Nacido en Nápoles en 1598, Gian Lorenzo Bernini está considerado el gran artista del barroco italiano, un creador cuyo legado marcó para siempre la fisonomía de la ciudad eterna. Su carrera despegó bajo la tutela de su padre, Pietro, un escultor florentino de cierto talento que se trasladó a Roma. Allí el joven prodigio trabajó con tal diligencia que pronto se ganó los elogios del pintor Annibale Carracci y el mecenazgo del papa Pablo V. Su auténtica formación la adquirió en el taller paterno, dibujando y esculpiendo a partir de modelos antiguos.
Muy pronto fue tomado bajo la protección del cardenal Scipione Borghese, sobrino y secretario del papa Pablo V, que había amasado una enorme fortuna y vio en Bernini a un nuevo Miguel Ángel. Un hombre universal capaz de llevar el arte católico a las máximas cotas de perfección. Para decorar los jardines de la villa Borghese, el joven esculpió sus primeras obras notables, El rapto de Proserpina, Apolo y Dafne y un David que representa al héroe lanzando una piedra contra un adversario invisible.
El virtuosismo técnico y la extraordinaria expresividad de estas piezas le dieron una fama instantánea que se prolongaría durante toda su carrera. Sus biógrafos destacaban su talento particular para expresar las cosas con el gesto y el rostro, y para hacerlas tan agradables como los más grandes pintores con sus pinceles.

En 1623 accedió al trono papal el cardenal Maffeo Barberini, que tomó el nombre de Urbano VIII. El nuevo pontífice, deseoso de emular a los grandes papas mecenas del Renacimiento, propulsó a Bernini al primer plano de la escena artística. Le encargó la decoración de la basílica de San Pedro, donde realizó el célebre baldaquino de bronce del altar mayor y la tumba monumental del propio Urbano VIII.
En 1629 asumió además la dirección de las obras de la basílica, responsabilidad que mantendría hasta su muerte. Nombrado caballero, tenía acceso a los aposentos privados del papa y organizaba divertimentos de corte tan refinados como espectaculares. Su asombrosa polifacética le llevaba a pintar decorados teatrales, componer música, escribir comedias y construir los propios teatros.
Con la muerte de Urbano VIII y la llegada de Inocencio X, de la familia Pamphili, enemiga de los Barberini, Bernini perdió su posición privilegiada. Ignorado por el nuevo papa, Bernini se dedicó a otros encargos, entre ellos la capilla Cornaro con la extraordinaria escultura de El éxtasis de Santa Teresa.
Inocencio X había decidido remodelar la plaza Navona, donde se hallaba el palacio Pamphili, y se abrió un concurso de arquitectura al que no se invitó a Bernini. Un noble amigo suyo le convenció para que elaborara una maqueta en secreto y la colocó en una sala que el papa siempre atravesaba al volver de la cena. Una noche, Inocencio se fijó en aquella creación tan majestuosa y, tras admirarla durante media hora, exclamó que había que emplear a Bernini a pesar de todos sus enemigos.
Así nació la fuente de los Cuatro Ríos, inaugurada en 1651. Bajo el siguiente pontificado, el de Alejandro VII, Bernini encontró un nuevo protector. El papa, entusiasta de la arquitectura, se reunía asiduamente con el artista para proyectar nuevas obras entre ellas la gran remodelación de la plaza de San Pedro, que cambió radicalmente la imagen del Vaticano hasta nuestros días.
Tras varios altercados, regresó a Roma donde terminó la tumba del papa Alejandro VII a los ochenta años, y falleció un año después. Se celebraron en su honor unos funerales dignos de un príncipe, pues así cabía considerar al hombre que había logrado que la gloria de Roma iluminase su siglo.

