Camina. Va liviana y suelta, recién bañada, con el vestido que ama.
Su cabeza viene libre, llena de fantasías que se entreveran con recuerdos cercanos. Su memoria tiene poco tiempo y todavía no sabe que todos tenemos los días contados: que no hay tu tía.
Él no es el único que la espera.
Ella no sabe tampoco que cincuenta pasos más adelante, después de doblar la esquina y encarar la calle para esperar el colectivo, aprovechando el cono de sombra, una mano le tapará la boca hasta hacerle sangrar las encías y una boca le hablará metiéndole saliva en la oreja: “Quieta, quietita…”
Ella ignora qué sentirá primero terror y que enseguida será domada su resistencia por una tristeza sabia. Ella todavía no sabe, pero antes del final alcanzará a entender.
Escalofrío. El cuerpo del brazo fuerte y la mano amarga la aplasta contra el piso. Unos dedos invisibles le cortan el vestido y una vena punzante la parte en dos y le inyecta veneno en las entrañas.
¿Llora? No. Ni siquiera cuando siente la otra mano en la garganta y la aguja que como una lombriz de hierro entra por el oído y se abre paso, suave y fría, casi sin resistencia, por el relleno gris de su cráneo.
Pasado. La últimas imágenes se confundirán estúpidamente: el cumple de mamá, la cara de su hermanito cuando vio el coche sobre el zapato y que los camellos se habían comido casi todo, unas miradas queridas que ya no podrá reconocer y el golpeteo que crecerá —tambor de parche en el centro de la cabeza— y la llamará a silencio.
El otro, ya sin nombre, se quedará esperando un rato en el café, mirará el reloj y al final se irá imaginando cualquier cosa.
Un olor a cuajo emergerá de un envase de leche cortada tirado en el arroyito junto al cordón y perfumará la escena. Va a llover. El sol va a salir. Las máquinas y las personas se pondrán a trabajar.

