Si hablamos de esas conversaciones que se convierten en un guiño al alma y un abrazo al corazón, sin dudas, dialogar con Graciela Duarte, profesora de tejido de la Fundación Secom, es una de ellas. No solo porque sus manos han hilvanado cientos de prendas, sino porque su voz transmite la esencia de un proyecto que, desde hace 17 años, ayuda a niños en situación de vulnerabilidad, teje comunidad, y devuelve el propósito a adultos mayores.
En diálogo con Diario la R, Graciela refirió que “Tejidos del Corazón” es una campaña que llevan adelante en Fundación Secom desde el 2009 en forma ininterrumpida. “La misma comienza en marzo, en nuestros Talleres de Tejido y culmina con una jornada abierta a toda la comunidad en la que invitamos a tejer prendas de lana con fines solidarios”, añadió. Estos talleres se realizan anualmente y están dirigidos a personas que están afiliadas a Secom utilizados como mecanismo de asistencia. Como bien comenta Graciela los talleres de la Fundación Secom, tejen lazos, reconstruyen memorias y devuelven el propósito.

Cada año, la campaña invita a los socios de esta institución -el primer servicio de compañía de Uruguay- a formar parte de esta iniciativa. La presidenta de Secom, Alicia Esquiera, soñó con una propuesta que uniera la tradición manual con la ayuda. Y ese sueño, tejiendo edición tras edición, se ha posicionado como uno de los más importantes de su tipo en el país.
Cuando Graciela explica cómo funciona la campaña, habla de gente, de lo humano. “Tejemos en los talleres voluntarios de Secom durante todo el año, pero la gran jornada es este domingo 31 de mayo, de 10 de la mañana a 16:00 horas, en la terminal del Shopping Tres Cruces”, cuenta. Ese día, cualquier persona puede acercarse con sus agujas, donde la fundación y el shopping donan el material. Durante seis horas, la sala de espera Goes se transforma en un taller gigante, donde todo el que sienta interés puede llegar y disfrutar de la experiencia y formar parte de ella. En este encuentro también se podrá disfrutar de otras actividades programadas para el disfrute de todo el que guste participar.
Dentro de los artículos que se confeccionan se pueden apreciar buzos, chalecos, camperas, gorros, ponchos, prendas de abrigo que se donan a niños en situación de vulnerabilidad, en merenderos y escuelas a tiempo completo tanto en Montevideo como en el interior del país.
Asimismo destacó la obra social del cura Juan Andrés Verde en el asentamiento Santa Eugenia como uno de los destinos de las prendas. En estos años, la campaña superó las 10.000 prendas donadas. “Detrás de cada una, hay horas de trabajo, muchas de ellas silenciosas, hechas en casa, durante los meses previos. Tejer a mano lleva su tiempo”, dice Graciela, y verdaderamente no hace falta agregar más para quien ha visto a una abuela deshacer un buzo para reutilizar la lana, ya sabe que el cariño se mide en cada una de las puntadas.

La campaña también funciona como un espacio para la rehabilitación entre las tejedoras. En este aspecto, para los socios de Secom -muchos de ellos adultos mayores que contrataron un servicio de compañía-, los talleres de tejido son una terapia. Graciela lo confirma al explicar que “el tejido nos desestresa, es un cable a tierra, recomendado por psicólogos”. Mientras las manos trabajan, la mente se despeja y se exteriorizan preocupaciones y a la vez se calman ansiedades.
Hay estudios que avalan lo que los tejedores saben por experiencia y es que el movimiento repetitivo y rítmico de las agujas genera un estado de bienestar similar a la meditación. Y en el caso de los adultos mayores, además, estimula la memoria, la coordinación ojo-mano. Así como la motricidad fina, aspectos que la fundación cuida con esmero. Tejer es un proceso que integra funciones cognitivas, motoras y sensoriales. Y además, podría ayudar a retrasar o mitigar síntomas de enfermedades neurodegenerativas.
Junto a esto explica que los talleres son parte de una política más amplia siempre enfocado en brindarle a todos los socios estos talleres con gran contenido y excelente calidad, que contribuya siempre a mejorar su calidad de vida. El tejido es uno de los favoritos, quizás porque conecta con una tradición familiar que muchas personas llevan tatuada en la infancia. Graciela cuenta que ella misma aprendió de niña y que aún hoy valora la transmisión oral de técnicas que en muchas ocasiones los libros no registran.
La jornada del 31 de mayo será un espacio para todo el que quiera, llegue y haga suyo el lugar y la causa. No se necesita saber tejer, hay quienes enseñan, quienes comparten trucos, quienes corrigen. “La idea es que la comunidad sepa que está invitada y la respuesta, año tras año, supera las expectativas”. Graciela recuerda personas del interior que viajan exclusivamente por esas seis horas, tejen sin parar, y luego regresan a sus casas. “Es muy gratificante verlos ahí”, expresión que le ilumina el rostro con una sonrisa, mostrando la satisfacción del deber y haciendo lo que le apasiona.

Uno de los momentos más emotivos ocurre cuando la campaña termina y las prendas se entregan. Graciela estuvo en Santa Eugenia uno de esos días de donación. “Las caritas de agradecimiento de esos niños llenan el alma”, confiesa. Y admite que a veces las lágrimas asoman. No es para menos, recibir un abrigo hecho a mano, con el calor de una persona que no conocés pero que dedicó horas a tejerlo. Es una forma de ternura que pocos bienes pueden igualar. “Te dan ganas de salir corriendo a seguir tejiendo”, agrega.
La campaña también recibe donaciones de quienes no tejen pero quieren colaborar. “Todo sirve, todo suma”, sostiene. Porque el objetivo también es demostrar que una comunidad puede organizarse alrededor de un gesto simple y convertirlo en una red de contención. El oficio no entiende de jubilaciones, y en ese gesto, surge la necesidad de impulsar cada vez más estas prácticas. “Los jóvenes participan poco, tendrían que integrarse más a la manualidad”. Reconoce Graciela con la certeza de que el tejido también es un puente generacional que hay que tender.
Graciela resume el espíritu de la iniciativa con una frase: “Tejer comunidad”. Y es eso lo que ocurre cada vez que un grupo de personas se sienta en círculo, comparte una madeja de lana, ríe, se queja del frío, habla de sus nietos o tal vez de su última cita médica. En ese acto cotidiano, se construye algo más resistente, se construye pertenencia. “Tejidos del Corazón” demuestra que la solidaridad no necesita grandes estructuras, sino la voluntad.

