Estoy harta de toda esta mierda. Se lo dije.
Me miró como si no me conociera. Actuando. Poniendo esa cara de desconcierto exagerada que le queda tan mal.
Le dije “seguís siendo la misma puta de siempre” y ni me contestó. Se limitó a eso. A mirarme durante un minuto entero. Sosa: porque a pesar de su belleza, le falta algo. Después, dio media vuelta y abrió el placard. Empezó a sacar sus trapos: toda esa ropa de mierda que usa, y que nunca me gustó. Ropa de marimacho.
Cuando al fin se fue recorrí todo el departamento descalza y desnuda. Estaba mejor. Más limpio. Abrí las ventanas para que se fuera su olor, su olor a chivo, a desodorante de tipo, a café con leche. Abrí el agua para ver y escuchar cómo entraba el río por todas las canillas.
Después dormí. Fueron varias horas, pero me desperté cansada. Me faltaba algo. No era aire porque las ventanas seguían abiertas. La cama estaba impecable. Yo duermo casi sin moverme y al lado mío puede pasar un tren de carga que ni me entero. Al lado mío estaba libre, quieto, silencioso. Ella se había ido, sí. Se había ido para siempre porque aunque volviera alguna vez, aunque pudiéramos armar algo de nuevo: una vez que se fue sentí que nada podía regresar. Que siempre, eso que se fue de ella y que me hizo sentir bien, liberada por unas horas, antes de dormirme, iba a volver con ella, de a ratos a hacerme sentir mal, a decirme, a murmurar debajo de nuestras conversaciones, o en medio de los largos besos silenciosos, que a veces es mejor que no esté.
Antes no lo sabía y ahora es imposible. El avión ya salió y no queda combustible para volver al punto de partida. Adelante hay un destino: que es un lugar virgen y ya vencido como el portaaviones para el kamikaze.
El tiempo pasa: suma y resta. Sin ella, o con ella cada tanto, o con ella distinta, con y sin ella a la vez, y yo frente al futuro que me da miedo y me llama. Me llama diciendo “Chau amor”, aunque mañana diga hola de nuevo: el futuro me llama “chau amor, chau”.

