No hubo consignas partidarias ni discursos grandilocuentes: hubo un diagnóstico crudo, directo y profundamente político en el sentido más noble del término. Mientras el calendario marca Navidad, en las villas y barrios populares persisten carencias estructurales que ningún gobierno logra —o quiere— resolver.
Según el mensaje difundido a la comunidad, los sacerdotes denunciaron que “en esta Navidad, en nuestras villas y barrios populares siguen faltando cloacas y verdadera integración socio urbana”. No se trata de una postal excepcional ni de una emergencia transitoria: es una deuda histórica que atraviesa gestiones, discursos y promesas incumplidas. La ausencia de infraestructura básica no es solo un problema técnico, sino una forma persistente de exclusión social.
La crítica se volvió aún más contundente cuando los curas villeros expresaron su alarma frente a ciertos discursos públicos que reaparecieron con inquietante liviandad. “Escandalosamente, volvimos a escuchar la palabra ‘erradicación’ y ‘dinamitar’ las villas”, señalaron, calificando esas expresiones como una “instigación a la violencia absolutamente inadmisible”. No es una exageración: hablar de erradicar personas, de borrar territorios donde viven miles de familias, no es una metáfora desafortunada, es una concepción ideológica que deshumaniza a los pobres y los convierte en un estorbo a eliminar.
El mensaje también puso el foco en una Navidad marcada por el hambre. “En muchas familias de nuestros barrios va a faltar pan, es decir una mesa digna, juguetes y pan dulce”, advirtieron. La frase golpea por su sencillez: no habla de lujos ni excesos, sino de lo mínimo. En un país que produce alimentos para millones, la falta de pan en la mesa es un fracaso colectivo que no puede relativizarse con estadísticas macroeconómicas.
A la precariedad alimentaria se suma la falta de acceso al agua. Los sacerdotes denunciaron que “en muchas calles y pasillos de nuestras villas falta agua potable y no potable, y las obras pluviales correspondientes”. En pleno siglo XXI, discutir el acceso al agua sigue siendo una marca de desigualdad brutal. No hay integración posible cuando derechos elementales dependen de la autogestión vecinal o de conexiones precarias.
La situación sanitaria tampoco escapa a este panorama. “En esta Navidad, la atención de salud sigue siendo insuficiente en nuestros barrios”, señalaron, denunciando la falta de recursos en los centros de salud, la escasez de medicamentos y la ausencia de psicólogos y otros profesionales. La salud, una vez más, aparece como un privilegio y no como un derecho garantizado.
El trabajo digno completa este cuadro de exclusión. Los curas villeros lamentaron que “muchas familias no tienen trabajo digno”, y advirtieron sobre la expansión del empleo precario y de emprendimientos sin horizonte real. La cultura del rebusque, celebrada muchas veces desde la comodidad, es en realidad el síntoma de un Estado ausente y de un mercado que excluye.
Sin embargo, el mensaje no se quedó solo en la denuncia. Los sacerdotes rescataron la fuerza organizativa de los propios vecinos, a quienes definieron como “los primeros urbanizadores de nuestros barrios”. Son ellos quienes transformaron basurales y zonas abandonadas en barrios vivos, quienes “multiplican los panes” en comedores, instalan el agua y la luz, y se organizan frente a los problemas de salud y trabajo. La solidaridad popular aparece así como la contracara de la desidia estructural.
Apelando a la esperanza cristiana en la antesala de la Navidad, los curas villeros recordaron que “en nuestros barrios, en medio de la pobreza y las puertas que se cierran, Jesús sigue encontrando un lugar para nacer”. No es una frase piadosa: es una interpelación directa a una sociedad que naturaliza la exclusión. Y cerraron con una plegaria que, más que religiosa, es profundamente política: que la Virgen de Luján interceda para que todos tengan vivienda digna, pan, agua, salud y trabajo.
El mensaje incomoda porque dice lo que muchos callan. Y justamente por eso merece ser escuchado.

