Las dietas extremas prometen resultados rápidos con mínimos esfuerzos, pero detrás de esa aparente solución hay riesgos importantes para la salud. Estos regímenes, que restringen drásticamente calorías o eliminan grupos enteros de alimentos, no son sostenibles y suelen terminar en un aumento de peso a largo plazo. Además de provocar deficiencias nutricionales y otros trastornos.
Una dieta drástica es un plan de alimentación extremadamente restrictivo. Sus características incluyen una reducción de más de 500 calorías diarias por debajo de las necesidades reales. Así como una variedad muy limitada de alimentos y una promesa de pérdida de peso acelerada. Por lo general, no puede mantenerse y, lejos de favorecer la salud, la perjudica.
Dentro de las consecuencias más comunes se encuentra la desnutrición y la deshidratación. Esto se debe a que al reducir de forma exagerada la ingesta, el cuerpo deja de recibir macronutrientes (grasas, proteínas, carbohidratos) y micronutrientes (vitaminas, minerales) esenciales. Las consecuencias incluyen debilidad muscular, caída del sistema inmunitario, estreñimiento, falta de concentración y deshidratación, ya que la pérdida rápida de peso suele ser de líquidos, no de grasa.

También se produce pérdida de masa muscular y un metabolismo más lento. El organismo, al no recibir suficiente energía, recurre al glucógeno almacenado en los músculos y al tejido muscular. Esto reduce la masa magra y ralentiza el metabolismo, lo que dificulta aún más la pérdida de peso y favorece el temido “efecto yo-yo”: se recupera el peso perdido, a menudo con kilos de más.
A la vez, pueden aparecer problemas digestivos y electrolíticos. La restricción alimentaria causa diarrea, hinchazón, náuseas o estreñimiento. La pérdida de líquidos también desequilibra electrolitos como el sodio y el potasio, lo que afecta el funcionamiento del corazón y otros órganos vitales.
Otro riesgo es la formación de cálculos biliares. Perder más de 1,5 kilos por semana o más del 25 por ciento del peso corporal aumenta el riesgo de desarrollar piedras en la vesícula. Aunque el sobrepeso es un factor de riesgo, la pérdida ultrarrápida lo es aún más. Las dietas extremas también provocan cambios hormonales y trastornos menstruales. En mujeres, pueden retrasar la pubertad, provocar ausencia de menstruación o afectar la fertilidad. En hombres, se ha observado impacto en la fertilidad.
Además, generan alteraciones del estado de ánimo y de la conducta alimentaria. La falta de nutrientes necesarios para producir serotonina y otras sustancias cerebrales aumenta la irritabilidad, la ansiedad, la depresión y la dificultad para concentrarse. Estas dietas suelen fomentar una relación conflictiva con la comida, clasificándose en “buena” o “mala”, lo que puede derivar en trastornos de la conducta alimentaria.
Los expertos refieren que es momento de desconfiar si un plan alimentario elimina un grupo entero de alimentos. Utiliza palabras como “detox”, “desintoxicación” o “limpieza”. Promete perder más de 0,5-1 kilo por semana, fija un límite calórico bajo; recomienda suplementos como solución.
Entre las dietas más conocidas se encuentran la dieta de la sopa de repollo, la dieta de la toronja, la dieta de un solo alimento (como la de la papa), la dieta de agua o ayuno con solo líquidos, la dieta carnívora (solo productos animales), la dieta cetogénica extrema y los regímenes de “jugos detox”.
También es fundamental la hidratación y el descanso, beber suficiente agua y dormir al menos ocho horas diarias. La actividad física regular, combinando ejercicios cardiovasculares y de fuerza, siempre que resulten placenteros. La alimentación consciente, prestando atención a las señales de hambre y saciedad, evitando etiquetar alimentos como “prohibidos” y disfrutando de la comida sin culpa.

