Estados Unidos y la nueva conquista de las tierras raras en América Latina

Washington acelera su estrategia para controlar minerales críticos en la región y Brasil aparece como la primera gran pieza del tablero geopolítico.

La nueva competencia estratégica tiene como eje los minerales críticos, especialmente las llamadas tierras raras.

La disputa global del siglo XXI ya no se libra únicamente sobre el petróleo, las rutas marítimas o la supremacía militar. La nueva competencia estratégica tiene como eje los minerales críticos, especialmente las llamadas tierras raras, indispensables para sostener la revolución tecnológica, la transición energética y el desarrollo de sistemas militares avanzados. En ese escenario, América Latina vuelve a convertirse en un territorio central de disputa entre las grandes potencias.

La reciente adquisición de la minera brasileña Serra Verde por parte de la estadounidense USA Rare Earth (USAR) marca un punto de inflexión en la geopolítica regional.Esta empresa americana ya se encuentra solicitando permisos para pruebas de suelo en Uruguay. La operación, valorada en unos 2.800 millones de dólares, no representa solamente una transacción empresarial: constituye un movimiento estratégico de Estados Unidos para asegurar el control de recursos esenciales frente al dominio que mantiene China sobre el mercado global de tierras raras.

Serra Verde controla la mina Pela Ema, ubicada en Goiás, considerada la única explotación de tierras raras a gran escala actualmente operativa en Brasil. El dato adquiere una dimensión aún más relevante si se considera que Brasil posee la segunda mayor reserva mundial de estos minerales, solo detrás de China.

Las tierras raras son un conjunto de 17 elementos químicos fundamentales para fabricar vehículos eléctricos, turbinas eólicas, baterías recargables, semiconductores, fibra óptica, teléfonos inteligentes, radares, sistemas satelitales y armamento de última generación. Sin estos minerales sería prácticamente imposible sostener la economía digital contemporánea y el complejo militar-industrial de las grandes potencias.

Durante décadas, China comprendió el valor estratégico de estos recursos y construyó una poderosa cadena integrada de extracción, refinamiento y comercialización. Aunque posee menos del 40% de las reservas globales, controla cerca del 85% del mercado mundial de procesamiento y distribución. Estados Unidos, en cambio, quedó rezagado y dependiente de las importaciones chinas.

Ese desequilibrio se transformó en un problema de seguridad nacional para Washington. Especialmente desde que la confrontación geopolítica entre Estados Unidos y China pasó del terreno comercial al tecnológico y militar. La administración estadounidense entiende que depender de Beijing para obtener minerales críticos implica una vulnerabilidad estratégica inadmisible.

En ese contexto, América Latina vuelve a aparecer bajo la lógica histórica de la Doctrina Monroe: un espacio considerado por Washington como área natural de influencia económica y política. La región posee enormes reservas de litio, cobre, níquel, coltán y tierras raras, recursos esenciales para el nuevo capitalismo tecnológico global.

La estrategia estadounidense comenzó a delinearse con claridad durante la gestión de la general Laura Richardson al frente del Comando Sur. Richardson insistió reiteradamente sobre la importancia de los recursos estratégicos latinoamericanos y la necesidad de garantizar cadenas de suministro “seguras” para Occidente.

La compra de Serra Verde parece confirmar que aquellas declaraciones no eran meramente discursivas. La operación incluye además un acuerdo de suministro por 15 años para abastecer principalmente a inversores privados y al propio gobierno estadounidense, asegurando el flujo de minerales críticos fuera de la órbita china.

La compra de la minera brasileña Serra Verde por parte de la estadounidense USA Rare Earth (USAR) marca un punto de inflexión en la geopolítica regional.

Sin embargo, la operación también abre interrogantes profundos para América Latina. ¿Qué margen de soberanía conservarán los países de la región sobre recursos estratégicos fundamentales? ¿Hasta qué punto las economías emergentes latinoamericanas podrán desarrollar cadenas industriales propias en lugar de convertirse únicamente en exportadoras de materias primas?

Brasil, que posee una industria aeronáutica relevante y capacidad tecnológica considerable, corre ahora el riesgo de perder capacidad de decisión geopolítica sobre uno de los recursos más importantes del futuro. La cuestión excede lo económico: se trata de quién controla las tecnologías y las capacidades industriales del próximo orden mundial.

La disputa por las tierras raras refleja que la competencia global ya ingresó en una nueva etapa. El siglo XXI estará marcado por guerras comerciales, conflictos tecnológicos y batallas silenciosas por minerales estratégicos. América Latina vuelve a ocupar un lugar central en ese tablero, no como protagonista autónoma, sino como territorio codiciado por las grandes potencias. La pregunta que queda abierta es si la región logrará construir una estrategia soberana de desarrollo industrial y tecnológico o si repetirá, una vez más, el viejo patrón histórico de extracción y dependencia.

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