Desde que se instauró la tregua auspiciada por Estados Unidos en octubre del año pasado, más de 1.200 gazatíes han perdido la vida a manos del Ejército israelí. Actualmente, un 60% del territorio palestino está bajo control militar israelí, sin indicios de retirada. Además, Israel impide la reconstrucción en un área donde ha destruido alrededor del 80% de las viviendas y las infraestructuras esenciales como agua, electricidad y alcantarillado.
En este contexto, un informe reciente de la relatora de la ONU para Palestina, Francesca Albanese, junto con otros 18 expertos, sostiene que “el genocidio continúa” sin pausa. Las cifras son elocuentes: en estos 300 días de supuesta calma, 300 niños han muerto, lo que representa un promedio de un niño fallecido cada día, según UNICEF.
Las muertes de civiles palestinos no son eventos aislados; se han incrementado en una escalada sistemática. El Ejército israelí bombardea diariamente un territorio de 146 kilómetros cuadrados, donde dos millones de civiles inocentes están atrapados. Entre las víctimas se encuentran no solo niños, sino también ancianos y mujeres.
El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, ha fracasado en los objetivos que justificaron la guerra, especialmente en la destrucción de Hamás. No obstante, sigue justificando la violación del alto el fuego bajo el argumento de eliminar a los milicianos responsables del ataque del 7 de octubre de 2023. Las fuerzas israelíes han creado un listado de aproximadamente 5.000 personas como objetivos, pero los reportes sobre los muertos palestinos desde la tregua indican que estos ataques son, en muchos casos, indiscriminados, lo que evidencia un intento deliberado de deshumanizar a la población de Gaza. Esto califica como un crimen de guerra sin discusión.
Mientras tanto, Israel mantiene un bloqueo parcial sobre la ayuda humanitaria necesaria para la supervivencia de la población. Las autoridades en Gaza advierten que sin maquinaria pesada, que Israel prohíbe, no se pueden recuperar los cuerpos de miles de muertos que permanecen bajo los escombros. Alrededor de 1,4 millones de gazatíes enfrentan inseguridad alimentaria aguda, y 212.000 se encuentran en niveles de emergencia. En otras palabras, Netanyahu utiliza el hambre como un castigo colectivo contra una población civil inocente.
Gaza se encuentra en una agonía profunda, y cada día que pasa, Netanyahu parece sentirse más seguro. La crisis humanitaria, de la que es el principal responsable, ha dejado de ser prioritaria en la opinión pública mundial y en la agenda política de muchos gobiernos. Así, con un entorno internacional que muestra una preocupante falta de respuesta a sus acciones, Netanyahu se siente libre para adoptar una postura más intransigente. La semana pasada, incluso desestimó el plan de paz propuesto por su aliado Donald Trump.
El primer ministro israelí parece convencido de que no enfrentará consecuencias por los crímenes que continúan en Gaza, y, lamentablemente, su percepción podría ser acertada ante la inacción internacional.


Este no es ni más ni menos que el último capítulo del libro de horrores, cuyo preámbulo fue escrito en la primera página bajo el título «Balfour Declaration», en 1917.
El plan fue hecho con premeditación y frío cálculo, ahora sólo faltaba una justificación para impkementarlo.
Luego de las masacres y horrores de la WWII las condiciones se dieron y utilizando el enorme sufrimiento de las víctimas del holocausto el sionismo ambicioso y oportunista no vaciló en abalanzarse sobre su presa, intentando imponer justificaciones injustificables, como lo es una convicción o creencia religiosa, por encima de los derechos de un pueblo hasta entonces pacífico y a su vez víctima de sucesivos poderes imperiales.
En vez de establecerse pacíficamente como cualquier inmigrante en tierra ajena, trabajar, practicar su religión, lo cual no va en contra de ninguna ley en ningún lado, y adquirir sus propiedades, progresar honradamente y adquirir sus derechos políticos y a cargos públicos, pues no, eligieron un camino que sólo puede haber sido designado por una mente anormal, enferma de poder y sedienta de sangre, cuyos medios de arrasamiento, tortura y muerte nada tienen que ver con religión alguna.
Este artificial e inventado israel de hoy no tiene nada que ver con el bíblico Israel y los «israelíes» no son ni por asomo parecidos a los israelitas de hace 2 milenios atrás, ni están emparentados ni son sus descendientes. Estos son un club mafioso elitista que ha impuesto su presencia en Palestina a fuego, sangre y terror, desplazando, robando, despojando durante casi 80 años a casi 8 millones de palestinos, esparciendo forzadamente 6 millones de hoy refugiados y discriminados en terceros países, donde muchos de los cuales siguen hoy en día viviendo en campamentos de refugiados en los ricos países de sus primos árabes, para los que básicamente son una «molestia», y los otros dos millones que están siendo aniquilados –no en cámaras de gas, pero sí con fuego, hambre y tortura en la arrasada «franja» de Gaza, donde familias enteras son desalojadas de sus tierras o asesinadas por los mesiánicos «settlers» apoyados por un escuadrón de inhumanos uniformados. También en el llamado «West Bank», otra parte de Palestina, están ahora estos genocidas desplazando familias, incendiando olivos centenarios, hasta matando sin piedad animales de campo, ovejas, gallinas base del sustento familiar de los desplazados. Los horrores se multiplican a diario, sin límite ni restricción alguna.
Lo único que está a la vista es el resultado de una piratería sin igual en la época moderna, una piratería de «estado», sádica y enfermiza que empezó con Ben Gurión y ha seguido inexorablemente su paso hasta hoy con Netanyahu, hacia la meta de una «solución final», cuyo resultado sería un «gran israel» construido sobre los despojos y huesos de un pueblo cuyo único delito fue haber nacido en un lugar estratégico del planeta.
Ese lugar es lo que quiere dominar el sionismo, desde siempre, no por un más que falso valor pretendidamente religioso e injustificable sino por el valor geoestratégico en el planeta, con vistas a controlar los nexos, pasajes, corredores geográficos y vías de agua entre Asia Menor y África, entre Medio Oriente y Europa, entre Asia Continental misma y las Américas.
Los planes de «rápida conquista» y ocupación –en vez de establecimiento pacífico paulatino– se han visto en cierta manera frenados por la enorme y heroica resistencia del pueblo palesrino, el cual vez tras vez ha logrado resurgir de entre los escombros demolidos de sus ciudades. Sin embargo hoy mismo esa resistencia se ve menguada cada día por los métodos inhumanos de un exterminio sistemático que simplemente no respeta ninguna ley de ningún organismo internacional o foro mundial.
El mundo bajo la corrupción y la cobardía colectiva de los gobiernos del resto del planeta asiste al exterminio de una cultura, al genocidio de un pueblo, demostrando así que no aprendió nada de los conflictos mundiales y que la llamada «civilización» es sólo un chiste macabro, egoísta e hipócrita concentrado únicamente en el progreso científico, cuyo destino final parece ser nada menos que un militarismo que será últimamente suicida.