al estrés y a los efectos neurotóxicos de las sustancias psicoactivas. El consumo regular durante esta etapa se asocia con daños a corto y largo plazo: dificultades cognitivas, fracaso escolar y mayor riesgo de desarrollar trastornos psiquiátricos como esquizofrenia, depresión o ansiedad.
El cannabis, en particular, es motivo de preocupación, aunque a menudo se percibe como una droga blanda, su uso frecuente y regular puede perjudicar el desarrollo cerebral, afectando la memoria, la concentración y las habilidades de lectura, escritura y cálculo. Los estudios también han vinculado el consumo de cannabis con la aparición de síntomas psicóticos, especialmente en quienes comienzan a consumir en la adolescencia o tienen antecedentes familiares de trastornos mentales.
Los trastornos concomitantes suelen ser difíciles de diagnosticar. Los síntomas se solapan, y muchas veces las personas reciben tratamiento por una de las condiciones mientras la otra pasa desapercibida. Esto puede deberse a una formación inadecuada de los profesionales o a la falta de herramientas de cribado fiables. Las consecuencias de un diagnóstico incompleto pueden ser graves: mayor riesgo de suicidio, encarcelamiento y exclusión social.
Los tratamientos integrados, en los que los profesionales abordan ambas condiciones de forma coordinada, ofrecen mejores resultados y reducen los costes. Sin embargo, la detección y el tratamiento precoces son fundamentales, ya que las personas con ambas patologías suelen presentar síntomas más persistentes, más graves y más resistentes al tratamiento.
Un estudio realizado en adolescentes españoles reveló que las chicas con problemas de consumo de sustancias presentan niveles más altos de síntomas depresivos, ansiedad, hostilidad y pensamientos obsesivo-compulsivos que los chicos. A pesar de ello, las mujeres representan menos del 30% de los usuarios de programas de tratamiento para adicciones. Esto sugiere que los servicios de atención no están adaptados a sus necesidades específicas.
La prevención y la promoción de la salud mental entre las adolescentes deben ser prioritarias. Es necesario crear más servicios especializados que tengan en cuenta las diferencias de género y ofrezcan un abordaje psicológico comprensivo. Las adicciones y la salud mental son dos caras de la misma moneda, y solo un enfoque integrado puede romper el círculo vicioso que las mantiene unidas.


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