Los Mascaritos como grupos de personas disfrazadas que bajo el anonimato bromean e ironizan a los vecinos, han sido protagonistas de los carnavales en varias ciudades del interior del Uruguay. Proveniente de la tradición española, son su cara anárquica y burlona, rompiendo las jerarquías sociales y permitiendo al pobre burlarse del rico, al joven del viejo, o al hombre mostrarse irónicamente como mujer o viceversa, y sin duda a ironizar a todos, gracias a que la máscara les dota la «libertad» sin temor a represalias.
Tradicionalmente utilizaban ropas viejas y se cubrían el rostro con un trapo con agujeros para los ojos, pero han ido cambiando su vestimenta para asociarse a una actividad escénica y payasa altamente creativa. Lo distintivo no es sólo su máscara o vestido, sino su comportamiento impertinente, juguetón y sarcástico de «dar la murga» a todos, de ser el bufón de la crítica social o personal.
En Uruguay, los Mascaritos eran los protagonistas indiscutibles de los Entierros del Carnaval, una celebración que ha ido perdiendo su intensidad y rol en la fiesta popular, pero que mantiene su peso en varias ciudades como Guichón, Vergara, Cardona, Fray Bentos o Frayle Muerto, y que este año pudimos apreciar en Rosario y La Paz de Colonia. A diferencia de las murgas o comparsas que ensayan todo el año y llevan trajes brillantes, el Mascarito es espontáneo, anónimo y de libre participación, y se disfrazan con «lo que haya»: ropas viejas, sacos de arpillera, harapos o vestidos de mujer, creando un personaje y un mensaje.
Aunque su objetivo es el sarcasmo, su centro es la impunidad, participando originalmente en el Entierro del Carnaval, del final de la fiesta y el inicio de la Cuaresma cuando se realiza un desfile fúnebre satírico y se «entierra» al Rey Momo. Los Mascaritos en muchos casos acompañan el cortejo junto a viudas alegres (hombres disfrazados de mujer que lloran exageradamente), plañideras y falsos sacerdotes que dan sermones burlones o incluso deudos. No siempre van solo, sino en patotas y se integran también en escenas colectivas burlonas como parte de las procesiones que acompañan, lloran o festejan al muerto y que se comportan como pueblo y jauría humana que corre por las calles, buscando ironizar y hacer reír con su espectáculo circense crítico y burlón. El Mascarito actúa independiente, o en grupos, representando el caos que se libera por última vez antes del fin del carnaval y que desaparece hasta el año próximo. Su origen proviene de los inmigrantes que trajeron la idea de la «mascarada» como una forma de diversión social popular, participativa y anónima procedente de pueblos pequeños como un divertimento de bajo costo.
En Montevideo, el Carnaval se amparó del favor del Estado, con murgas profesionales y con directores, coreografías y reglamentos, y se transformó en un “espectáculo” sin Mascaritos, pero en el interior, asumió el protagonismo de un carnaval participativo sin barreras entre el artista y el público.
Sin embargo, y tal vez por eso mismo, es una expresión creativa y social en extinción. Las personas están dejando de ser actores del Carnaval para ser espectadores de las agrupaciones de perfil montevideano que se han ido creando en el interior. Por años, mientras que en Montevideo la fiesta se volvió un “espectáculo” profesional de murgas y comparsas, en ciertas zonas del interior se mantienen los Mascaritos como expresión característica de una fiesta más participativa y popular. Allí, aunque igual todo se sabe, para poder burlarte del comisario, del cura o del vecino «estirado», se necesita un disfraz que esconda la cara. En estas localidades donde la influencia de la inmigración española fue muy directa y menos «contaminada» se conservó el rito del Rey Momo y su entierro, donde el Mascarito es el «huérfano» que llora (o celebra) la muerte de la fiesta. Allí, como en Rosario y La Paz en Colonia, este año se mantuvo relativamente el concepto de participación de los Mascaritos como personajes «plebeyos» que no requieren dinero ni talento artístico, sino solo ganas de molestar y divertir como el payaso o bufón tradicional. Sobrevivió porque la comunidad defendió ese tipo de carnaval como algo que se hace y no solo algo que se ve, pero lentamente el carnaval de comparsa, batucadas incluso, vedettes o banderilleros, con todo el marco del “Carnaval espectáculo” se va también lentamente imponiendo, tornando un recuerdo ya no sólo a los Entierros del Carnaval, sino también a las grandes cantidades de Mascaritos de antaño y que ahora se reducen apenas a unas decenas.


