El general Líber Seregni: ¿el gran traicionado?

Entre el internacionalismo, el programa fundacional y la gestión pragmática, el Frente Amplio enfrenta crecientes cuestionamientos sobre cuánto queda del proyecto político concebido por su fundador.

El general Líber Seregni no fue únicamente el fundador del Frente Amplio. Fue el arquitecto de un proyecto político que pretendía transformar el Uruguay desde una ética republicana, un fuerte compromiso con la justicia social, la independencia nacional, el internacionalismo y la democratización del poder económico. Su liderazgo representó mucho más que una alianza electoral: fue la construcción de una identidad política basada en principios que debían orientar la acción de gobierno.

Cinco décadas después, la pregunta resulta inevitable: ¿cuánto queda hoy de aquel proyecto?

La llegada del Frente Amplio al gobierno significó una profunda transformación del sistema político uruguayo. Sin embargo, también abrió un proceso de moderación que, para numerosos militantes históricos, intelectuales y sectores de izquierda, terminó alejando progresivamente a la fuerza política de buena parte de los compromisos asumidos en sus programas fundacionales.

El apartamiento no sería únicamente una cuestión de estilo de gobierno, sino de contenido político.

Las sucesivas administraciones frenteamplistas fueron relegando propuestas históricas que durante décadas constituyeron la identidad de la izquierda uruguaya. La transformación estructural del modelo económico dio paso a políticas de administración del mismo esquema productivo; la redistribución de la riqueza fue sustituida por mecanismos de compensación social; y la creciente centralidad otorgada a la estabilidad macroeconómica terminó desplazando el debate sobre la democratización del capital, la reforma profunda del Estado y la distribución del poder económico.

Ese cambio también alcanzó al propio programa político.

Numerosos compromisos aprobados democráticamente por los congresos del Frente Amplio fueron postergados, reinterpretados o directamente abandonados cuando debieron enfrentarse a las exigencias del ejercicio del poder. Las prioridades del gobierno comenzaron a imponerse sobre las definiciones colectivas de la fuerza política, debilitando uno de los pilares que distinguía al Frente Amplio de los partidos tradicionales: la subordinación de los gobernantes al programa aprobado por su militancia.

Para muchos frenteamplistas históricos, allí comenzó una ruptura silenciosa con el legado de Seregni.

El fundador concebía el programa como un contrato político con la ciudadanía y no como una declaración de intenciones susceptible de ser modificada por las circunstancias. Su idea de conducción estaba profundamente ligada a la coherencia entre el discurso y la acción, entendiendo que la credibilidad de una fuerza transformadora descansaba precisamente en cumplir los compromisos asumidos ante la sociedad.

Las críticas también alcanzan la política internacional.

Seregni impulsó una visión profundamente internacionalista, basada en la autodeterminación de los pueblos, la integración latinoamericana, el fortalecimiento del multilateralismo y una política exterior autónoma respecto de los grandes bloques de poder.

Sin embargo, distintos sectores consideran que esa tradición fue sustituida por una diplomacia crecientemente pragmática, donde las prioridades comerciales y la búsqueda de inversiones terminaron desplazando la defensa activa de posiciones históricas sobre soberanía, integración regional y solidaridad internacional.

La participación cada vez más limitada de Uruguay en iniciativas de integración política latinoamericana y una política exterior enfocada principalmente en los mercados son vistas por algunos militantes y dirigentes como un alejamiento del pensamiento de Seregni y el Frente Amplio fundacional, cuya concepción excedía ampliamente la dimensión económica de las relaciones internacionales.

A ello se suma otra crítica cada vez más frecuente dentro de sectores de izquierda: la paulatina incorporación de conceptos propios del consenso económico liberal. La disciplina fiscal, la confianza de los mercados, los incentivos al capital privado y la moderación reformista pasaron a ocupar un lugar central en la gestión, mientras fueron perdiendo protagonismo debates sobre la concentración económica, la reforma tributaria estructural, el papel estratégico de las empresas públicas y la planificación del desarrollo.

Para quienes sostienen esta visión, el Frente Amplio dejó de discutir cómo transformar el modelo para concentrarse en administrarlo con mayor eficiencia.

No pocos militantes consideran que esa evolución terminó produciendo una «socialdemocratización» cada vez más distante del proyecto político que dio origen a la coalición en 1971. Desde esta perspectiva, la izquierda pasó de disputar un cambio de rumbo del país a administrar con mayor sensibilidad social un modelo económico que durante décadas había cuestionado.

Quienes defienden la evolución del Frente Amplio sostienen, por el contrario, que gobernar exige administrar restricciones económicas, institucionales y geopolíticas que muchas veces impiden aplicar íntegramente un programa político. Argumentan que la responsabilidad de gobierno obliga a compatibilizar ideales con realidades complejas y que esa adaptación permitió consolidar estabilidad democrática, crecimiento económico y ampliación de derechos.

Pero precisamente allí reside el centro del debate.

La discusión ya no gira únicamente sobre las políticas aplicadas, sino sobre la identidad misma del Frente Amplio. ¿Hasta dónde puede adaptarse una fuerza política sin perder aquello que le dio origen? ¿En qué momento el pragmatismo deja de ser una herramienta de gobierno para convertirse en una renuncia programática?

La figura de Líber Seregni continúa siendo reivindicada por todo el sistema político. Su conducta ética, su defensa irrestricta de la democracia y su enorme capacidad para construir consensos permanecen fuera de discusión.

Lo que sí está en discusión es el contenido político de su legado.

Porque más allá de los homenajes, los discursos y las referencias permanentes a su figura, persiste una interrogante incómoda para el Frente Amplio: si el proyecto que hoy gobierna Uruguay continúa siendo aquel que Seregni imaginó o si, con el paso de los años, terminó alejándose de los principios programáticos, del internacionalismo, de la autonomía política y de la vocación transformadora que dieron nacimiento a la izquierda uruguaya.

La historia aún no ha dado un veredicto definitivo. Pero el debate está abierto, y cada nueva decisión política vuelve a poner sobre la mesa una pregunta que interpela no solo al Frente Amplio, sino a toda la política nacional: ¿qué valor tienen los programas, los principios y las promesas cuando el ejercicio del poder comienza a exigir renuncias?

Esta versión enfatiza el apartamiento del programa del Frente Amplio como eje central de la crítica, reforzando la idea de una distancia entre el ideario fundacional de Seregni y la evolución de la fuerza política, manteniendo un lenguaje propio de un editorial de análisis político.

Seregni

Fue Presidente del Frente Amplio entre 1971 y 1996, incluyendo el período de proscripción de nuestra fuerza política, durante la dictadura.

Liber Seregni nació el 13 de diciembre de 1916 en el barrio Palermo de Montevideo. A los 20 años se recibió de alférez en el Ejército Nacional y muy poco tiempo después fue arrestado por asistir a un acto de solidaridad con la República Española, que estaba siendo agredida por el levantamiento nacionalista.

En 1941 contrajo matrimonio con Lilí Lerena, con quien estuvo casado 63 años. La pareja tuvo dos hijas. En 1963, asciende al grado de general y en 1968, cuando era el jefe de la Región Militar Nº1 solicita el pase a retiro por no compartir la política oficial de represión.

El 5 de febrero de 1971 preside la creación de la organización unitaria de la izquierda uruguaya, el Frente Amplio, y el 26 de marzo es el orador en el primer acto conjunto realizado en la explanada municipal. En las elecciones de noviembre de ese año es candidato a la Presidencia de la República y obtiene una votación histórica para la izquierda.

En la manifestación del 9 de julio de 1973 contra el golpe de Estado, Seregni fue arrestado junto a su compañero el general Víctor Licandro y pasó 16 meses preso. En enero de 1976, vuelve a ser apresado y queda en prisión por más de ocho años.

Desde la cárcel, Seregni convoca a los frenteamplistas a votar en blanco en las elecciones internas de los partidos políticos, organizadas por la dictadura con la proscripción del Frente Amplio. Más de 85 mil uruguayos, sin propaganda y en medio de la clandestinidad, respondieron su llamado.

El 19 de marzo de 1984 es liberado y ese mismo día, ante una multitud que fue hasta su casa, pronuncia un discurso histórico, llamando a redoblar la lucha sin odio ni resentimiento. Después de conducir el Frente Amplio por 25 años, renunció a la presidencia de la coalición en 1996 y fundó el Centro de Estudios Estratégicos 1815.

En 2003 anuncia su retiro de la política activa, durante el 4to. Congreso del Frente Amplio. En 2004 disuelve el Centro de Estudios Estratégicos 1815 y da su último discurso en el Paraninfo de la Universidad, considerado como su testamento político y una de las reflexiones políticas más agudas en la historia de la izquierda.

El general Liber Seregni, llamado “General del Pueblo”, murió el 31 de julio de 2004, apenas tres meses antes de la primera victoria del Frente Amplio a nivel nacional.

Comparte esta nota:

Deja una respuesta

Your email address will not be published.

Últimos artículos de Editorial