A pocos meses de la retirada de las últimas tropas brasileñas que ocuparon Asunción y transformaron el inconcluso Palacio de López en una humillante caballeriza tras la muerte del Mariscal López en 1870, un Estado frágil tomó una decisión audaz: reconstruir el Paraguay a partir de la educación. Así, el 4 de enero de 1877 nació el Colegio Nacional de la Capital.
El país era entonces un inmenso camposanto. La Guerra de la Triple Alianza había aniquilado a cerca del 85% de la población y devastado toda su estructura social. Aun así, la apuesta fue clara y radical: formar una nueva generación capaz de levantar una república desde las ruinas. No había docentes suficientes ni cuadros formados, por lo que el gobierno recurrió a una búsqueda internacional y contrató a un educador mexicano, de apellido Escudero, como primer director. Su salario fue el segundo más alto del país, apenas por debajo del del presidente, como señal inequívoca de que la educación sería prioridad nacional.

El Colegio Nacional de la Capital se convirtió en la semilla de la nueva República. De sus aulas surgirían los cuadros que permitirían, años más tarde, la creación de la Universidad Nacional de Asunción en 1889. Paraguay fue el último país de América en fundar una universidad pública, pero su base se había comenzado a construir en ese colegio.
A punto de cumplir 150 años, el CNC simboliza el renacer de un país vencido y humillado. Por sus aulas pasaron generaciones de estudiantes de todas las regiones, trayendo consigo realidades marcadas por la pobreza, la desigualdad y la injusticia social. Ingresar era un privilegio: se exigía un promedio cercano a la excelencia y ni siquiera durante la dictadura de Stroessner se aceptan recomendaciones políticas para facilitar el ingreso.
Su cuerpo docente estaba integrado por profesores provenientes del ámbito universitario, y la formación recibida permitía acceder con solvencia a las carreras más exigentes. Nadie dudaba de que desde allí se podía llegar a las más altas cumbres del conocimiento.
El colegio fue también un espacio intensamente politizado. Bajo la dictadura, el centro de estudiantes —nombrado en memoria de jóvenes asesinados frente al Palacio de Gobierno— fue un foco de debate, resistencia cívica y formación democrática. En sus aulas se hablaba de derechos, se leía vorazmente y se soñaba con un país distinto. La apertura de su biblioteca moderna en 1975 marcó a una generación entera, que descubrió allí a los grandes clásicos de la literatura universal.
Hoy, el Colegio Nacional de la Capital atraviesa una intervención del Ministerio de Educación mientras se realizan obras de recuperación edilicia. Es una oportunidad histórica para devolverle su sentido original: una institución de excelencia, vinculada nuevamente a la Universidad Nacional, con una currícula moderna y alejada de la mediocridad y el partidismo.
Egresado de la promoción del centenario en 1977, escribo con la convicción de que, rumbo a sus 150 años, el CNC debe volver a ser el orgulloso portaestandarte del renacer educativo del Paraguay.

