Vivimos desvelados en un mundo de cemento. Las multitudes avanzan entre humo, ruido y ciudades que nunca descansan. En medio de la masificación, volvemos la mirada hacia un pasado imaginado como refugio de armonía. Soñamos con bosques intactos, plantas libres y animales todavía ajenos al temor que infunde el ser humano. Anhelamos ríos transparentes y una naturaleza aún no herida por nuestros apetitos. Es un mundo idílico que quizá nunca existió, salvo en la memoria del deseo. Hemos destruido aquella naturaleza virginal y, sin embargo, el pasado se convierte en una patria perdida, embellecida por la distancia y pero cuya definitiva ausencia nos angustia.
Al mismo tiempo, levantamos los ojos hacia el espacio y sus derroteros infinitos, con la esperanza de hallar, en la utopía de otros mundos, una salida a nuestros límites y fracasos en la convivencia con la naturaleza. Pero el futuro permanece sometido al azar, a lo imprevisible y a lo desconocido. Ignoramos si encontraremos nuevos horizontes o si terminaremos reproduciendo en ellos los mismos actos destructivos que devastaron nuestro entorno. Habitamos así un presente que rechazamos, y que no logramos transformar. Suspendidos entre el deseo de regresar a una naturaleza perdida, poblada de animales y plantas, y el sueño de alcanzar las estrellas, oscilamos entre la nostalgia y la esperanza.
Quizá nuestra vida no transcurra entonces entre escapar hacia ese pasado irrecuperable ni tampoco en soñar algún futuro incierto, sino negar el azar y luchar por otro presente.


