Llegar a China desde Uruguay, para participar en el programa de intercambio periodístico: Centro Internacional de Comunicación de Prensa de China (CIPCC), es un desafío extraordinario, y es que parece que llegas a “otro planeta”. La primera impresión es la grandeza de un país que tiene más de más de 1,4 mil millones de personas.
Eso explica la creación de avenidas interminables, rascacielos que parecen no tener fin y un movimiento constante que nunca se detiene. Lo más sorprendente es la convivencia entre lo ancestral y lo futurista: mientras un templo de cientos de años conserva el aroma natural, a pocos metros un centro comercial ofrece la última tecnología de consumo. Todo esto toma un valor especial en la noche gracias a las luces que adornan las ciudades del país.
Vida diaria
El gigante asiático tiene características muy particulares a las que debes adaptarte si quieres sobrevivir. La comunicación es un desafío: el mandarín domina las calles, y el inglés aparece solo en ámbitos académicos o entre los más jóvenes, mientras que el español es casi inexistente. Para los extranjeros, las aplicaciones de traducción son aliadas imprescindibles. Este obstáculo lingüístico, lejos de ser una barrera absoluta, se convierte en parte de la experiencia de inmersión cultural.
La gastronomía es otro universo a descubrir. Un uruguayo o latino se enfrenta a una diversidad de sabores difícil de abarcar en poco tiempo. Desde el picante de Sichuan, capaz de adormecer la boca, hasta el refinado dim sum cantonés, cada región ofrece una identidad propia en la mesa. Arroz y fideos son la base, pero los matices son infinitos. Compartir una mesa redonda con platos al centro se convierte en un puente cultural que rompe cualquier barrera idiomática.
Más allá de eso, la vida cotidiana está profundamente atravesada por la innovación y este puede ser el punto más extraordinario de todos. Para alguien que recién llega resulta impactante cómo el dinero en efectivo casi desapareció: hasta en un mercado callejero o en una parada de comida se paga con el celular. WeChat Pay y Alipay son omnipresentes, revelando la transición hacia una sociedad prácticamente sin billetes ni monedas y cada vez desaparece más el uso de tarjetas de crédito y débito.
También llaman la atención las bicicletas eléctricas y los sistemas de transporte compartido que inundan las calles, sumados a un transporte público eficiente, limpio y económico. En China, el metro no solo es un medio de movilidad: es el esqueleto que sostiene ciudades que superan los 10 millones de habitantes.
China es el país más poblado del mundo y la segunda economía global, pero eso no se queda en un dato. El día a día muestra cómo ese poderío económico se traduce en infraestructura: carreteras modernas, trenes de alta velocidad que superan los 350 km/h y barrios enteros que surgen de la nada en pocos años son prueba de un modelo de desarrollo que privilegia la rapidez y la innovación.
Aplicaciones de celulares
China comenzó hace varios años una apertura al mundo, buscando mejorar su imagen no solo en Asia, sino también en el hemisferio occidental. A pesar de sus avances, el internet sigue siendo una materia pendiente. El país ha desarrollado su propio ecosistema digital por motivos políticos, económicos, tecnológicos y culturales.
Desde buscadores como Baidu, similar a Google, hasta redes sociales y aplicaciones de inteligencia artificial como Deepseek, la infraestructura digital china es única. Las apps más comunes son WeChat, que funciona como mensajería, red social y plataforma de pagos, y Alipay, utilizada para todo, desde alquilar una bicicleta en la calle hasta reservar un hotel o pagar servicios básicos.
Otras aplicaciones populares incluyen Weibo, similar a X/Twitter, usada para noticias, debates y comunicación con celebridades, y Douyin, la versión china de TikTok centrada en videos cortos de gran consumo local. Debido a estas restricciones, el uso de VPNs es habitual incluso entre los locales para acceder a información externa.
Movilidad eléctrica y sostenible
Un aspecto llamativo es la movilidad eléctrica (VE) y sostenible. Basta con mirar las calles para notar su impacto en la transformación tecnológica y ambiental. China concentra más de la mitad de los vehículos eléctricos vendidos en el mundo, con marcas locales como BYD, NIO y XPeng, destacadas por eficiencia, conectividad y autonomía. Ciudades como Shenzhen y Hangzhou implementan flotas de buses y scooters eléctricos, integrando transporte público y compartido con soluciones limpias y accesibles. Los vehículos de dos ruedas también han ganado popularidad por su innovación, eficiencia energética y bajo precio. China es actualmente el mayor productor y consumidor de motocicletas y scooters eléctricos. Estos conviven con bicicletas compartidas, un sistema económico y práctico que permite alquilar bicicletas por minutos a través de aplicaciones móviles, sin necesidad de estaciones fijas. Equipadas con GPS y códigos QR, se localizan y desbloquea fácilmente; 30 minutos cuestan 1,5 yuanes (0,21 USD).
Tren Bala
Imagina atravesar Uruguay desde Bella Unión en Artigas hasta Punta del Este en Maldonado en menos de dos horas. Esto sería posible con un tren bala o de alta velocidad, que alcanza 340 km/h. En China, recorrer 1.100 km entre Beijing y Suzhou lleva aproximadamente cinco horas, ahorrando alrededor de nueve horas respecto a trenes tradicionales. Los precios varían entre 75 y 311 dólares, según la clase del asiento.
Mientras tanto, el metro en Beijing es uno de los sistemas de transporte más extensos y avanzados del mundo. Más de 780 km de vías y 26 líneas, conecta el centro con los suburbios, aeropuertos y puntos turísticos. Los trenes son limpios, modernos y cuentan con aire acondicionado, mientras que las estaciones ofrecen información en mandarín e inglés. El sistema de pago digital incluye la tarjeta Yikatong y aplicaciones móviles como WeChat Pay y Alipay, facilitando la movilidad. El costo de un viaje varía según la distancia, entre 3 y 9 yuanes (aproximadamente 0,42–1,26 USD), convirtiéndolo en un transporte económico, eficiente y sostenible.
Tecnología
China no es solo tradición milenaria o rascacielos: también es un laboratorio del futuro. Ciudades como Suzhou y Shenzhen concentran polos de innovación tecnológica en inteligencia artificial, biotecnología y energías renovables. Se desarrollan “ciudades inteligentes” con cámaras de reconocimiento facial, big data y gestión del tránsito en tiempo real. Para Uruguay y América Latina, observar este desarrollo de cerca tiene un valor estratégico. China es el principal socio comercial de Uruguay: importa carne, soja y lácteos, y ofrece un mercado cada vez más exigente en estándares de calidad. Puertos chinos mantienen rutas directas con Sudamérica, como el de Taicang, que conecta con Brasil y Perú. Además, Beijing impulsa foros y encuentros, como el reciente en Wuxi, para reforzar lazos culturales y políticos.
Desde esta perspectiva, vivir en China significa también pensarse como latinoamericano en diálogo con un mundo distinto, donde la escala y la velocidad son otras. Un mes apenas alcanza para rozar la superficie, pero permite comprender que el país combina disciplina social, ambición tecnológica y respeto por su historia.
Caminar por las calles de una ciudad china es recorrer capas de tiempo: un anciano practicando taichí, jóvenes inmersos en el universo digital, familias en mercados tradicionales, templos milenarios junto a tiendas Apple, o personas pasando en un Tesla o un Lamborghini. Esa mezcla hace de China un espacio para todos, fascinante y desafiante de contar.
Por ello, más allá de adaptarse a la inmensidad, uno de los principales desafíos es encontrar las palabras adecuadas para transmitir la magnitud del país, sin caer en clichés y hallando puentes con la realidad de América Latina. Porque, al final, las distancias entre China y nuestro continente son cada vez más cortas.




