El nuevo cine latinoamericano, movimiento artístico contra la corriente cinematográfica hegemónica de la segunda mitad del siglo pasado, surgió como un torrente creativo. La América convulsa de los años 50, marcada por revoluciones, dictaduras y una ferviente búsqueda de la justicia social, vio nacer un género que buscaba contar historias propias.
El rechazo a los modelos síndromes de colonización cultural, la influencia de los procesos políticos y la búsqueda de una estética auténtica fueron los catalizadores para que un grupo de cineastas se articularan y, con su propio acento, hicieran algo diferente. También apodado el «Tercer Cine», en oposición a los llamados «Pimer Cine» (Hollywood) y el «Segundo Cine» (cine de autor europeo), resaltó la labor de autores como los argentinos Fernando Solanas y Octavio Getino, los brasileños Glauber Rocha, Nelson Pereira dos Santos y Ruy Guerra y los cubanos Tomás Gutiérrez Alea y Humberto Solas.
El sueño unitario del Nuevo Cine Latinoamericano se vio brutalmente interrumpido por la ola de dictaduras militares que barrieron el Cono Sur en las décadas de 1970 y 1980. La censura, la persecución, el exilio y la desaparición de artistas fracturaron el movimiento. Muchos cineastas tuvieron que filmar desde el extranjero o guardar silencio. La industria se resintió y el foco de la lucha pasó de la creación a la supervivencia.
En Cuba, tras el triunfo de su proceso revolucionario, el gobierno entrante otorgó al cine un papel fundamental dentro del desarrollo de la cultura. La fundación de instituciones como el Instituto Cubano del Arte y la Industria Cinematográfica ICAIC, la Escuela Internacional de Cine y Televisión EICTV y la Fundación de Nuevo Cine Latinoamericano fueron decisiones medulares que otorgaron refugio a las ideas de varios artistas latinos.
De aquella época de luces y sombras, traigo a colación la película cubana, recientemente restaurada, «La Muerte de un burócrata» (1966). Pocas producciones, como ella, logran encapsular el espíritu de una época con la agudeza, el humor y la audacia de Tomás Gutiérrez Alea (Titón). Esta obra no es solo un clásico fundamental de la cinematografía insular; es una sátira tan brillante y mordaz que, a pesar de estar profundamente arraigada en el contexto de la Cuba revolucionaria de los años 60, su crítica conserva una vigencia escalofriante y universal.
Un obrero ejemplar muere y es enterrado con su carnet de trabajo, la llave indispensable para que su viuda pueda acceder a su pensión. Para recuperar el cuerpo y obtener el documento, su afligido sobrino se embarca en una odisea burocrática surrealista. Se enfrenta a un laberinto de oficinas, funcionarios impasibles, sellos, formularios y regulaciones contradictorias que se multiplican exponencialmente, transformando un trámite aparentemente simple en una pesadilla cómica e inescapable.
Lo más revolucionario de La muerte de un burócrata no es su tema, sino su origen. Esta no es una crítica hecha desde la oposición externa, sino desde el corazón mismo de la Revolución que, en teoría, buscaba erradicar los vicios del pasado. Gutiérrez Alea, un intelectual comprometido con el proceso revolucionario, ejerció lo que él mismo llamaría más tarde (en su ensayo Dialéctica del espectador) la función de un «cine con mayúscula»: un cine que no evade los conflictos, sino que los afronta para provocar la reflexión y el crecimiento de la sociedad.
Si el Nuevo Cine Latinoamericano, en su surgimiento, hablaba de lastres sociales de la época, revoluciones campesinas y lucha armada, el cine actual aborda las problemáticas del siglo XXI: la migración, la violencia del narcotráfico, la desigualdad urbana y la identidad de género. El Nuevo Cine Latinoamericano fue el parto fundacional de una cinematografía consciente de su poder y su responsabilidad. Su lucha por la descolonización de la pantalla es un legado que hoy inspira a nuevas generaciones a seguir filmando con una cámara en la mano y una idea, siempre vigente, en la cabeza.



