La pregunta empieza a instalarse también en Uruguay, en las redacciones, en la sobremesa, en las pantallas que repiten imágenes cada vez más difíciles de procesar. No siempre se formula con precisión, pero late. Porque lo que vemos no es solo conflicto: es la eliminación sistemática de estructuras políticas de Estados soberanos, no como efecto colateral sino como método. Y frente a eso, desde este rincón del sur, la sensación de distancia convive con una inquietud más profunda: ¿qué lugar ocupamos cuando el lenguaje empieza a vaciarse?
Uruguay no es un actor militar ni una potencia global. Su peso está en otro lado: en una tradición diplomática que históricamente apostó al derecho internacional, al multilateralismo y a la defensa de principios. Desde Naciones Unidas hasta la propia arquitectura jurídica regional, el país ha construido su voz en torno a la idea de que las reglas importan, incluso —o sobre todo— cuando los poderosos las tensan.
Por eso, cuando desde Europa figuras como Kaja Kallas sintetizan una posición en frases como “esta no es nuestra guerra”, el eco llega también a Montevideo. No por alineamiento automático, sino porque revela algo más profundo: una renuncia a nombrar. Y ahí es donde el problema deja de ser geopolítico y pasa a ser cultural y político.
En ese vacío, gestos como los de Pedro Sánchez adquieren una visibilidad inesperada. No por cambiar el curso de los hechos, sino por algo más básico: llamar a las cosas por su nombre. Puede parecer menor, pero no lo es. Como advierte Pierre Rosanvallon, cuando se rompe la relación entre la realidad y el lenguaje del poder, lo que se deteriora no es solo el discurso: es la capacidad misma de imaginar respuestas.
Uruguay conoce, por experiencia propia, el peso de esas palabras. Sabe lo que implica que ciertas categorías desaparezcan del espacio público, que lo indecible se vuelva normal o que lo evidente deje de nombrarse. En ese sentido, la discusión no es si el país puede incidir directamente en conflictos globales. Evidentemente, no. La cuestión es otra: si puede —y debe— sostener un lenguaje que no abdique.
Porque cuando términos como “crimen de guerra” se diluyen en eufemismos, no es solo una cuestión semántica. Es una forma de desarmar el futuro. La justicia internacional, esa que Uruguay ha defendido en foros y tratados, necesita de un suelo previo: el de nombrar correctamente. Sin eso, no hay memoria posible ni responsabilidad exigible.
Se dirá que es ingenuo, que desde un país pequeño poco puede hacerse más allá de declaraciones. Pero ahí hay una confusión. No se trata de detener a ninguna potencia ni de alterar equilibrios globales. Se trata de no ceder en algo más elemental: la claridad. Porque cuando quienes pueden nombrar eligen no hacerlo, contribuyen también a la erosión de las normas que dicen sostener.
El historiador Christopher Clark describió a los líderes de la Primera Guerra Mundial como sonámbulos: avanzaban sin ver. Hoy no parece ser el caso. Hay cálculo, hay información, hay intereses definidos. También en Uruguay se entiende que el mundo se mueve por esas lógicas. Pero eso no exime de una responsabilidad mínima: no confundir lucidez con silencio.
Entonces, la pregunta inicial vuelve, pero ya no es la misma. ¿No podemos hacer nada? Tal vez no en el terreno de la fuerza. Pero sí en algo que no es menor: sostener el lenguaje, evitar la naturalización, llamar a las cosas por su nombre. Porque incluso desde la periferia, hay una forma de intervenir que no depende del poder militar ni económico, sino de la coherencia. Y en tiempos donde tanto se diluye, eso también es una forma de acción.


Si, vamos a llamar las cosas por su nombre. Pero en TODO. y para TODOS.
«Nombrar cuando el mundo calla».
En verdad el mundo no calla, quienes callan y pretenden silenciar al mundo son los medios de difusión global, las grandes cadenas internacionales de noticias, los periódicos de distribución mundial, dominados por inescrupulosos individuos o sociedades que trabajan siempre en contra de los intereses populares y en favor de las grandes multinacionales que los financian.
Es la asociación de la mentira con la corrupción.
De lo contrario veríamos condenar a los cuatro vientos, sin temor alguno y escrito en grandes titulares que esa entidad artificial que llaman «Israel» es un ente genocida instalado en Palestina, el «estado N° 51 de la unión estadounidense», es un simple estado de ultramar, el cual sin la financiación del resto pues no existiría.
También habría que decir fuerte y sin pelos en la lengua que los ee.uu. no son una democracia, pues los «ciudadanos» no votan por un presidente, sino por un individuo –de un grupo de sólo 358– que les dice a quién va a votar. Ese conjunto de estados no es sino una dictadura elitista que gobierna sólo para malgastar el dinero de sus contribuyentes en su red mundial de bases militares y su aparato intervencionista que mete la nariz en casi todos los países del mundo y con el solo fin de lucrar y dominar. También habría que decir en grandes titulares que la federación de estados tiene al frente un omnipotente enfermo mental que no respeta nada ni nadie, que no consulta su parlamento, que roba lo que quiere de cualquier parte del mundo e insulta a otros presidentes, primer ministros europeos y reyezuelos y príncipes árabes, y sin que «pase nada», pues son simplemente sus alcahuetes, explotados alcahuetes.
Si fuésemos a decir las verdades que la «mainstream media» como llaman a esos instrumentos de difusión corruptos no dicen, también habría que agregar que la Unión Europea está bajo la autoridad de un club de mafiosos no electos –Ursula von der Leyen, Kaja Kallas, etc– que imponen su voluntad de corte fascista inclusive en contra de lo que se discute en el Parlamento Europeo, cuyos miembros sí son electos por voto popular. Y habría que agregar que el proyecto primario de «Comunidad Económica Europea» que beneficiaba a los miembros se transformó en un monstruo político que hasta va en contra de los intereses económicos de algunos de sus países miembros, con retenciones económicas y chantaje político, y favoreciendo intereses externos y ajenos a la Unión misma. Las cosas que hay que decir y a quién hay que nombrar siguen, como que la vicepresidenta «en ejercicio» de Venezuela no es más que una traidora a su pueblo y una cómplice en el robo de los 20 millones de barriles de petróleo «exportados» por el ogro naranja gratuitamente y «para empezar», y que al haber un secuestro de quien estaba al frente (entregado, es la única explicación) tendría que haber llamado a elecciones inmediatamente y no lo hizo, confraternizando con los violadores de su territorio y soberanía. Maduro, sí, un caso de política interna del país, cuyo proceso de derrocarlo o no, de juzgarlo o no, de encarcelarlo o no es materia exclusiva de la decisión de los habitantes de Venezuela y nadie más.
Y saltando al otro lado del planeta habría que decir que en Syria, luego del derrocamiento de Bashar Al Assad habría también que haber formado un colegiado de opositores a su régimen que organizaran un proceso electoral supervisado por las Naciones Unidas y no tener un Al Qaida cheftain financiado por Trump como «presidente», ¿pero quién lo votó? porque los presidentes salen de elecciones libres. Este es sólo un individuo gobernando de facto con el apoyo de quienes han pagado su sueldo de terrorista y pagan hoy su sueldo de «presidente».
Y si damos otro salto y observamos a nuestros hermanastros de la otra orilla del Plata, vemos también a un energúmeno exhibicionista con «amistades peligrosas» para los ciudadanos y sus mínimos intereses.
Y quién se atreve a pedir una evaluación mental de este mequetrefe ordinario que junto con Trump, Starmer, Merz, Zelensky, son pura «carne de psiquiatra», de lo contrario, si fuesen personas normales, sus acciones no hubiesen provocado o iniciado acciones bélicas cuyas únicas víctimas son los inocentes ciudadanos –los cuales nada tienen que ver con esas acciones, sino que están en contra de ellas. Todos los pueblos se están uniendo en acciones que van encaminadas hacia un cambio, lo que sucede es que no están en las «noticias» filtradas que nos dan para consumir. Pero tenemos al alcance mucha otra información en el internet, sucede que la mayoría está en inglés (el cual aquí tendría que ser obligarorio en primaria) y nuestra gente latinoamericana en general, en su mayoría no conoce ese idioma, hoy ya internacional.
Y la lista es interminable, ya nadie critica abiertamente a un rey «emérito» español, el cual ya no puede ir a cazar elefantes debido a su edad, pero para satisfacer su sed de sangre inocente ahora se le ve en las barbáricas «corridas de toros», triste e increíblemente todavía vigentes en un país de la Unión Europea, parte del supuesto (e imaginario) «primer mundo».
Sí, la lista es interminable y horrífica, y lo más triste y lamentable es que nadie habla ni menciona esas cosas «por su nombre» en los medios que se ponen al alcance popular y que dicen ofrecer «información»…