Furor por carne barata en Asunción

Largas filas y el reflejo de una crisis silenciosa.

Para muchos paraguayos, comer carne se ha convertido en un lujo.

La escena se repite y se vuelve cada vez más elocuente: largas filas desde la madrugada en la Costanera de Asunción para acceder a carne a precios accesibles. La feria organizada por el Ministerio de Agricultura y Ganadería (MAG), en el marco de la iniciativa Semana Santa Ra’arõvo, puso a disposición unos 20.000 kilos de carne vacuna, desatando una masiva concurrencia que dejó en evidencia una realidad incómoda: para muchos paraguayos, comer carne se ha convertido en un lujo.

Desde las primeras horas del día, cientos de personas se acercaron con la expectativa de conseguir cortes a menor precio que en el mercado tradicional. La demanda fue tal que rápidamente se formaron extensas filas, en una postal que combina necesidad, resignación y enojo. La compra, limitada a 10 kilos por persona, busca alcanzar a unas 2.000 familias, pero también revela la magnitud del problema de fondo.

Los testimonios recogidos en el lugar reflejan un malestar que va más allá del precio de la carne. “Tenemos que venir a hacer fila para poder comprar algo básico”, lamentó una mujer, visiblemente molesta por la situación económica. Sus palabras sintetizan una percepción extendida: el encarecimiento del costo de vida no solo afecta el acceso a los alimentos, sino que también profundiza la sensación de abandono.

Otro de los asistentes definió a la carne como “la joya de Paraguay”, en alusión a sus elevados precios. La frase no es casual. En un país históricamente asociado a la producción ganadera, el hecho de que amplios sectores de la población tengan dificultades para acceder a este producto resulta particularmente simbólico.

Los precios ofrecidos en la feria explican la convocatoria: cortes como la carnaza de segunda a G. 32.000 el kilo o la costilla popular a G. 28.000 representan una diferencia significativa frente a los valores del mercado. También se ofrecieron otros productos básicos como batata, locote, lechuga y almidón, reforzando el carácter integral de la propuesta.

Sin embargo, más allá del alivio puntual que estas ferias pueden generar, la situación plantea interrogantes más profundos. ¿Hasta qué punto este tipo de iniciativas logran resolver el problema de fondo? La alta concurrencia parece indicar que no se trata de un fenómeno aislado, sino de una respuesta a una pérdida sostenida del poder adquisitivo.

Las críticas hacia las autoridades también estuvieron presentes. Algunos asistentes cuestionaron la desconexión entre la dirigencia política y la realidad cotidiana de la población. La sensación de inequidad —de que unos pocos están mejor mientras la mayoría enfrenta dificultades— se hizo evidente en varios testimonios.

En este contexto, la feria del MAG aparece como un paliativo necesario, pero insuficiente. Si bien permite a miles de familias acceder a alimentos a precios más bajos, también expone las limitaciones de una política que actúa sobre las consecuencias y no sobre las causas.

La imagen de ciudadanos haciendo fila durante horas para comprar carne más barata es, en definitiva, un síntoma. Habla de una economía tensionada, de ingresos que no alcanzan y de una canasta básica que se vuelve cada vez más inaccesible. Y deja una pregunta abierta: cuánto tiempo más podrá sostenerse esta dinámica sin que se profundicen las tensiones sociales.

 

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