La hepatitis B constituye una de las afecciones hepáticas más prevalentes y complejas a nivel global. Causada por el virus de la hepatitis B (VHB), esta infección vírica ataca directamente a las células del hígado, provocando una inflamación que puede cursar de manera aguda o derivar en un cuadro crónico de larga duración.
Según los datos más recientes de la Organización Mundial de la Salud (OMS), se estima que más de 240 millones de personas conviven con la enfermedad en su forma crónica, la cual incrementa significativamente el riesgo de desarrollar cirrosis y hepatocarcinoma o cáncer primario de hígado. Entender su dinámica de propagación y las herramientas inmunológicas disponibles resulta fundamental para reducir su impacto en la salud pública.
El VHB se caracteriza por una notable resistencia en el medio exterior; puede permanecer activo y con capacidad infectiva fuera del cuerpo humano durante al menos siete días. Cuando una persona se expone al virus, el periodo de incubación suele fluctuar entre 30 y 180 días. En los adultos, la mayoría de los contagios evolucionan como un proceso agudo en el que el propio sistema inmunitario logra eliminar el virus en un plazo inferior a seis meses.
Sin embargo, entre el 5% y el 10% de los adultos infectados, y hasta un 90% de los lactantes expuestos durante el parto, no consiguen erradicar la carga vírica, convirtiéndose en portadores crónicos. La infección crónica suele ser asintomática durante décadas, lo que facilita que el deterioro del tejido hepático progrese de forma silenciosa.
El contagio del virus de la hepatitis B se produce exclusivamente mediante el contacto directo con sangre, semen, secreciones vaginales u otros fluidos corporales de una persona infectada. Las principales formas de propagación incluyen la transmisión perinatal (vertical), que es la que ocurre de la madre al recién nacido durante el momento del parto. Es la principal vía de infección en regiones de alta prevalencia y la que presenta mayor tasa de cronicidad.

Además se puede transmitir el contacto sanguíneo y punzocortante, que involucra el uso compartido de jeringas o agujas en el consumo de drogas, el empleo de instrumental no esterilizado en la realización de tatuajes, perforaciones o procedimientos médicos y estéticos, así como pinchazos accidentales en trabajadores sanitarios.
Así mismo, las relaciones sexuales, tienen incidencia en la transmisión, por vía penetrativa (vaginal o anal) o través del contacto de mucosas sin protección con una pareja infectada. Finalmente, también se debe tener cuidado con los artículos de uso personal al compartir objetos que puedan contener trazas microscópicas de sangre, como máquinas de afeitar, cepillos de dientes o cortauñas. Es prioritario destacar que el VHB no se transmite por el agua o los alimentos, ni al estrechar la mano, abrazar, besar, toser, estornudar o compartir utensilios de cocina.
La prevención primaria de la hepatitis B es sumamente efectiva y se apoya en pilares médicos y conductuales bien consolidados. La inmunización universal, con la vacuna contra la hepatitis B es el método preventivo más eficaz y seguro. La OMS recomienda administrar la primera dosis inmediatamente al nacer (dosis neonatal), seguida de dos o tres dosis adicionales para completar el esquema primario. Esta pauta confiere una protección superior al 95% contra la infección y el desarrollo de enfermedad crónica.
Segundos la recomendación pasa por la seguridad en procedimientos y barreras físicas, el uso sistemático de preservativos durante las relaciones sexuales reduce significativamente el riesgo de transmisión por vía sexual. Asimismo, se debe exigir el uso de material desechable o adecuadamente esterilizado en cualquier procedimiento que implique perforación de la piel.
Por último, el análisis sistemático de las donaciones de sangre y el tamizaje prenatal en embarazadas permiten aplicar inmunoglobulina y vacunación oportuna al recién nacido para cortar la cadena de transmisión vertical.

