A comienzos de los años 60, cuando el tango decayó y “perdió” su “época de oro” en parte por la irrupción del rock and roll y ritmos importados que disolvieron muchas orquestas, perdió masividad y llegada a los jóvenes, emergió desde Las Piedras (Canelones) Julio María Sosa Venturini. Quien irrumpió en los escenarios uruguayos y argentinos para devolverle el orgullo y masividad al tango, a través de su increíble tono de voz.
Nació el 2 de febrero de 1926, su infancia estuvo signada por la escasez económica de un hogar humilde. Hijo de un peón de campo y una lavandera, Sosa ejerció múltiples oficios informales, mientras cultivaba su vocación lírica en las radios locales de Canelones y Montevideo.
Su voz de barítono, gruesa, afinada y dotada de un fraseo viril pero hondamente expresivo, no tardó en llamar la atención de los directores musicales de la época. Tras dar sus primeros pasos profesionales en las orquestas de Carlos Gilardoni, Hugo Di Carlo y Luis Caruso, Sosa comprendió que su verdadero destino exigía cruzar el Río de la Plata.
En 1949 pisó suelo porteño para integrarse a la legendaria orquesta Francini-Pontier, iniciándose así una carrera vertiginosa que lo llevaría más tarde a cantar con Francisco Rotundo y a retornar con Armando Pontier. Sin embargo, el capítulo definitivo de su consagración comenzó en 1960, cuando decidió emprender su etapa como solista bajo la dirección musical del virtuoso bandoneonista Leopoldo Federico.
Aquella sociedad artística no solo fue un éxito comercial sin precedentes, sino un fenómeno sociológico. Sosa y Federico lograron lo que parecía imposible: encabezar las ventas de discos en una época dominada por la música juvenil, repletar clubes nocturnos, estadios y estudios de televisión, y reunir en el mismo aplauso a los viejos milongueros con las nuevas generaciones de oyentes.
Apodado «El Varón del Tango» por el periodista y poeta Ricardo M. Gaspari, Sosa encarnó un arquetipo de criollismo, fortaleza y sensibilidad popular. Su registro interpretativo abarcó desde la dramaturgia visceral de Cambalache, En esta tarde gris y Margo, hasta la picardía rítmica de El firulete. Pero fue su versión de La cumparsita la que inmortalizó su sello artístico: Sosa le antecedió un recitado poético de su propia autoría («Porque la noche se contrae en sus sombras…»), transformando el clásico himno instrumental en una desgarradora pieza narrativa.

Más allá de su faceta como cantante, Sosa fue un hombre de profundas inquietudes literarias; en 1960 publicó el libro de poesías Dos horas antes del alba, donde expuso una faceta íntima y nostálgica que contrastaba con la firmeza de su estampa sobre los escenarios.
Su desbordante pasión por la vida pública y la potencia escénica encontraba un reflejo riesgoso en su fascinación por los automóviles de alta gama y la velocidad. El 25 de noviembre de 1964, en la cúspide de su carrera y con tan solo 38 años de edad, su vehículo colisionó contra un semáforo en la avenida Figueroa Alcorta de Buenos Aires.
Falleció a las pocas horas, el 26 de noviembre, dejando un vacío irremplazable en el panorama cultural rioplatense. Su velatorio en el Estadio Luna Park convocó a más de cien mil personas en una de las manifestaciones de duelo popular más multitudinarias de la historia latinoamericana.
En 1987, sus restos fueron repatriados a Uruguay y hoy descansan en el Cementerio de Las Piedras. A más de seis décadas de su partida, la voz vibrante de Julio Sosa permanece intacta como el testimonio vivo de la mayor voz masculina que dio la tierra canaria al patrimonio inmortal del tango mundial.


El tango de lasdécadasde los 40 y 50 perdió interés en la juventudde losaños 60 por su música remolona y sus letras vinculadascon lasdesventuras de lagente mayor. Sobre todo, en la dolescencia, que entonces cobró identidad propia, diferenciándose tanto de la infanciacomo de la juventus de másde 20 años; en esa época, gente como yo buscábamos ritmos másalegres y movidos parabailar, y letras que no fueran tan profundas; que hablaran de nuestras vivencias. Fue enese ámbito que cobró actualidad la voz de Julio Sosa con sus tangos, milongas y valses, los primeros años de la década del 60. REcuerdo que una vez me dijo mi tío: «Julio Sosa no es un buen cantante. Loque pasa es que lasdiscográficas le pagan a las radios paraque lo sifundan…» Sea comosea, es innegable que tuvo enorme éxito, incluso entre nosotros los jóvenesde la época.