El arte uruguayo perdió a uno de sus creadores más universales con la muerte de Carlos Páez Vilaró, pintor, muralista, escultor y constructor de sueños que convirtió su obra en una celebración permanente de la vida, el color y la identidad rioplatense. Tenía 90 años.
Nacido en Montevideo en 1923, Páez Vilaró desarrolló una carrera marcada por la experimentación y el mestizaje cultural. En su juventud se vinculó con el candombe y la comunidad afrouruguaya del barrio Mediomundo, experiencia que influyó profundamente en su estética. Sus pinturas, reconocibles por sus soles vibrantes y figuras estilizadas, recorrieron galerías y museos de América y Europa.
Su obra más emblemática es sin duda Casapueblo, la construcción blanca y escultórica levantada sobre los acantilados de Punta Ballena, en Punta del Este. Concebida como taller y hogar, Casapueblo se transformó en museo y símbolo arquitectónico del país, uniendo arte y paisaje en una misma experiencia sensorial.
A lo largo de su trayectoria expuso en ciudades como Nueva York, París y Buenos Aires, y fue amigo de figuras de la cultura latinoamericana. También vivió momentos de profundo dolor: su hijo Carlos Miguel fue uno de los sobrevivientes del accidente aéreo de los Andes en 1972, tragedia que marcó a la familia y al país.
Hasta sus últimos años mantuvo una intensa actividad artística y pública, convirtiéndose en una figura entrañable y carismática. Su legado permanece en cada mural, en cada sol pintado y en cada atardecer celebrado desde Casapueblo.
Con su partida, Uruguay despide a un creador irrepetible, un artista que hizo del color una identidad y del arte una forma de vivir.

