Julia Merediz no recuerda su primera marcha, pero sí la emoción que se repite año tras año. Hija de desaparecidos, construyó su identidad entre ausencias y reconstrucciones. Sus padres, secuestrados en 1977, forman parte de esa historia que aún hoy se busca completar. Para ella, la Plaza no es solo un lugar: es “la esencia de una sociedad”, un espacio donde se condensan luchas, afectos y convicciones.
En su relato, la memoria aparece como un ejercicio activo. No se trata solo de recordar el horror, sino de reconstruir proyectos de vida, ideas, sueños truncos. La generación de sus padres, dice, no puede quedar reducida al lugar de víctimas: fueron protagonistas de un tiempo atravesado por la voluntad de transformar la realidad. Esa dimensión política, muchas veces diluida, es parte de lo que hoy se intenta recuperar.
A lo largo de cinco décadas, la lucha por la memoria, verdad y justicia se convirtió en una marca identitaria de la sociedad argentina. Organizaciones como Abuelas de Plaza de Mayo han sostenido una búsqueda incansable que permitió restituir identidades y construir un entramado institucional único en el mundo. Cada nieto recuperado no es solo una historia individual: es una victoria colectiva frente al intento de borrar el pasado.
Sin embargo, el presente introduce nuevas tensiones. Julia advierte un clima de “regresión democrática”, donde discursos punitivos y políticas regresivas ponen en cuestión consensos que parecían consolidados. La memoria, en ese contexto, vuelve a ser un campo de disputa. Ya no alcanza con lo construido: es necesario reponer sentidos, interpelar a nuevas generaciones y evitar que el pasado se convierta en una pieza de museo.
Desde su rol como educadora, plantea que la memoria no se impone, se construye. Requiere diálogo, escucha y la capacidad de conectar con las preocupaciones actuales. No se trata de repetir consignas, sino de hacerlas significativas en el presente. “Sembrar memoria”, más que plantarla, implica acompañar procesos, abrir preguntas y generar vínculos.
La Plaza, entonces, adquiere un nuevo significado. No es solo el lugar donde se recuerda, sino donde se proyecta. Donde se cruzan historias personales y demandas colectivas.
En tu trabajo como docente, ¿de qué formas plantas memoria? ¿Hay que volver sobre cuestiones que creíamos saldadas?
-Ser educadora es desde mi concepción, un claro acto político, porque lo político es fundamentalmente lo que nos hace humanos. Es nuestra forma de intervenir y transitar el mundo. Por eso la práctica educativa es el compromiso con la construcción de estrategias de acceso al conocimiento, la reflexión, el análisis, y la toma de posición.

Y la memoria no deja de ser nunca un campo de lucha, de disputa, de revisión del pasado pero nada más ni nada menos que para construir el futuro y el presente. Aunque es hermosa la metáfora de plantar memoria creo que en realidad se siembra. Preparar el terreno, plantar la semilla y acompañar a lo que va a crecer. Y sí creo que hay que volver sobre los propios pasos. Dejar de creer que lo dimos todo y que las nuevas generaciones nos fallaron o no les interesa. Somos nosotros quienes primero tenemos que entender qué les pasa, qué les preocupa, qué les conmueve, y a partir de allí encontrar la manera de ponerles en diálogo con la memoria colectiva.
A 50 años del golpe, se baja la edad de punibilidad a 14 años en un contexto autoritario, punitivista y regresivo en derechos.
-Estamos en un clima de regresión democrática. Esa regresión se hace evidente no solo en las formas represivas, en lo turbio del funcionamiento del Congreso, la justicia y las medidas del ejecutivo en materia de recortes. También se expresa en el aumento de la miseria y la exclusión. Uno de los sectores que ha sido amenazado y concretamente relegado, expulsado y castigado han sido niños y jóvenes. Hoy el neoconservadurismo, la derecha y el regodeo en el castigo de gran parte de la sociedad se concreta con la aprobación de la Ley de baja de punibilidad. Destinada a pibes que son pobres, que están acosados por el consumo o por las redes de tráfico, que viven en barrios sin servicios y sin derechos, que son mano de obra compulsiva de narcos y de sectores de las fuerzas de seguridad. Pibes a los que nadie mira a los ojos pero que es más fácil castigarlos, depositarlos en el sistema penal, que evitar que lleguen a cometer delitos, protegerlos, abrazarlos. En eso están las organizaciones sociales, contra viento y marea y siempre del lado de la construcción. Pero se hace duro y los resultados a corto y largo plazo serán devastadores.
Donde el pasado dialoga con un presente atravesado por desigualdades, exclusión y debates pendientes.
A cincuenta años del golpe, marchar sigue siendo una forma de decir que la historia no está cerrada. Que la memoria no es un ritual vacío, sino una herramienta política. Y que, frente a los intentos de fragmentación, hay algo que persiste: la necesidad de encontrarse, de nombrar, de sostener una identidad común.
Porque, como resume Julia, esos días “nos juntan y nos aprietan”. Y en ese gesto colectivo, la memoria sigue viva.

