Por la motosierra, el cuatrimestre no arranca

El Congreso intentó intervenir en el conflicto mediante la sanción de una Ley de Financiamiento Universitario destinada a garantizar recursos para el funcionamiento del sistema y mejorar los salarios del personal.

El conflicto entre el Gobierno nacional y el sistema universitario argentino escaló a un nuevo nivel. Docentes, investigadores y trabajadores no docentes de las universidades públicas decidieron iniciar el año académico con una semana de paro en todo el país y con un plan de lucha que podría extenderse durante todo el cuatrimestre. La decisión, impulsada por la Federación Nacional de Docentes Universitarios (Conadu) y acompañada por otros gremios del sector, responde a lo que consideran una situación insostenible: salarios deteriorados, presupuestos insuficientes y el incumplimiento por parte del Poder Ejecutivo de la Ley de Financiamiento Universitario aprobada por el Congreso.

El conflicto tiene su origen en una disputa presupuestaria que expone la distancia entre lo que las universidades consideran necesario para funcionar y lo que el Gobierno está dispuesto a otorgar. Los rectores de las universidades nacionales estimaron que se requieren alrededor de 7,2 billones de pesos para garantizar el funcionamiento del sistema universitario. Sin embargo, el proyecto presupuestario presentado por el Ejecutivo apenas contempla 4,8 billones, una cifra que para la comunidad académica resulta claramente insuficiente.

A esto se suma un reclamo central: la recomposición salarial. Según la ley vigente —aprobada en dos oportunidades por el Congreso— los salarios del personal universitario deberían incrementarse en más de un 50 por ciento para compensar la pérdida provocada por la inflación. El Gobierno, en cambio, impulsa una modificación de esa norma que solo otorgaría un aumento cercano al 12 por ciento, distribuido en tres cuotas. Para docentes y trabajadores universitarios, esta propuesta no solo resulta insuficiente sino que además ignora el deterioro acumulado durante el año anterior.

Las consecuencias ya son visibles. Las clases no comenzaron en numerosas universidades del país y las aulas permanecen vacías. El paro inicial de una semana marca el comienzo de un plan de medidas progresivas que podría incluir nuevas huelgas, movilizaciones y una nueva marcha federal universitaria prevista para el 23 de abril. En el ámbito académico, algunos advierten que el sistema atraviesa uno de los momentos más críticos desde el retorno de la democracia.

El conflicto también refleja un enfrentamiento político de fondo. Desde la asunción del presidente Javier Milei, el Gobierno ha cuestionado con dureza a las universidades públicas, a las que acusa de ser estructuras burocráticas y politizadas. En respuesta, la comunidad universitaria ha protagonizado grandes movilizaciones en defensa de la educación pública, algunas de las más multitudinarias desde el inicio de la actual gestión.

El Congreso intentó intervenir en el conflicto mediante la sanción de una Ley de Financiamiento Universitario destinada a garantizar recursos para el funcionamiento del sistema y mejorar los salarios del personal. Sin embargo, el presidente vetó esa ley en dos ocasiones. El segundo veto fue finalmente rechazado por el Parlamento, lo que dejó la norma vigente. A pesar de ello, el Ejecutivo continúa sin aplicarla plenamente, lo que llevó a las universidades a recurrir a la Justicia.

En ese marco, un fallo judicial dictó una medida cautelar que obliga al Gobierno a cumplir con los incrementos previstos. El Ejecutivo apeló la decisión, lo que dejó la situación en un limbo jurídico mientras se espera una resolución definitiva. Paralelamente, el oficialismo busca impulsar en el Congreso una modificación de la ley para reducir el impacto de las obligaciones salariales establecidas por la norma vigente.

Las autoridades universitarias advierten que el panorama es preocupante. Beatriz Gentile, rectora de la Universidad Nacional del Comahue, sostuvo que el problema no se limita al incumplimiento de la ley actual, sino que se agrava ante la posibilidad de que el Congreso apruebe una modificación que recorte aún más los recursos.

Según Gentile, el Gobierno ha demostrado una actitud selectiva frente a las leyes: cumple aquellas que coinciden con su orientación política y busca modificar o suspender las que considera inconvenientes. Esta práctica, afirma, debilita el papel del Poder Legislativo como órgano representativo de la voluntad popular.

Desde la Universidad de Buenos Aires, el decano de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales, Guillermo Durán, explicó que el Consejo Superior de la UBA aprobó por unanimidad una resolución que exige la inmediata implementación de la Ley de Financiamiento. Además, anticipó que las medidas de fuerza podrían intensificarse si la situación no se resuelve en el corto plazo.

Los números reflejan la gravedad del problema. Se estima que alrededor del 10 por ciento de los docentes universitarios ya ha abandonado sus cargos debido al deterioro salarial. Muchos profesores trabajan con dedicación simple y perciben ingresos que rondan los 250 mil pesos mensuales, una cifra que apenas cubre gastos básicos.

Para Clara Chevalier, secretaria general de Conadu, la situación salarial de la docencia universitaria es “inédita en su gravedad”. Según explicó, los trabajadores del sector han perdido más del 50 por ciento de su poder adquisitivo en los últimos meses. Por esta razón, el paro nacional constituye el inicio de un plan de lucha que se irá profundizando si no se garantiza el cumplimiento efectivo de la ley vigente.

Las medidas previstas incluyen nuevas semanas de paro a fines de marzo y de abril, además de la mencionada marcha federal universitaria. La comunidad académica espera que estas acciones logren visibilizar el conflicto y presionar al Gobierno para que modifique su posición.

Más allá del conflicto salarial, muchos analistas señalan que el debate revela un choque entre dos modelos de país. Para algunos sectores del Gobierno, el desarrollo económico debería concentrarse en la explotación de recursos naturales como el petróleo, el litio o el agro. En esa lógica, la investigación científica y el sistema universitario ocuparían un lugar secundario.

Desde el ámbito académico, sin embargo, advierten que un país que abandona la inversión en ciencia, tecnología y educación superior compromete su propio desarrollo a largo plazo. La universidad pública ha sido históricamente uno de los motores de movilidad social y de producción de conocimiento en Argentina.

En este contexto, el interrogante que recorre a toda la comunidad universitaria es profundo: ¿qué lugar ocuparán la educación, la ciencia y el pensamiento crítico en el modelo de país que se está construyendo?

Mientras tanto, el conflicto continúa abierto. Las aulas vacías y las movilizaciones anuncian que la disputa por el futuro de las universidades públicas seguirá ocupando un lugar central en la agenda política y social del país.

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