La letra que Teresa Parodi convirtió en una de las más sensibles del cancionero popular encuentra aquí una traducción silenciosa en volumen, peso y gesto.

Pedro Canoero ya es escultura

José Quevedo aportó a la obra una dimensión narrativa y simbólica que refuerza ese diálogo entre música y forma.

Pedro Canoero

En la playa de San Bernardino, frente al lago Ypacaraí, una figura de hierro comenzó a existir antes de ser anunciada. No hubo acto oficial ni convocatoria. Fue el viento —en una de esas tardes imprevisibles del verano— el que corrió una carpa y reveló lo que durante meses había permanecido en silencio: *Pedro Canoero*, una escultura monumental creada por el artista Hugo Escobar, en colaboración con José Quevedo, e inspirada en la música y el universo íntimo de la cantautora argentina Teresa Parodi.

El descubrimiento fue fortuito, pero su impacto no lo fue. Bastaron unos segundos de video compartidos en redes sociales para que la obra comenzará a circular con velocidad viral. La imagen del canoero de hierro, recortado contra el agua mansa del lago, generó una inmediata fascinación colectiva. Allí estaba, firme sobre la arena, como si hubiera formado parte del paisaje desde siempre, como si el lago mismo lo hubiera convocado.

La escultura llevó cerca de cuatro meses de trabajo. Hugo Escobar, reconocido por su dominio del hierro y su capacidad de dotarlo de humanidad, se detuvo con una precisión casi obsesiva en cada detalle. Las manos, fuertes y serenas, dejan ver la tensión de los músculos y hasta la sugerencia de las venas. Los pliegues de la camisa no son decorativos: hablan de movimiento, de viento, de un cuerpo que ha vivido a la intemperie.

En Pedro Canoero, la canción no se cita: se encarna. La letra que Teresa Parodi convirtió en una de las más sensibles del cancionero popular encuentra aquí una traducción silenciosa en volumen, peso y gesto. El canoero no está detenido; parece a punto de empujar el agua, de avanzar. Su postura transmite una mezcla de esfuerzo y calma, de lucha y pertenencia.

José Quevedo aportó a la obra una dimensión narrativa y simbólica que refuerza ese diálogo entre música y forma. No se trata solo de una figura humana, sino de un personaje que habita el imaginario del litoral, de los ríos, de quienes viven entre el agua y la memoria. Pedro es al mismo tiempo un individuo y un arquetipo: el trabajador humilde, el navegante, el hombre que resiste el paso del tiempo.

El emplazamiento en San Bernardino no es casual. El lago Ypacaraí, cargado de historia y poesía, se convierte en un escenario vivo para la obra. La escultura cambia con la luz del día, con las tormentas, con el reflejo del cielo en el agua. De mañana es casi una silueta; al atardecer, una presencia dorada; de noche, una sombra que vigila el horizonte.

La forma en que fue revelada —sin discursos ni cintas, solo por el azar del viento— terminó de sellar su destino. Pedro Canoero no llegó como monumento, sino como aparición. Y quizás por eso mismo fue adoptado con tanta naturalidad por la gente. No es una pieza impuesta: es una presencia descubierta.

Así, entre hierro, música y paisaje, la obra de Escobar y Quevedo se convirtió en algo más que una escultura. Es una conversación silenciosa entre el arte y la memoria, entre el lago y quienes lo miran. Un canoero que, sin moverse, sigue navegando.

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