Durante más de dos décadas, el mundo celebró un logro extraordinario consistente en que la mortalidad infantil descendía año tras año. Fue, quizás, el indicador más sobresaliente de que la cooperación internacional, la ciencia y las políticas públicas podían salvar millones de vidas. Pero esa curva histórica acaba de quebrarse.
Según el informe Levels & Trends in Child Mortality: Report 2024 del United Nations Inter-agency Group for Child Mortality Estimation (UN IGME), las muertes de niños y niñas menores de cinco años pasaron de 4,6 millones en 2024 a una proyección de 4,8 millones para 2025, marcando el primer aumento del siglo. No es un error estadístico. Se trata de un síntoma global.
Este retroceso revela un proceso más profundo. El desmantelamiento progresivo de los sistemas de salud pública, la retracción del financiamiento internacional y la erosión de los mecanismos multilaterales que durante décadas sostuvieron programas de vacunación, nutrición y atención primaria en los países más vulnerables.
En este contexto, el secretario general de Naciones Unidas, António Guterres, lanzó esta semana un llamado angustioso, advirtiendo que el creciente desfinanciamiento del sistema multilateral está llevando a la ONU “al borde de la parálisis” y que, si la tendencia continúa, la arquitectura internacional construida tras la Segunda Guerra Mundial corre riesgo de desaparecer. Su advertencia no es retórica. Expresa el reconocimiento de que el mundo está desmantelando, pieza por pieza, las instituciones que sostuvieron la mayor expansión de bienestar humano de la historia moderna.
Y en este escenario crítico, la ausencia de una voz moral global como la del papa Francisco se vuelve un vacío amargo. Durante años, Francisco denunció la “cultura del descarte”, la desigualdad obscena y la indiferencia frente al sufrimiento de los más vulnerables. Hoy, cuando la mortalidad infantil vuelve a crecer y la cooperación internacional se desmorona, su figura —silenciada, atacada o ignorada por los mismos sectores que impulsan la guerra cultural— deja un hueco que nadie está ocupando.
El vacío estratégico que promueve Trump y que sirve de faro a sus seguidores
El desfinanciamiento tiene responsables concretos.
Comenzó con la administración Trump, que en plena pandemia retiró fondos y anunció la salida de Estados Unidos de la Organización Mundial de la Salud, OMS. Ese gesto, presentado como una defensa de la “soberanía nacional”, debilitó la capacidad global de respuesta en el peor momento sanitario del siglo.
Ese precedente abrió la puerta a un nuevo ciclo de abandono multilateral.
Hoy existen gobiernos que replican este modelo, recortando programas de salud pública, paralizando campañas de vacunación y deslegitimando la cooperación internacional bajo el discurso de la “libertad individual”.
El resultado es una arquitectura sanitaria global fracturada, donde los más pobres pagan el precio.
El nuevo oscurantismo
La guerra cultural alcanzó un punto de quiebre cuando Robert F. Kennedy Jr., uno de los militantes antivacunas más influyentes de Estados Unidos, asumió como Secretario de Salud y Servicios Humanos. Su llegada no fue un gesto simbólico sino un cambio estructural.
Durante décadas, Estados Unidos lideró campañas globales de vacunación, investigación biomédica y cooperación sanitaria. Hoy, ese liderazgo está en manos de alguien que ha cuestionado públicamente la seguridad de las vacunas, difundido teorías oscurantistas y acusado a las agencias federales de corrupción científica.
Desde su nombramiento, Kennedy ha impulsado decisiones que reconfiguran la política sanitaria federal, incluyendo la remoción de expertos en inmunización y la revisión de comités científicos clave.
El mensaje es claro y contribuyó a instalar la desconfianza hacia la ciencia, que de ser una expresión marginal, pasó a ocupar el centro de la escena. Ahora es política de Estado.
En América Latina, el fenómeno se replica y algunas figuras públicas que niegan la eficacia de las vacunas o promueven “terapias alternativas” sin evidencia ocupan espacios en medios y gobiernos.
El nuevo soma del siglo XXI
Aldous Huxley imaginó un futuro donde la dominación se ejercía a través del placer y la distracción.
Hoy, el soma está claramente instalado por la capacidad de las plataformas digitales para moldear emociones, percepciones y prioridades.
En un ecosistema saturado de estímulos, indignación y gratificación inmediata, la ciudadanía se vuelve más vulnerable a narrativas simplificadas y a campañas de desinformación que erosionan la confianza en la ciencia, las instituciones y la cooperación internacional.
Lo que está en juego no es una disputa ideológica ni un debate académico sino la continuidad misma de un pacto civilizatorio que parecía irreversible. Si el mundo permite que la salud pública se convierta en un campo de batalla cultural, si acepta que la cooperación internacional se desangre y que la ciencia sea reemplazada por supersticiones, el aumento de la mortalidad infantil será apenas el primer síntoma de un derrumbe mayor.


Se parece al interior blanco en época de elecciones departamentales a cambio del voto.
NO TE OLVIDES DE LOS ADOLESCENTE MUERTOS BAJO LA ATENCION Y LOS CUIDADOS DEL INAU….. EN POCAS SEMANAS YA VAN 8…… AYER EL ULTIMO QUE CONOCIMOS…
Que horrible como se está escribiendo la historia realidad espantosa y Muy alejada de lo tendría que ser ,,que pena tenemos un mundo 🌎 hermoso para disfrutar y estar todos bien, niños con hambre es lo peor que puede pasar da mucha tristeza, saludos cordiales Alejandro Camblor