El entrenamiento positivo se fundamenta en un principio simple pero efectivo pues si se quiere que un animal repita una conducta, se le recompensa cuando la ejecuta. Golosinas, caricias, palabras de aprobación o un juguete pueden servir como premio. La clave está en entregar la recompensa en los segundos siguientes a la acción deseada. De lo contrario, la mascota no asociará el refuerzo con el comportamiento correcto.
La comunicación clara es esencial, ya que se deben usar órdenes cortas y siempre las mismas palabras. La paciencia y la constancia también son fundamentales, dado que el aprendizaje lleva tiempo y repetición. Además, el ambiente de entrenamiento debe ser seguro y divertido, no un lugar de tensión. Las sesiones cortas (de cinco a quince minutos) ayudan a mantener la atención. Siempre conviene terminar con un ejercicio fácil y una recompensa, para dejar una buena impresión.

En el caso de los perros, una herramienta muy útil es el clicker, un pequeño dispositivo que emite un sonido seco. El dueño marca con el click el momento exacto en que el perro realiza la conducta deseada y luego le da un premio. Con la práctica, el animal asocia el sonido con la recompensa. Otra técnica es el moldeamiento: se divide una conducta compleja en pasos pequeños y se premia cada avance. Por ejemplo, para enseñar a dar la pata, primero se recompensa al perro por levantar la pata del suelo, luego por acercarla a la mano, y finalmente por apoyarla.
El señuelo consiste en usar una golosina para guiar al perro a la posición deseada, como sentarse o echarse. El tiempo fuera positivo, en cambio, no castiga sino que ignora las conductas indeseadas: si el perro salta o ladra sin motivo, se le retira la atención hasta que se calme. La socialización temprana es igualmente importante, exponer al cachorro a distintas personas, animales y entornos previene muchos problemas de comportamiento futuros.
Los gatos también responden al refuerzo positivo, aunque suelen ser más independientes. El momento de entrenamiento ideal es justo antes de comer, cuando están más motivados por la comida. Se pueden usar golosinas pequeñas y muy apetitosas, como trocitos de atún o premios comerciales. El juego interactivo (cañas de pescar, pelotas o ratones de tela) también sirve como recompensa y fortalece el vínculo.
El clicker funciona igualmente con gatos, se marca el comportamiento deseado y se entrega el premio. El enriquecimiento ambiental es otra forma de entrenamiento positivo: proporcionar rascadores, estantes para trepar, juguetes que estimulen la caza y esconder comida en diferentes lugares mantiene al gato activo y reduce conductas no deseadas como arañar muebles o maullar excesivamente. Para enseñar a usar el rascador, se recompensa al gato cada vez que lo utilice, mientras que se ignoran los arañazos en muebles.
Nunca se debe castigar físicamente ni gritar. El castigo genera miedo y confusión, y el animal no relaciona el regaño con una acción que realizó minutos u horas antes. Tampoco se debe forzar al gato a usar el rascador o a subir al transportín llevándolo a la fuerza; eso solo genera rechazo. Las golosinas deben utilizarse exclusivamente para entrenar, no para calmar al animal en cualquier momento, para evitar que se convierta en un mendigo constante.
Es importante que todos los miembros de la familia utilicen las mismas órdenes y el mismo sistema de recompensas. Cada animal tiene su propia personalidad: algunos perros responden mejor al juego que a la comida, y algunos gatos prefieren caricias a las golosinas. Observar el lenguaje corporal de la mascota ayuda a identificar signos de estrés o cansancio. En caso de problemas graves de conducta, se recomienda consultar a un entrenador profesional o a un veterinario especializado en comportamiento animal. El entrenamiento positivo no solo mejora la conducta de perros y gatos, sino que fortalece la relación con sus dueños.

