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Salud en disputa: convenios bajo sospecha y el caso CASMU reavivan el debate sobre equidad en el sistema

Investigaciones sobre acuerdos con ASSE, asistencia financiera estatal y una crisis institucional profunda colocan a CASMU en el centro de cuestionamientos sobre posibles desequilibrios frente al resto de las mutualistas.

En un sistema de salud que históricamente ha buscado equilibrar lo público y lo privado, el vínculo entre el CASMU y la Administración de los Servicios de Salud del Estado (ASSE) vuelve a encender alarmas. No se trata únicamente de la existencia de convenios —habituales dentro del modelo de complementación sanitaria— sino de las condiciones en las que estos se habrían desarrollado y sus eventuales implicancias en la competencia entre prestadores.

El punto de inflexión se da a partir de las recientes decisiones de ASSE de promover acciones judiciales por presuntas irregularidades en la gestión anterior. Entre los elementos bajo análisis aparecen convenios con instituciones privadas, entre ellas el CASMU y Círculo Católico , vinculados a servicios críticos como cuidados intensivos e intermedios. La sospecha no es menor: se cuestionan procedimientos, costos y mecanismos de contratación que podrían haber desvirtuado las reglas del sistema dicen desde ASSE actualmente.

Este escenario instala una pregunta incómoda: ¿hubo y hay  un trato diferencial hacia el CASMU en detrimento de otras mutualistas?

Desde el plano formal, la respuesta es negativa pero en la lógica de oportunidades es positiva. El esquema de complementación entre ASSE y prestadores privados no es exclusivo, y ha sido utilizado como herramienta para optimizar recursos y ampliar cobertura. Sin embargo, el problema no radica en la existencia de estos acuerdos, sino en su eventual opacidad. Cuando los criterios de asignación, los montos o las condiciones no son claros, el terreno se vuelve fértil para sospechas de discrecionalidad.

A esto se suma un factor clave: la situación financiera crítica del CASMU. Con un déficit millonario, endeudamiento elevado y bajo intervención estatal desde 2024, la institución ha dependido en gran medida de mecanismos de respaldo público, incluyendo fideicomisos y garantías. En este contexto, los convenios con ASSE adquieren otra dimensión: dejan de ser simples instrumentos de gestión para convertirse en piezas centrales de supervivencia institucional.

Es allí donde el resto del sistema observa con atención —y en algunos casos, con preocupación—. Otras mutualistas, que operan bajo las mismas reglas pero sin igual nivel de asistencia o visibilidad en acuerdos con el Estado, pueden interpretar esta situación como una distorsión competitiva. No necesariamente por la existencia de ayuda, sino por la falta de transparencia en su otorgamiento.

La figura de Domingo Beltramelli, actual presidente del CASMU, aparece en una etapa posterior a los hechos cuestionados, pero también recordar que estuvo en la oposición en el primer gobierno del Dr. Rodríguez en medio de aquel proceso de reestructura y crisis heredada por aquella administración. Sin embargo, su gestión queda inevitablemente atravesada por un escenario donde la institución que conduce es protagonista de un debate mayor: el de los límites entre apoyo estatal legítimo y eventual privilegio.

A su vez como representante de un sector de los médicos que dirigen CASMU pero que no trabajan actualmente en CASMU permite otras suspicacias 

El trasfondo es más profundo que un caso puntual. Lo que está en juego es la credibilidad del sistema de salud en su conjunto. Si los mecanismos de cooperación entre lo público y lo privado no están regidos por normas claras, auditables y equitativas, el riesgo no es solo jurídico o político: es estructural.

CASMU viene haciendo una purga al mejor estilo gobierno autoritario entre sus profesionales médicos, no médicos y empresas que desde hace más de una década en algunos casos son prestadores de servicios para CASMU.

Hoy ASSE ha contratado miles de dólares mensuales a CASMU de manera no muy lógica y a su vez han desplazado de forma  directa en la contratación a otras mutualistas.

Hay empresas que han sido violentadas en sus contratos de servicios y fueron desplazadas sin mucho marco jurídico que lo explique.

Hace días, el vicepresidente de ASSE, Daniel Olesker, destacó en la Universidad de la Empresa la solidez del sistema público. Sin embargo, el caso CASMU introduce una contradicción difícil de ignorar.

Con un déficit millonario y bajo intervención estatal, el CASMU depende en parte de mecanismos donde ASSE juega un rol clave. Esto plantea una tensión: ¿se trata de una estrategia para evitar un colapso sistémico de CASMU o de una política preferencial?

Hoy, más allá de las investigaciones sobre gestiones anteriores, lo que genera ruido es el presente. Otras mutualistas observan que, en un contexto de fuerte competencia y restricciones financieras, el CASMU —atravesado por un déficit significativo— mantiene vínculos contractuales relevantes con ASSE, lo que le permite sostener ingresos en un momento crítico.

La incomodidad no radica únicamente en la existencia de estos contratos, sino en las condiciones. Desde el sector se cuestiona si los criterios de asignación, los precios y la continuidad de los acuerdos responden a parámetros estrictamente técnicos o si existe un margen de discrecionalidad.

Para varias instituciones, el problema es de equidad: competir en el mismo sistema bajo reglas que no siempre parecen homogéneas. Mientras algunas mutualistas ajustan costos y servicios sin respaldo adicional, otras acceden a mecanismos que, directa o indirectamente, alivian su situación financiera.

 

En ese marco, el caso CASMU funciona como catalizador de una tensión más amplia. No se trata solo de una institución, sino de la necesidad de garantizar transparencia en los contratos públicos y condiciones de competencia claras.

El desafío para ASSE no es menor. Sostener el equilibrio del sistema sin alimentar percepciones de privilegio es hoy una de las claves para evitar que el malestar sectorial escale y erosione la confianza en el modelo sanitario.

Si bien su caída afectaría a miles de usuarios, el respaldo a una institución privada genera dudas sobre la equidad frente a otras mutualistas. Más aún cuando algunos convenios están bajo investigación.

Así, el discurso de fortaleza convive con una realidad más frágil, donde la transparencia y la igualdad de reglas siguen en debate.

Uruguay enfrenta así un desafío conocido pero aún no resuelto del todo. Cómo sostener un modelo mixto sin que la cercanía al Estado se convierta en una ventaja competitiva desigual. Cómo asistir a instituciones en crisis sin afectar la confianza del resto de los actores. Y, sobre todo, cómo garantizar que cada decisión, cada convenio y cada respaldo financiero resista el escrutinio público.

Porque cuando la salud entra en zona de sospecha, lo que se deteriora no es solo una institución. Es la confianza en todo el sistema.

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