A los 82 años falleció Stephen Robert Anderson, poniendo fin a una de las trayectorias más brillantes y originales de la lingüística contemporánea. Formado en el MIT (PhD 1969) bajo la tutela de Morris Halle y Noam Chomsky en los años dorados de la fonología generativa, Anderson nunca fue un simple seguidor. Desde su tesis doctoral sobre los verbos ingleses ya mostró una independencia intelectual que lo acompañaría toda la vida: cuestionaba dogmas, buscaba datos en lenguas poco estudiadas y rechazaba modas pasajeras.Pocos lingüistas han defendido con tanta claridad que el lenguaje es, ante todo, una ventana a la mente humana. Su libro Doctor Dolittle’s Delusion (2004) es probablemente la refutación más contundente y amena jamás escrita a la idea de que los animales tienen “lenguaje” en el sentido humano estricto.
Trabajó en lenguas tan diversas como el kwak’wala, el georgiano, el islandés antiguo, el surmirano de Rumania y el abjasio, siempre con la misma pregunta de fondo: ¿qué nos dice esta lengua sobre lo que es posible (y lo que es imposible) en una gramática humana?
En Yale, donde llegó en 1994, presidió el Departamento de Lingüística durante 15 años y levantó uno de los programas más sólidos e interdisciplinarios de Estados Unidos. Generaciones de alumnos recuerdan sus seminarios como experiencias transformadoras: exigentes, llenos de humor seco y siempre centrados en los datos.

