Capitán de Fragata (C/G) Noelia Miraballes: vocación de mar y servicio

“Mi promoción fue una de esas: éramos tres mujeres en una clase de 33”, recuerda.

A bordo del Capitán Miranda “es donde uno descubre que navegar no es solo una ciencia, también es un arte”.

La historia de la capitán de fragata Noelia Miraballes comienza lejos de los grandes puertos y de las bases navales. Nació en Cebollatí, un pequeño pueblo del departamento de Rocha rodeado por agua: el río Cebollatí y la laguna Merín. Ese paisaje marcó desde temprano su relación con el entorno y, con el paso del tiempo, moldeó también su vocación.

“En el pueblo, el agua es un ambiente natural para todos”, recuerda la oficial de alto rango. Crecer en ese lugar implicaba convivir con ríos y lagunas, pero también con una fuerte vida comunitaria. Sus padres participaban activamente en las comisiones del pueblo: “en la escuela, en la organización de festivales o en iniciativas para mejorar la infraestructura local. Ese espíritu de colaboración dejó una huella profunda, cuenta.

Para Miraballes, la incorporación de mujeres se dio de manera gradual y natural. Hoy la presencia femenina en la Armada ya no resulta novedosa.

“Creo que de ahí salió un poco el sentimiento de servir en comunidad, de hacer algo por los demás”, explica. Años más tarde, esa idea encontraría un cauce claro cuando descubrió que la Armada reunía dos de sus intereses principales: el servicio al país y la vida vinculada al agua.

Miraballes es la primera militar de su familia. No tuvo antecedentes cercanos que la orientaran hacia una carrera en las Fuerzas Armadas. La decisión fue personal y, como ella misma señala, resultado de un proceso de búsqueda.

“Encontré que la Armada juntaba esas dos cosas: el querer servir y la pasión por el agua que había desarrollado desde chica”, afirma.

La incorporación de las mujeres

Su ingreso a la Armada coincidió con una etapa de cambios en la institución. Durante años, el acceso de las mujeres al cuerpo de oficiales estuvo limitado por cupos. En su generación, por ejemplo, sólo podían ingresar hasta un 10% del total de aspirantes.

“Mi promoción fue una de esas: éramos tres mujeres en una clase de 33”, recuerda.

Con el tiempo, esa restricción se eliminó. Hoy el ingreso depende únicamente de aprobar las pruebas de admisión. Si todas las personas que superan el proceso son mujeres, la promoción puede estar integrada exclusivamente por ellas.

Ese cambio se refleja también en la composición actual de la fuerza. Aproximadamente el 35% del personal de la Armada es femenino, el porcentaje más alto entre las tres fuerzas armadas uruguayas.

Para Miraballes, la incorporación de mujeres se dio de manera gradual y natural. “Fuimos llegando, ocupando espacios, cumpliendo expectativas y demostrando que podíamos desempeñarnos en todas las tareas”, explica.

En ese proceso, dice, se fueron derribando barreras que durante décadas parecían naturales. Hoy, sostiene, la presencia femenina en la Armada ya no resulta novedosa.

“Las mujeres son parte de la tripulación”, resume.

La formación y la primera experiencia en el mar

Como todos los oficiales navales, Miraballes pasó cuatro años de formación en la Escuela Naval. Allí aprendió las bases teóricas de la navegación y de la conducción de un buque.

La etapa final de ese proceso es el tradicional viaje de instrucción a bordo del buque escuela Capitán Miranda. Durante varios meses, los cadetes recorren distintos puertos del mundo y ponen en práctica lo aprendido.

Para Miraballes fue una experiencia intensa. “Es donde uno descubre que navegar no es solo una ciencia, también es un arte”, dice.

Durante ese viaje comenzó a escribir un cuaderno de poesías inspirado en las experiencias del mar. Sin antecedentes familiares en la vida naval y proveniente del interior del país, el contacto con el océano abierto fue para ella una revelación.

“Cuando dejamos de ver la costa era como entrar en un mundo nuevo”, recuerda.

Ese cuaderno, dice, sigue siendo un recuerdo personal de una etapa que marcó su formación.

La Antártida, una experiencia transformadora

Si hay un episodio que Miraballes identifica como decisivo en su carrera es su contacto con la Antártida.

Viajó por primera vez en 2009, cuando era guardiamarina, a bordo del ROU 04 General Artigas durante una campaña logística hacia la base científica uruguaya. La misión consistía en transportar combustible y provisiones para asegurar el funcionamiento de la base durante todo el año.

La experiencia la impactó profundamente.

“La Antártida es un lugar visualmente maravilloso”, describe. “Es un lugar donde reina el silencio y donde los animales se acercan a las personas porque no nos tienen miedo”.

Pingüinos, focas, ballenas y grandes campos de hielo forman parte de un paisaje que, según dice, deja una impresión difícil de olvidar.

Años después regresó al continente blanco en otra misión, esta vez a bordo del rompehielos británico HMS Protector. Aquella navegación le permitió conocer un buque de tecnología moderna y ampliar su experiencia en operaciones internacionales.

Pero más allá de lo técnico, lo que destaca es el significado humano de la Antártida.

“Es un lugar que ubica a uno en dimensión”, reflexiona. “Todo está en su forma natural, casi sin intervención del ser humano”.

El continente, además, funciona bajo un régimen internacional de cooperación científica. Durante la campaña de verano, en la base uruguaya trabajan decenas de investigadores con proyectos vinculados al clima, la biología y el océano.

Para Miraballes, formar parte de ese esfuerzo es uno de los aspectos más valiosos de la presencia del país en la región.

Navegar y tomar decisiones

La carrera de un oficial naval implica asumir responsabilidades concretas en la conducción de los buques. En el puente de mando, los oficiales del cuerpo general son quienes interpretan las cartas náuticas, analizan las condiciones meteorológicas y deciden el rumbo que debe seguir el barco.

“Somos los que ordenamos el rumbo que el timonel tiene que gobernar”, explica.

La navegación se organiza mediante turnos de guardia que pueden durar cuatro o seis horas. Durante ese tiempo, el oficial responsable debe garantizar que el buque avance con seguridad hacia el destino fijado por el comandante.

En ocasiones, las condiciones del mar pueden ser exigentes. Miraballes recuerda haber navegado con vientos fuertes y mares agitados, así como entre campos de hielo en el sur.

En esos casos, el trabajo en equipo es fundamental. “En un barco todos dependen de todos”, señala. “Cada uno tiene que confiar en que el otro va a cumplir su tarea”.

El rol actual en el Ministerio de Defensa

En marzo de 2025 Miraballes asumió como ayudante naval de la ministra de Defensa Nacional, Sandra Lazo. El cargo forma parte de un equipo integrado también por oficiales del Ejército y de la Fuerza Aérea.

Los ayudantes cumplen tareas de coordinación entre el ministerio y las Fuerzas Armadas, organizan actividades protocolares y actúan como enlace institucional en distintos eventos.

Dependiendo de la naturaleza de la actividad, acompaña a la ministra el ayudante correspondiente a cada fuerza.

Además de estas responsabilidades, Miraballes integra el grupo de trabajo que participa en la elaboración del segundo Plan Nacional de Mujeres, Paz y Seguridad, una iniciativa impulsada en el marco de la resolución 1325 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

El objetivo del plan es promover la participación de las mujeres en los ámbitos vinculados a la seguridad y la defensa.

La transmisión de experiencia

Tras más de dos décadas de carrera y numerosos períodos de navegación, Miraballes siente que una parte importante de su experiencia puede ser transmitida a las nuevas generaciones.

Por eso dedica parte de su tiempo a la docencia. Actualmente dicta clases de navegación y operaciones navales a futuros oficiales de reserva.

“Me gusta enseñar”, dice. “Creo que tengo experiencia para transmitir”.

También mantiene un fuerte interés por la historia, disciplina que estudia en la Facultad de Humanidades. Su curiosidad se orienta especialmente hacia la historia nacional y la evolución de la navegación.

Ese interés se complementa con su gusto por la escritura. Ha colaborado en artículos de publicaciones navales y conserva textos personales que nacieron de sus experiencias en el mar.

Vocación y balance

Cuando repasa su trayectoria, Miraballes habla de una carrera que disfrutó plenamente.

Ha participado en operaciones en ríos y océanos, navegó en el Río de la Plata, en el río Uruguay y en aguas internacionales, y tuvo la oportunidad de conocer distintos países.

“Disfruté cada guardia, cada milla”, dice.

El mar, asegura, sigue siendo el lugar donde se siente más cómoda. Ver ballenas saltando en el agua o atravesar paisajes remotos forma parte de los recuerdos que definen su vida profesional.

Entre todos ellos, la Antártida ocupa un lugar especial.

“Es un privilegio poder llegar a un lugar así”, afirma.

Hoy, su objetivo no se centra en cargos o ascensos, sino en seguir cumpliendo funciones donde pueda aportar experiencia.

“Lo que espero es servir donde sea útil”, concluye. “Esa siempre fue la idea”.

Comparte esta nota:

Deja una respuesta

Your email address will not be published.