Cerra y vamos !!!!!

La venta de M24: un quiebre político, un retroceso comunicacional y más de cuarenta trabajadores abandonados

La venta de la radio M24, históricamente gestionada por el MPP, no fue simplemente una operación comercial. Fue un gesto político de enorme carga simbólica, una decisión que cayó como un mazazo sobre el sistema de medios uruguayo y, sobre todo, sobre los más de cuarenta trabajadores que quedaron en la calle de un día para el otro. Una emisora con identidad propia, con una trayectoria vinculada a luchas sociales, culturales y políticas, terminó desmantelada sin un plan de transición, sin diálogo serio con su equipo y sin la mínima consideración hacia quienes sostuvieron la radio durante años.

Boquita con LLave

Lo que más indigna no es la compraventa en sí —las radios cambian de manos, es parte de la lógica de un mercado siempre en tensión— sino las formas, los tiempos y el trasfondo ético de la decisión. La noticia de la venta llegó abruptamente, sin consulta previa, sin instancias de negociación colectiva y, según denuncian trabajadores, sin la presencia de responsables institucionales que dieran la cara. Para una organización que hizo de la defensa de los derechos laborales y de la comunicación democrática una bandera histórica, el golpe fue doble: político y moral.

Incluso desde la radio en muchas ocasiones juzgaron y condenaron actitudes o hechos de otros medios ante conflictos laborales.

Durante años, M24 se sostuvo como un medio alternativo, muchas veces a contracorriente, intentando ofrecer un relato distinto al de las grandes corporaciones mediáticas. En tiempos donde la concentración de medios crece y la diversidad informativa se reduce, el papel de la emisora era vital para sostener voces críticas, debates profundos y un espacio donde lo popular tenía lugar real. Que justamente ese proyecto sea desmantelado por quienes lo impulsaron y administraron resulta, como mínimo, contradictorio; como máximo, un acto de incoherencia difícil de justificar.

La situación laboral es quizá el punto más crudo. Más de cuarenta periodistas, técnicos, productores y administrativos quedaron sin empleo, algunos tras décadas de trabajo, otros habiendo ingresado con la expectativa de construir una carrera profesional en un medio que, al menos en su espíritu fundacional, defendía el derecho al trabajo digno. No hubo transición, no hubo garantías, no hubo un compromiso explícito de acompañar a quienes quedaban fuera. La sensación general entre los trabajadores no es solo de pérdida, sino de abandono.

Tampoco hubo una explicación política a la altura de la decisión. En el silencio oficial —intermitente, ambiguo, lleno de frases incompletas— se percibe algo más profundo: la imposibilidad de justificar lo injustificable. La venta no se comunicó como parte de un proceso de reestructuración ni de un debate interno sobre el rol de los medios alternativos. Simplemente ocurrió. Y ocurrió a espaldas de los primeros afectados: las personas que cada mañana ponían la emisora al aire.

El impacto sobre el ecosistema mediático también es significativo. Uruguay pierde un espacio que, con todas sus limitaciones, aportaba pluralidad, cuestionamiento y perspectiva política desde lugares que los grandes conglomerados no cubren ni cubren. La desaparición abrupta de M24 implica un empobrecimiento del debate público. Un país con menos voces es un país más vulnerable a la información uniforme, más frágil ante la manipulación y más distante de su propia diversidad social.

La venta deja además un mensaje preocupante: los proyectos comunicacionales vinculados a organizaciones políticas no garantizan estabilidad cuando la lógica partidaria y la lógica económica colisionan. Y cuando eso ocurre, los trabajadores quedan en medio de la colisión, sin red y sin respuestas.

Lo que sucedió con M24 merece un análisis profundo, transparente y honesto. No basta con lamentos tardíos ni con declaraciones difusas. Se requiere una explicación clara sobre las razones de la venta, sobre el destino de la frecuencia, sobre el manejo administrativo previo y sobre el futuro de quienes quedaron sin empleo. También se requiere autocrítica: una fuerza política no puede reclamar sensibilidad social hacia afuera mientras toma decisiones que golpean tan duramente hacia adentro.

Mientras tanto, los trabajadores se organizan, exigen, visibilizan. No reclaman un privilegio: reclaman respeto. Reclaman saber por qué quedaron afuera de un proyecto que ayudaron a sostener. Reclaman la mirada que no tuvieron, la reunión que nunca se convocó, la palabra que nunca se dijo. Reclaman, en definitiva, dignidad.

M24 no solo fue una radio; fue un símbolo. Hoy ese símbolo está fracturado. Y quienes lo fracturaron, además de explicar, deben hacerse responsables del daño causado.

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5 Comentarios

  1. Los «derechos laborales» para los demás. Pero estos mismos que hoy se tiran de los pelos por esta situación olvidan o se hacen los olvidados de que está es una vieja maña de los izquierdoides? Sólo a guisa de ejemplo, se olvidan o se hacen los olvidados que Fernández, dueño de Fripur, íntimo amigo de vuestro amado Pepe cerró la empresa de un día para otro dejando mil trabajadores en la calle, no pagando ningún despido? Lo dicho, los derechos laborales, son PARA LOS DEMÁS.

  2. en es una sorpresa muy grande, puesto que la radio tenia su impronta y que llegaba mas allá de sus limites por sus propuestas de las noticias y de la forma de llegar al oyente.

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