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Obesidad en niños

Obesidad infantil: Hábitos sedentarios y cómo prevenirla desde la primera infancia

El aumento de peso en niños no solo está vinculado a la mala alimentación y la falta de ejercicio, sino también a factores que actúan incluso antes del nacimiento.

La obesidad infantil es reconocida como un problema de salud global de primera magnitud.
La obesidad infantil es reconocida como un problema de salud global de primera magnitud.

La obesidad infantil es reconocida como un problema de salud global de primera magnitud. Su asociación con enfermedades cardiovasculares, diabetes tipo 2 y trastornos metabólicos ha impulsado la búsqueda de sus determinantes más allá de la dieta y el sedentarismo. Investigaciones recientes indican que eventos ocurridos durante la gestación y los primeros años de vida influyen decisivamente en el riesgo de desarrollar obesidad.

El concepto de «Orígenes del Desarrollo de la Salud y la Enfermedad» (DOHaD) sostiene que las exposiciones ambientales en períodos importantes -periconcepcional, fetal y neonatal- programan la salud futura mediante modificaciones epigenéticas. Estas alteraciones no cambian la secuencia del ADN, pero sí regulan la expresión génica. Por ejemplo, la metilación del ADN y las modificaciones de histonas pueden perpetuar adaptaciones metabólicas adversas.

Los padres deben supervisar los horarios de comida y evitar el consumo de azúcares añadidos.

La diabetes gestacional y los trastornos hipertensivos del embarazo son contribuyentes bien documentados a la obesidad en la descendencia. Los niños nacidos de madres con obesidad presentan un riesgo elevado de desarrollar obesidad y enfermedad cardiovascular en la edad adulta. Estos hallazgos subrayan la necesidad de intervenciones que comiencen incluso antes de la concepción.

Más allá de los factores prenatales, existen causas cotidianas ampliamente identificadas. El consumo excesivo de comida chatarra, dulces, refrescos y alimentos ultraprocesados es una de las principales vías. La falta de actividad física agrava el problema: los niños con estilo de vida sedentario no digieren correctamente los nutrientes y la grasa se acumula en los tejidos.

El sueño insuficiente también influye. Los niños necesitan dormir entre siete y ocho horas diarias para mantener un metabolismo equilibrado. La exposición prolongada a pantallas durante la noche afecta la calidad del descanso y puede contribuir al aumento de peso.

Otro factor químico es la fructosa, un tipo de azúcar presente en muchos alimentos procesados que interfiere con el metabolismo de las grasas y favorece su acumulación en el hígado y los músculos. También ciertos medicamentos de venta libre, cuando se administran en exceso, pueden alterar el peso corporal. En algunos casos, la disfunción tiroidea es la causa subyacente, por lo que ante un aumento rápido de peso se debe consultar al pediatra.

Los padres pueden reducir el riesgo de obesidad infantil con medidas concretas. La primera es fomentar el ejercicio regular: los niños con sobrepeso deben realizar actividad física dos veces al día. Deportes, juegos al aire libre o incluso caminatas diarias de treinta minutos ayudan a mantener un peso saludable.

La alimentación es el segundo pilar ya que es fundamental evitar la comida chatarra y sustituirla por verduras de hoja verde, frutas frescas y una dieta equilibrada que aporte todos los nutrientes necesarios. Los padres deben supervisar los horarios de comida y evitar el consumo de azúcares añadidos.

El descanso nocturno no debe descuidarse, pues asegurar que los niños duerman entre siete y ocho horas en un ambiente cómodo favorece el correcto funcionamiento de los órganos y del metabolismo. Cuando se sospecha una disfunción tiroidea o cualquier otra condición médica, es indispensable realizar pruebas en un centro de salud para obtener un diagnóstico preciso. El tratamiento oportuno de los trastornos hormonales puede prevenir el desarrollo de obesidad.

La obesidad infantil es un problema multifactorial que exige abordar tanto las causas prenatales como los hábitos de vida. Las modificaciones epigenéticas inducidas durante el embarazo pueden predisponer al niño, pero una alimentación saludable, ejercicio diario y sueño reparador son herramientas eficaces para prevenir complicaciones.

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