«¡Ánimo, Nicola, que este es el momento de morir por nosotros y por la causa!». Estas fueron las últimas palabras de Bartolomeo Vanzetti hacia su compañero esa madrugada del 23 de agosto de 1927. Minutos después, ambos murieron en la silla eléctrica de la prisión de Charlestown, en Boston. Tenían 39 y 36 años respectivamente. Este caso conmovió al mundo y se convirtió en símbolo de la persecución política y racial en Estados Unidos.
En las afueras del penal había una multitud esperando las cuales viajaron desde distintos puntos de Estados Unidos y también desde otros países. Eran obreros, intelectuales, artistas, militantes que expresaban su descontento mediante pancartas. Al amanecer, cuando se confirmó la noticia de las ejecuciones, estallaron protestas en varias ciudades del mundo, París, Buenos Aires, Johannesburgo y Tokio hubo enfrentamientos con la policía. En Ginebra, manifestantes intentaron tomar la sede de la Sociedad de Naciones. ¿Quiénes eran esos hombres cuya muerte provocó una conmoción internacional?

Nicola Sacco nació en Torremaggiore, un pueblo de la región de Apulia, el 22 de abril de 1891. A los 17 años emigró a Estados Unidos, se instaló en Milford, Massachusetts, donde consiguió trabajo como obrero en una fábrica de calzado. Lo catalogaban como un hombre tranquilo, de familia. Por su parte, Bartolomeo Vanzetti había nacido el 11 de junio de 1888 en Villafalletto, Piamonte. También emigró en 1908, a los 20 años. Se estableció en Plymouth, Massachusetts, y se ganaba la vida como vendedor ambulante de pescado.
Era soltero, lector y autodidacta, fiel amante de Marx, Darwin, Dante y también a San Agustín. ¿Qué los conectaba?, pues la militancia anarquista, de ahí que se conocieran en una huelga en 1917. El asunto es que en esa época, ser anarquista en Estados Unidos era casi un delito. Para comprender este suceso hay que adentrarse en el clima de aquellos años, pues en 1919 y 1920, más de cuatro millones de obreros norteamericanos participaron en huelgas. Pedían mejores salarios y condiciones de trabajo. El «peligro rojo» se volvió una obsesión.
Teniendo en cuenta esto, el gobierno respondió con mano dura, pues el procurador general Alexander Palmer lanzó una serie de redadas contra inmigrantes y militantes de izquierda. Para el sur, el Ku Klux Klan asesinaba negros con total impunidad, mientras en el norte, la policía allanaba locales obreros y centros sociales de inmigrantes. En ese contexto, el 5 de mayo de 1920, Sacco y Vanzetti cayeron en una de esas redadas en Buffalo, Nueva York. Los detuvieron porque eran italianos y porque tenían aspecto de «rojos». Cuando los interrogaron, mintieron sobre su paradero el día de un asalto ocurrido semanas antes. No sabían que esa mentira les costaría la vida.

El 15 de abril de 1920, en South Braintree, Massachusetts, dos hombres asaltaron una fábrica de calzados y mataron al pagador, a un guardia de seguridad y huyeron en un auto. Siete semanas después, Sacco y Vanzetti fueron acusados del crimen, considerando el juicio como una farsa desde el principio. El juez Webster Thayer no ocultaba sus prejuicios, pues durante el proceso, dijo refiriéndose a Vanzetti: que «aunque no haya cometido el delito que se le imputa, es sin embargo moralmente culpable, porque es enemigo del orden establecido».
Los testigos de la defensa fueron ignorados, sin embargo los testigos de la acusación, muchos de ellos con antecedentes penales, fueron creídos. Las balas encontradas en el cuerpo de las víctimas, según un peritaje oficial, coincidían con el revólver de Sacco. Pero años después se demostró que había sido manipulado. En 1925, un condenado a muerte llamado Celestino Madeiros confesó ser el autor del asalto y aclaró que Sacco y Vanzetti no tenían nada que ver y el tribunal ni siquiera consideró reabrir el caso.
Durante siete años, los dos obreros permanecieron en prisión donde escribieron cartas que dieron la vuelta al mundo. En estas cartas denunciaban que la sentencia era una sentencia de clase, una lucha entre la clase oprimida y la clase rica. Mientras tanto, afuera, el caso se volvía internacional. El Comité de Defensa Sacco-Vanzetti recibió donaciones de todo el mundo. Albert Einstein, George Bernard Shaw, H.G. Wells, Miguel de Unamuno, Marie Curie y cientos de intelectuales pidieron clemencia o la revisión del juicio.

Era toda una revolución, pues en las principales ciudades de Europa y América Latina hubo manifestaciones masivas. Como por ejemplo en Argentina, el anarquista Severino Di Giovanni colocó bombas en la embajada de Estados Unidos, el Banco de Boston y otras instituciones norteamericanas. En México, la Federación de Sindicatos del Distrito Federal, con 180 mil afiliados, publicó un manifiesto exigiendo la absolución. En Uruguay, los trabajadores portuarios hicieron huelga, en España, años después, durante la Guerra Civil, un batallón de milicianos vascos llevaría el nombre de Sacco-Vanzetti.
Asimismo, en la noche del 22 de agosto de 1927, Sacco y Vanzetti se despidieron de sus abogados y de sus familiares para posteriormente ser ejecutados o como otros prefieren llamarle: “asesinados”. En 1977, cincuenta años después de la ejecución, el gobernador de Massachusetts, Michael Dukakis, firmó una declaración reconociendo que Sacco y Vanzetti habían sido juzgados injustamente y que su memoria debía ser honrada.
Era tarde, claro. Pero al menos era un reconocimiento oficial de lo que todo el mundo sabía. Vanzetti escribió pocos días antes de morir: «Nuestras palabras, nuestras vidas, nuestro dolor, ¡nada! Eso es lo que parece. Pero quitemos esa última palabra. Ese nada quizás no sea nada. Lo que somos y lo que sentimos, lo que deseamos y lo que esperamos, no desaparecerá del todo. Tal vez un día alguien lo encuentre y lo comprenda». Ese día llegó, pero todavía dura.


GLORIA A LOS COMPANEROS !!!!!!
En Estados Unidos , no ha cambiado nada , Peor ahora, Perscucion politica , muerte a sus ciudadanos en las calles,Politcas antiemigrantes , y acelerda pobresa y desocupacion , USA es la cuna del capitalismo , y sus politica sociales son todas para veneficiar al mismo,