Netanyahu, Uruguay y la responsabilidad de un Estado serio

Orsi sostuvo que hablar sobre una situación que no existe “está de más” y que nunca se planteó que Netanyahu viajará a Uruguay.

Pero el problema de fondo no es determinar si Netanyahu vendrá o no. La verdadera cuestión es qué haría Uruguay si un dirigente extranjero sobre quien pesa una orden de arresto de la Corte Penal Internacional ingresara al territorio nacional.

Eso no es una fantasía. Es una cuestión de Estado.

Uruguay ha construido durante décadas una reputación internacional vinculada al respeto del derecho internacional, el multilateralismo y las instituciones. Por eso no alcanza con afirmar que el escenario es “impensable” porque no existe una invitación oficial.

La política exterior de un país serio debe estar preparada también para los escenarios que no están previstos en la agenda.Las declaraciones de la subsecretaría Valeria Csukasi abrieron un profundo malestar interno.

¿Qué ocurriría si Netanyahu decidiera viajar? ¿Qué posición adoptaría la Cancillería? ¿Qué haría el Ministerio del Interior? ¿Cuál sería la interpretación jurídica del Estado? ¿Cómo se aplicaría el compromiso de Uruguay con los organismos internacionales?

Son preguntas que el Gobierno debería poder responder, aunque nunca lleguen a convertirse en hechos.La discusión tampoco debería transformarse en una toma de posición automática a favor o en contra de Israel, Palestina o Netanyahu. Una cosa son las relaciones diplomáticas y otra las obligaciones jurídicas internacionales. Uruguay debe mantener relaciones con los Estados, pero también debe sostener una política exterior coherente con los principios que históricamente ha defendido.

Aquí aparece una cuestión central: el derecho internacional no puede ser defendido únicamente cuando sus decisiones resultan políticamente cómodas.

Si Uruguay reconoce la importancia del sistema multilateral, también debe asumir que ese sistema puede producir decisiones incómodas. Y si considera que una resolución internacional es equivocada, tiene todo el derecho de expresarlo y fundamentarlo. Lo que no parece razonable es evitar el debate porque el escenario todavía no ocurrió.

Además, cualquier posición presidencial sobre Medio Oriente debe considerar la sensibilidad de la sociedad uruguaya. Nuestro país tiene una comunidad judía histórica y una comunidad de origen árabe y palestino, mientras la guerra en Medio Oriente genera una enorme repercusión internacional. Cada palabra presidencial tiene consecuencias diplomáticas y políticas.

Por eso la prudencia no puede confundirse con indiferencia. La prudencia debe significar preparación, precisión y coherencia.Estos conceptos  deben ser estudiada, respaldada jurídicamente y definida por las instituciones correspondientes.

Porque un país serio no construye su política exterior sobre aquello que considera “impensable”. La construye sobre principios, previsión y coherencia.

Y Uruguay tiene una tradición internacional demasiado importante como para ponerla en juego cuando aparecen los dilemas difíciles.

 

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