El Mercosur — Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay — ve en el tratado una oportunidad histórica para ampliar mercados y consolidar reglas de juego estables con uno de los principales polos económicos del planeta.

Un largo camino y un destino incierto

Allí reside uno de los principales puntos de fricción. Para los países del Mercosur, el acceso ampliado para carne, soja, azúcar y otros bienes agrícolas es clave.

Después de más de dos décadas de negociaciones intermitentes, avances celebrados y retrocesos diplomáticos, el acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea parece estar siempre a punto de concretarse… y al mismo tiempo siempre en suspenso. Es, quizá, el tratado comercial más largo en gestación de la historia contemporánea. Y también uno de los más atravesados por tensiones gremiales,políticas, ambientales y estratégicas.

Las conversaciones comenzaron formalmente en 1999. Desde entonces, cambiaron gobiernos, prioridades económicas y hasta paradigmas geopolíticos. Hubo un anuncio de “acuerdo político” en 2019 que parecía cerrar el capítulo técnico, pero la ratificación quedó atrapada en nuevas exigencias ambientales europeas y resistencias internas tanto en Sudamérica como en varios países del bloque comunitario.

El Mercosur — Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay — ve en el tratado una oportunidad histórica para ampliar mercados y consolidar reglas de juego estables con uno de los principales polos económicos del planeta. Para la Unión Europea, el acuerdo representa una forma de reforzar su presencia estratégica en América del Sur en un contexto de competencia global creciente con Estados Unidos y China.

Comercio, estándares y asimetrías

En términos económicos, el acuerdo implicaría la creación de una de las mayores áreas de libre comercio del mundo, abarcando a más de 700 millones de personas. Se prevé una reducción progresiva de aranceles, especialmente para productos industriales europeos que ingresen al Mercosur y para productos agroindustriales sudamericanos que accedan al mercado europeo.

Allí reside uno de los principales puntos de fricción. Para los países del Mercosur, el acceso ampliado para carne, soja, azúcar y otros bienes agrícolas es clave. Para varios Estados europeos, en cambio, el temor es que esos productos compitan con sus propios agricultores, sometidos a regulaciones más estrictas y mayores costos.

A esto se suma la cuestión ambiental. La Unión Europea ha insistido en la incorporación de cláusulas adicionales vinculadas a la deforestación y al cumplimiento de compromisos climáticos. Brasil, en particular, estuvo en el centro del debate durante los años de mayor tensión por la política ambiental en la Amazonia. Aunque el escenario político cambió, el Parlamento Europeo y algunos gobiernos nacionales mantienen reservas.

El resultado es un delicado equilibrio entre comercio y estándares. Para Bruselas, el acuerdo debe reflejar los valores ambientales y sociales del bloque. Para el Mercosur, existe la percepción de que esas exigencias pueden transformarse en barreras encubiertas o en mecanismos de presión que limitan su margen de desarrollo.

El contexto global le otorga al acuerdo una dimensión que va más allá de los aranceles. En un mundo marcado por la fragmentación geopolítica, las guerras comerciales y la reconfiguración de cadenas de suministro, sellar una alianza birregional enviaría una señal potente a favor del multilateralismo.

En cualquiera de los casos, el tratado ya es parte de la historia diplomática de ambos bloques. Falta saber si también será parte de su futuro.

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