Las ciencias sociales y humanísticas no son un lujo; son la conciencia crítica de la nación

El primer número de la revista Santiago.

En 1970, mientras Cuba reajustaba sus coordenadas políticas tras una década convulsa, el panameño Nils Castro fundó en la Universidad de Oriente una revista que llevaría el nombre de la ciudad. La llamó Santiago, y en ese gesto sencillo depositó una declaración de principios que medio siglo después sigue intacta: el pensamiento crítico también germina lejos de la capital, y el Caribe oriental tiene una mirada propia que aportar al debate universal.

Más de medio siglo después, la publicación sigue en pie. Lo hace cada tres o cuatro meses, pero con un modelo híbrido que acorta los tiempos: cada artículo se libera en línea apenas supera la revisión por pares, estrategia que aumenta significativamente las visualizaciones y el alcance. Estos detalles los conocí de primera mano al conversar con su director, el MSc Marcos Enrique Zaldívar Hernández.

Santiago es multidisciplinaria. Abarca todas las ramas de las ciencias sociales y humanísticas: Historia, filosofía, sociología, crítica literaria. Logro significativo en un contexto donde las urgencias económicas tienden a concentrar la atención —y los recursos— en las ciencias aplicadas. Cuando toco el tema, su respuesta es directa: «Las urgencias económicas no pueden resolverse sin entender su origen histórico, sin un análisis filosófico de los modelos de desarrollo o sin una crítica literaria y cultural que nos ayude a interpretar la complejidad del ser humano. Las ciencias sociales y humanísticas no son un lujo; son la conciencia crítica de la nación.»

La trayectoria respalda sus palabras. Desde su fundación, Santiago ha sido un espacio de formación y consolidación para generaciones de investigadores del oriente cubano y de otros países de América Latina y el Caribe. También han publicado autores de América del Norte y Europa. Para muchos académicos, la revista fue la primera vitrina pública, el lugar donde sus tesis de grado o proyectos incipientes encontraron una comunidad con la que dialogar.

Pregunto por las firmas que han pasado por sus páginas y Zaldívar responde con una lista que traza, por sí sola, un mapa del pensamiento cubano e iberoamericano del último medio siglo. El poeta Nicolás Guillén publicó en Santiago. También el ensayista y novelista Cintio Vitier, el crítico literario Roberto Fernández Retamar y el escritor Onelio Jorge Cardoso. Entre los autores internacionales figuran el uruguayo Mario Benedetti, Edgar Morin, quien ocupa un lugar importante en la sociología francesa, el filósofo mexicano Adolfo Sánchez Vázquez, el poeta nicaragüense Ernesto Cardenal y, en un gesto de apertura poco común para la época, la activista estadounidense Angela Davis. Cada uno de ellos, dice, construyó el prestigio del que hoy goza la publicación.

Las indexaciones llegaron después como reconocimiento a la calidad —DOAJ, Scielo, Latindex Catálogo 2.0, REDIB—, pero el director insiste en que el mayor logro no está en los sellos, sino en haber sido un semillero de científicos sociales. Números monográficos como los dedicados a la lucha clandestina en Santiago de Cuba durante los años cincuenta no solo recopilaron información; abrieron nuevas líneas interpretativas y generaron debates intensos entre historiadores. Hoy son fuentes de consulta insoslayables.

Uno de los rasgos que la distinguen es su relación con la diáspora académica cubana. Zaldívar lo plantea sin el tono de pérdida que suele impregnar este asunto: «Santiago publica a la diáspora académica cubana y la considera una parte fundamental e irrenunciable de nuestro ecosistema intelectual. No la vemos como una pérdida, sino como una oportunidad para el reencuentro». La postura queda clara en una frase que repite con convicción: «La ciencia y la cultura cubanas son una sola, sin importar las fronteras geográficas».

Desde su fundación, Santiago ha sido un espacio de formación y consolidación para generaciones de investigadores.

Mantener ese ecosistema en funcionamiento requiere sortear obstáculos diarios. El acceso a servidores estables y la conectividad son limitados. La solución, explica, combina tres elementos: respaldo institucional —la Universidad de Oriente aloja los servidores y asigna prioridad a la revista—, optimización técnica —la plataforma OJS está configurada para consumir pocos recursos— y solidaridad internacional. Colaboradores de otros países donan discos duros y recursos digitales.

En los últimos períodos, después de Cuba, los países con mayor presencia en las páginas de Santiago son Ecuador, Perú, México, Colombia, España y República Dominicana. El comité editorial y el equipo de revisores integran a investigadores de diversos países, involucrados en proyectos de talla mundial en distintas disciplinas. La revista publica más de sesenta artículos al año.

Zaldívar tiene claros los retos pendientes. Publicar en inglés y portugués es uno, necesario para ampliar el alcance más allá del mundo hispanohablante. Otro es profundizar la cooperación Sur-Sur, que define como «el camino natural hacia un conocimiento más justo y horizontal». La revista explora crear números temáticos en coedición con universidades de América Latina, el Caribe, Asia y África, y potenciar la movilidad virtual de profesores como pares evaluadores.

Le pregunto por trabajos recientes que sinteticen el espíritu crítico de la publicación y menciona dos. Uno es «Europa del Este en la revista Santiago: ¿Internacionalismo socialista o sovietización cultural?», de Yeniselis González Mederos, un análisis documentado sobre las influencias culturales en Cuba. El otro son las investigaciones del exdirector Omar Guzmán Miranda en torno a la definición de la socialización, que abordan problemas sociológicos fundamentales desde una perspectiva local con rigor teórico.

Antes de despedirnos, Zaldívar vuelve sobre una idea que ya había deslizado en la conversación y que quizás sea la mejor definición de lo que hace esta revista: «Los problemas del Sur encuentran respuestas más pertinentes en el diálogo entre iguales». Santiago aspira a ser un nodo de esa red global de pensamiento crítico. Y, a juzgar por lo construido en más de medio siglo, no es una aspiración vana.

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