El clima condiciona de forma significativa la vida de perros y gatos. Tanto las olas de calor como las bajadas bruscas de temperatura, la humedad elevada o los períodos prolongados de lluvia modifican su ritmo diario, su confort y su vulnerabilidad a distintas enfermedades.
En los meses de calor el principal riesgo es el golpe de calor. Los perros, especialmente las razas braquicéfalas como el bulldog o el pug, y los gatos de pelo largo o con sobrepeso, tienen mayores dificultades para regular su temperatura corporal. Jadean con más intensidad, buscan superficies frescas y reducen su actividad. Cuando la temperatura ambiente supera los 30 grados y la humedad es alta, el mecanismo de enfriamiento se vuelve insuficiente. En esos casos pueden aparecer jadeo excesivo, salivación espesa, debilidad, vómitos y, en situaciones graves, colapso. Los paseos en las horas de mayor insolación y el ejercicio intenso aumentan el peligro.
El frío también genera desafíos. Las razas de pelo corto, los cachorros, los animales geriátricos y los de tamaño pequeño pierden calor con mayor rapidez. En invierno es frecuente observar temblores, reticencia a salir al exterior y mayor demanda de refugio. El contacto prolongado con superficies heladas o mojadas favorece la aparición de grietas en las almohadillas y problemas articulares en animales con predisposición a la artrosis. Los gatos, aunque suelen adaptarse mejor al interior, pueden sufrir estrés si las corrientes de aire frío afectan su zona de descanso.
La humedad y las lluvias prolongadas incrementan la presencia de parásitos externos. Pulgas, garrapatas y ácaros encuentran condiciones favorables en ambientes húmedos y cálidos. Además, el agua estancada después de tormentas favorece la proliferación de mosquitos y, con ellos, el riesgo de enfermedades transmitidas por vectores. En zonas con inviernos húmedos también crece la incidencia de problemas dermatológicos y otitis, especialmente en perros de orejas caídas.
Los cambios estacionales influyen en el comportamiento. En primavera y otoño, cuando las temperaturas son más variables, muchos animales muestran inquietud o alteraciones en el sueño. Algunos perros aumentan su nivel de actividad cuando los días se alargan, mientras que otros se vuelven más sedentarios con la llegada del frío. Los gatos, por su parte, suelen modificar sus horarios de caza y descanso según la cantidad de luz natural disponible.
La calidad del aire también juega un papel. En días de alta contaminación o durante incendios forestales, perros y gatos pueden presentar irritación de vías respiratorias, tos o dificultad para respirar, sobre todo si ya padecen asma felina o bronquitis crónica. Los animales que viven en balcones o que salen con frecuencia resultan más expuestos.
Para mitigar estos efectos es recomendable adaptar las rutinas. En verano conviene pasear en las primeras horas de la mañana o al atardecer, ofrecer sombra permanente y agua fresca en cantidad suficiente, y nunca dejar a la mascota dentro de un vehículo cerrado. En invierno ayuda contar con camas elevadas del suelo, abrigos adecuados para razas sensibles y secar bien el pelaje después de los paseos bajo la lluvia. El control regular de parásitos y las visitas veterinarias estacionales permiten anticipar problemas asociados a cada época del año.

